Rigel dio un pequeño salto cuando la puerta se abrió y Sage y Lena entraron de nuevo en la habitación. Instintivamente se pasó una mano por la frente, empujando hacia atrás los mechones oscuros que siempre le caían sobre los ojos. Su corazón aún latía demasiado rápido. No entendía lo que había pasado. ¿Se había quedado dormido? ¿Lo había imaginado todo?
Pero no… no había sido un sueño. Rigel ya había experimentado algo similar antes, y lo que acababa de ocurrir tenía esa misma sensación inquietante de realidad que no se puede confundir con una simple fantasía.
Bajó la mirada hacia Diana. Todo había sido tan vívido… que incluso había sentido la calidez de su piel entre sus manos.
—¿Por qué estás tan pálido? —preguntó Sage, parpadeando al verlo.
Pero Rigel no respondió.
Su mirada pasó de largo por Sage y se clavó directamente en Lena. Y en los ojos de su prima encontró algo que no pudo ignorar.
Reconocimiento.
Antes de que Sage pudiera decir algo más, Rigel avanzó con pasos rápidos, tomó a Lena de la mano y la arrastró fuera de la habitación.
—¡Rigel! —exclamó Sage detrás de ellos—. ¿Qué pasa?
Rigel no respondió.
Continuó caminando por el pasillo sin soltar a Lena. Bajaron las escaleras, atravesaron el salón, cruzaron la cocina, y finalmente llegaron a la pequeña despensa de la casa. El lugar era estrecho, con muros de piedra oscura que conservaban el frío incluso en verano.
Rigel empujó suavemente a Lena para que entrara primero y luego cerró la puerta detrás de ellos. Durante unos segundos se quedaron mirándose fijamente. Entonces Rigel dio un paso hacia ella. Quedaron muy cerca.
—Los he visto…
No pudo terminar la frase. Lena levantó la mano de inmediato y le cubrió la boca.
—No lo digas —susurró apenas, con una urgencia que Rigel nunca le había escuchado.
Sus ojos verdes estaban abiertos de par en par.
—Pase lo que pase… no lo digas.
Rigel parpadeó sorprendido.
Lena retiró la mano lentamente.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó él en voz baja.
Lena se llevó un dedo a los labios.
—Habla más bajo.
Rigel frunció el ceño.
—Eso no importa —respondió ella finalmente, manteniendo el tono muy calmado, casi un susurro—. Solo… no lo menciones.
—¿No mencionar qué?
—Nada de lo que crees haber visto.
Rigel la observó con incredulidad.
—¿Ni siquiera a Sage?
—A nadie.
Su respuesta fue inmediata.
—Ni siquiera a Sage.
Rigel frunció el ceño con más fuerza.
—Lena… ¿qué está pasando? ¿Qué estás ocultando?
Levantó un dedo, señalándola.
—Y no me mientas. Vi tus ojos. Sé que sabes algo.
Lena soltó un pequeño resoplido, frustrada. Se pasó una mano por la frente antes de responder.
—Solo puedo decirte que ellos están bien.
Rigel no pareció tranquilizarse en absoluto.
—No debemos preocuparnos —continuó Lena—. Despertarán cuando estén listos.
Rigel negó con la cabeza.
—¡Lena!
Ella abrió los ojos con desesperación.
—Rigel, por favor, no me preguntes más —suplicó—. Hice una promesa.
Rigel apoyó una mano contra la pared detrás de ella y se inclinó un poco más cerca.
—Lena… por favor.
Había algo casi roto en su voz.
—Esto me está volviendo loco.
Por un instante, Lena sintió una punzada de remordimiento. Bajó la mirada. Luego suspiró.
—Está bien.
Rigel se tensó.
—Pero solo esto —advirtió ella.
Respiró hondo antes de continuar.
—Ellos están estabilizando sus dones.
Rigel frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Mientras estuvieron en Brumavale… utilizaron a Braxton como una especie de equilibrador energético.
Rigel se quedó completamente quieto.
—Pero eso no funcionó como debía —añadió Lena—. El vínculo que habían construido se rompió de forma violenta.
Bajó la voz aún más.
—Así que ahora están en una especie de trance.
Rigel la miró sin comprender del todo.
—¿Un trance?
Lena asintió.
—Para encontrar ese equilibrio por sí mismos.
Su mirada se deslizó brevemente hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera escucharlos.