La niebla era más densa a las afueras de Hailmoor, allí donde el bosque Blackthorn se abría paso como una bestia reclamando territorio. Borja avanzaba con paso seguro, aunque su respiración formaba pequeñas nubes blancas frente a él. A unos metros, distinguió la silueta robusta de su hermano menor: Barret Malin.
Barret estaba apoyado en su lanza, vigilando el sendero que conducía al viejo molino donde los dos niños habían desaparecido. Su abrigo oscuro y el sigilo con el que observaba el entorno lo hacían parecer parte del propio bosque.
—Llegaste rápido —dijo Barret sin volverse, aunque una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
—Hermano —respondió Borja, y ambos se estrecharon el antebrazo en un saludo firme—. Oí lo que pasó. ¿Alguna novedad?
Barret negó con la cabeza.
—Nada concreto. Pero… el bosque me inquieta. Se siente como si algo nos observara más allá de la línea de abedules.
Antes de que Borja pudiera responder, el resto del grupo apareció entre la niebla: Alexander al frente, seguido de Griffin. Todos cargaban armas, linternas y el peso de la incertidumbre que los acompañaba siempre sin importar la ocasión.
Alexander se acercó a Barret.
—Indícame dónde fueron vistos por última vez.
Barret señaló el molino, una estructura de madera carcomida que resistía de pie casi por terquedad. Las ventanas parecían cuencas vacías.
—Aquí. Los niños jugaban cerca del arroyo, y después… solo quedó la marca en la tierra.
El silencio se extendió entre ellos cubriéndolos como una manta. Hasta que, desde el interior del pueblo, un sonido comenzó a deslizarse por el aire como un latido primitivo e intimidante.
Pum.
Pum.
PUM.
Tambores.
Cada golpe retumbó en el estómago de Diana, que intercambió una mirada inquieta con Chase. Luces rojizas comenzaron a danzar entre las casas del pueblo, como brasas moviéndose al compás de los cantos guturales que se elevaban a lo lejos.
El Festival del Krampus había comenzado.
—Genial —murmuró Braxton—. Justo lo que necesitábamos: gente disfrazada de monstruos mientras buscamos un monstruo real.
Los tambores crecieron. La niebla vibraba con cada golpe, como si respondiera.
Alexander alzó la voz por encima del barullo.
—No tenemos tiempo. Necesitamos abarcar más terreno antes de que caiga la noche.
Todos lo miraron, tensos, esperando órdenes.
—Borja, Barret y Jasper —indicó Alexander—. Ustedes revisarán la zona del arroyo y los primeros metros del bosque. Busquen huellas, fibras, cualquier rastro.
Jasper asintió con un brillo de emoción … estaba ansioso por encontrarse cara a cara con aquella criatura.
—Rigel, Chase y Diana —continuó Alexander—, inspeccionarán el molino por dentro y por fuera. Si la bruja usó este lugar, debe haber señales.
Diana tragó saliva, pero Rigel la tranquilizó con un leve toque en el hombro. Chase les dedicó una sonrisa confiada.
—Griffin, Braxton, Lili —ordenó Alexander, por último—. Ustedes se encargarán del perímetro y de controlar cualquier movimiento sospechoso entre la gente del festival.
Braxton levantó una ceja.
—¿Gente disfrazada con cuernos y máscaras? Fácil. ¿Qué podría salir mal?
Lili le dio un codazo.
—Si no sabes la respuesta… es porque todo saldrá mal.
Alexander miró a todos.
—Y recuerden: si el Krampus ha sido invocado, no estará solo. La bruja podría estar observándonos ahora mismo.
Un escalofrío recorrió al grupo.
Detrás de ellos, los tambores del pueblo tronaron con fuerza, como si el festival celebrara algo que aún nadie comprendía. Algo que tal vez estaba por despertar en el bosque.
***
El aire alrededor del arroyo estaba inmóvil, como si incluso el viento evitara cruzar esa parte del bosque. Barret avanzaba primero, apartando ramas húmedas con su lanza, mientras Borja iluminaba el terreno con una antorcha. Jasper iba detrás de ellos, con la mirada inquieta recorriendo cada tronco, cada raíz expuesta.
—Aquí fue donde los vieron por última vez —dijo Barret, señalando una zona donde la tierra estaba removida.
Borja se agachó primero.
El barro había sido pisoteado, pero no solo por los niños. Había otras marcas.
Profundas.
Alargadas.
Y demasiado grandes para pertenecer a un animal común.
—No… no puede ser —murmuró Borja repasando el contorno con la mano—. Esto mide casi el doble que una huella humana.
—No es humana —confirmó Barret con voz áspera.
Jasper se inclinó al lado de ellos, apoyando una mano en la tierra húmeda. Notó que el barro estaba frío… más frío de lo que debería en una noche templada.
—¿Es del Krampus? —preguntó sin apartar la vista de la huella.