Cazadores de Leyendas - La noche del Krampus

Capitulo 4

Entre la bruma del sueño apareció un recuerdo nítido.

La luz dorada de la tarde entraba por la ventana, tibia, casi líquida, y se derramaba sobre el rostro de su madre. Selene sonreía con una suavidad que siempre hacía que el mundo pareciera detenerse. Su cabello oscuro se movía apenas con la brisa, y sus ojos azules —azules tranquilos, profundos, como un lago sin viento— la miraban con un cariño que ninguna oscuridad podría imitar.

Selene se inclinó hacia ella, sosteniendo entre los dedos un pequeño pendiente de plata. La cadenilla era finísima, casi etérea, pero la piedra… La piedra azul centelleaba como si dentro viviera una estrella. Como si atrapara un pedazo del cielo justo antes del anochecer.

—Llévalo siempre contigo, Diana —dijo su madre. Su voz, cálida y envolvente, parecía un abrazo—. Algún día… lo necesitarás.

Diana lo tomó entre sus manos pequeñas. No comprendió. No hacía falta.

El brillo de la piedra.

El perfume de su madre.

El toque suave de sus dedos en su mejilla.

Todo se grabó en su memoria como fuego sobre la piel.

La imagen vibró una vez.

Y se deshizo.

Diana se despertó de golpe.

Su corazón latía con tanta fuerza que sentía los pulsos golpearle las sienes. Respiró entrecortadamente. La frente estaba cubierta de sudor frío, y sus manos… sus manos temblaban como si hubiesen tocado hielo.

Se incorporó bruscamente, llevándose una mano al pecho. La habitación era oscura, apenas iluminada por el parpadeo anaranjado de una lámpara de aceite. Las sombras se estiraban contra las paredes de madera. Necesitó un segundo —dos— para recordar dónde estaba.

La noche anterior.

El Skuldrik.

El impacto.

Los gritos en el pueblo.

Todo volvió de golpe, como un oleaje feroz.

Un roce suave en su mano la hizo sobresaltarse.

Diana bajó la mirada.

Chase estaba allí.

Sentado en una silla pegada a la cama, medio recostado con la cabeza apoyada en el colchón, como si hubiese intentado mantenerse despierto y hubiera perdido la batalla. Sus dedos apenas rozaban la mano de ella, como si necesitara asegurarse de que seguía respirando.

Sus pestañas temblaron un poco antes de que abriera los ojos.

—… ¿Diana? —murmuró con la voz ronca del cansancio—. ¿Estás despierta?

Ella lo observó unos segundos, su pecho aun subiendo y bajando con violencia, pero la visión de él allí, tan cerca, tan preocupado, hizo que algo dentro de su corazón se acomodara.

—Chase… —susurró, con la voz herida, como si al pronunciar su nombre recordara el peligro que él había corrido.

Él se enderezó enseguida, alerta.

—¿Te duele algo? ¿Necesitas agua? ¿Debo llamar a papá?

Diana negó con la cabeza, pero su respiración seguía sin encontrar ritmo.

—Soñé con… —se detuvo, tragando saliva—. Con mamá.

Chase la miró en silencio, y sus ojos se suavizaron con una tristeza que solo mostraba cuando creía que nadie lo veía.

—¿Quieres hablar de eso?

Ella no respondió de inmediato. Se llevo la mano a la oreja… y allí, descansando en su lóbulo, sintió el pendiente. Se relajo al sentir la piedra contra sus dedos.

—Chase… —susurró Diana, extendiendo la mano temblorosa hacia él, como si necesitara anclarse a algo real—. ¿Tú… has soñado con mamá alguna vez?

Chase la miró, y el titubeo fue inmediato. No porque no quisiera responder… sino porque no sabía cómo hacerlo.

¿Cómo podía explicarle a su hermana que sí, que también había soñado con ella? ¿Y cómo podía decirle que su sueño no era un simple recuerdo… sino algo que lo perseguía desde la noche en que había muerto?

Chase tragó saliva. Sus dedos, apoyados en la cama de Diana, se tensaron apenas. Las imágenes regresaron a él con una claridad casi dolorosa. La lluvia furiosa golpeando las ventanas. El viento rugiendo como un animal herido. Los relámpagos iluminando el bosque en destellos blancos.

Tenía siete años.

Y estaba sentado en la vieja banca junto a la ventana, mirando la tormenta como si fuera un espectáculo solo para él.

—Chase, cariño… —la voz de su madre, cálida como el fuego de la chimenea, lo llamó desde la sala.

Él bajó de la banca y corrió hacia ella. Selene lo envolvió en un abrazo tibio, lo besó en la coronilla y lo guio hacia la frazada donde Diana y Jasper dormían acurrucados.

Chase apoyó la cabeza en el regazo de su madre. Selene acarició su cabello con una suavidad que parecía magia.

—Imagina que puedes controlar el fuego sin tocarlo —susurró—. Que puedes escucharlo… y que él también te escucha a ti.

Chase recordó cerrar los ojos. Recordó sentir el calor responderle. Y recordó cómo el fuego, sin ninguna explicación lógica, se apagó. Y luego… volvió a encenderse por una sola chispa creada de la nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.