La sala del concejo olía a humedad añeja, a madera carcomida… pero sobre todo a miedo.
Un miedo visceral, espeso, casi palpable. El tipo de terror que dobla voluntades, que obliga a la gente a mentirse a sí misma para poder seguir respirando. Ese olor impregnaba las paredes, las ropas, el silencio.
Las velas parpadeaban en los candelabros altos, proyectando sombras que parecían retorcerse por las paredes como criaturas inquietas que presagiaban desgracias.
Alexander permanecía de pie, los brazos cruzados sobre el pecho, una figura de contención y amenaza silenciosa. Griffin, recargado contra una columna de piedra, no decía nada, pero su mirada vigilante analizaba cada gesto de los presentes.
Frente a ellos, los seis miembros del concejo ocupaban sus sillas alrededor de la larga mesa ovalada. Rostros tensos, ojeras profundas, labios apretados. Nadie se atrevía a hablar primero.
Al final, el alcalde—un hombre corpulento de barba entrecana—se aclaró la garganta y rompió el silencio.
—No tienen autorización para intervenir —dijo, intentando sonar firme, pero la voz le tembló—. Este asunto… solo nos compete a nosotros.
Alexander apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa. Al inclinarse hacia el alcalde, su calma se transformó en algo mucho más amenazante.
—Tres niños desaparecidos en menos de dos noches —dijo con voz grave—. Antes de eso, marcas en las puertas, huellas que ningún animal puede dejar… y un pueblo entero haciéndose el ciego. Explíquenme, ¿cómo pretenden solucionarlo?
El alcalde tragó saliva. El sonido fue casi tan fuerte como un disparo.
Una de las mujeres del concejo, Olma, la curandera, se removió nerviosa en su asiento.
—Ya… ya tenemos gente vigilando —balbuceó.
Griffin soltó una risa seca, sin rastro de humor.
—¿Gente? ¿Quién? ¿Ese cura suyo que ni siquiera sabe bendecir agua correctamente?
Un murmullo indignado recorrió la mesa.
El sacerdote, sentado más atrás, apretó su crucifijo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Murmuró algo entre dientes. No era una oración. Era puro pánico.
Alexander lo notó. Giró lentamente la cabeza hacia él.
—Padre —dijo, sin elevar la voz, pero llenando toda la sala—, usted sabe algo. No ha levantado la vista desde que entramos. ¿Quiere compartirlo… antes de que sigan desapareciendo niños?
El cura abrió la boca, pero ninguna palabra logró salir. Solo bajó aún más la cabeza.
Griffin avanzó un paso. El sacerdote retrocedió en su silla como si hubiese visto un demonio.
—¿Qué está acechando en este pueblo? —lo presionó Griffin—. Y no nos mienta. Usted sabe tan bien como nosotros que el Krampus solo puede cruzar a nuestro mundo si alguien lo invoca. —Griffin alzó la mirada hacia los miembros del concejo—. Y ustedes saben perfectamente que eso solo puede hacerlo una bruja. Una muy poderosa.
El alcalde golpeó la mesa con furia.
—¡Basta! ¡No permitiré que intimiden a nuestros representantes!
Alexander enderezó la espalda y lo miró con frialdad cortante.
—No estamos aquí para intimidarlos. Estamos aquí para salvar a sus hijos. Pero tengo la sospecha —continuó, sin parpadear— de que ustedes no están tan convencidos de querer recuperarlos.
La tensión en la sala se volvió insoportable. Como una cuerda tirante a punto de desgarrarse. Olma fue la primera en quebrarse. Sus labios se movieron antes de que las lágrimas comenzaran a caer.
—El… el primero en desaparecer —susurró con voz rota—. Era mi nieto.
Alexander no se movió ni un centímetro.
La mujer tragó saliva, como si cada palabra fuera un peso insoportable.
—El segundo niño —continuó, mirando con angustia a los demás— era el nieto de Ned, el comerciante de pieles. Y el tercero… el que desapareció anoche… —hizo una pausa dolorosa— es el nieto del señor alcalde.
Un silencio espeso cayó sobre todos.
Griffin frunció el ceño y miró a Alexander.
—¿Qué demonios está pasando en este pueblo?
Olma levantó la mirada, sus ojos rojos como brasas apagadas.
—Ella ha vuelto… —susurró con terror reverencial—. Ha vuelto para vengarse.
En ese instante, el viento aulló contra las ventanas. Un sonido profundo, casi humano, como si algo al otro lado del cristal sonriera con malicia.
Alexander entornó los ojos.
—¿Quién? —preguntó con voz baja—. ¿Quién ha vuelto?
El alcalde volteó hacia Olma, lleno de ira y pánico.
—¡Cállate, mujer! Vas a empeorar las cosas.
Pero ella no se calló. Temblaba, sí, pero habló con la determinación de quien ya no tiene nada más que perder.
—Ellos tienen razón —dijo entre sollozos—. No es una criatura lo que nos acecha. Es una bruja… y no cualquier bruja. No podemos contra ella. Ellos son los únicos que podrían detenerla. Y si no pueden… estamos perdidos.