El camino hacia las afueras de Hailmoor se volvió cada vez más estrecho, devorado por la niebla. En el cielo aun claro, la luna comenzaba a filtrarse entre los árboles nudosos, que parecían inclinarse sobre ellos como espectadores silenciosos.
Alexander caminaba al frente, con la mano en el mango de su espada, alerta a cada sonido. Griffin avanzaba detrás, su andar pesado pero seguro. Chase, Diana y Jasper seguían a ambos adultos, intentando mantener el paso mientras la sensación de ser observados crecía con cada metro.
Finalmente, la vieron.
La casa de Agnes era una construcción antigua, de madera ennegrecida por el tiempo, inclinada hacia un costado como si luchara por mantenerse en pie. Desde la chimenea salía un humo espeso, rojizo, que no se parecía en nada al humo normal de leña.
Diana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Ese color… —murmuró Jasper—. No es natural.
—Nada en esta maldita aldea lo es —gruñó Griffin.
Alexander golpeó la puerta con el dorso de la mano. Un chasquido de cerrojos resonó desde dentro. La hoja se abrió apenas lo suficiente para mostrar un ojo pálido, rodeado de arrugas profundas.
—Si vinieron por hierbas o tónicos, están en el peor momento posible —dijo una voz áspera.
Alexander entrecerró los ojos.
—Agnes. Tenemos preguntas.
La puerta se abrió de par en par.
La anciana era diminuta, encorvada, con un cabello blanco tan largo que casi rozaba el piso. Su piel parecía papel arrugado, pero sus ojos… sus ojos brillaban con una inteligencia afilada, casi inquietante.
—Ya lo sé —respondió ella—. Entren, antes de que la niebla empiece a emerger.
Diana intercambió una mirada tensa con Chase. Griffin empujó suavemente a Jasper para que avanzara.
El interior era un laberinto de frascos, plantas secas colgando del techo, montones de libros abiertos y símbolos trazados con tiza por el suelo. El aire olía a tierra húmeda y metal.
Agnes se movía con una rapidez sorprendente para su edad.
—No esperaba verlos tan pronto —dijo mientras revolvía un cuenco lleno de raíces negras—. Aunque supongo que la aparición de esa cosa en el bosque los hizo apurarse.
Alexander se detuvo.
—Eres una bruja —afirmó, con un tono tranquilo pero cargado de seriedad.
Diana y Chase se miraron, sorprendidos por lo directo de su padre. Agnes solo lo observó… y sonrió.
—Boticaria —corrigió la anciana, arrastrando las palabras.
Griffin soltó una carcajada seca.
—Esa es solo otra palabra para “bruja”.
La mirada de Agnes se oscureció.
—¿Me vas a matar, cazador?
—Si fueras peligrosa ya estarías muerta —replicó Griffin sin mayor preocupación, levantando unos frascos y examinándolos.
—Su código no se los permite —insistió la vieja—. ¿Verdad?
Alexander perdió la paciencia.
—Basta. Conoces nuestro código. Sabes que no matamos brujas sin pruebas de que hayan causado daño. Y lo que sé de ti es que solo vendes hierbas y menjunjes. Estoy aquí por otras razones.
—¿Por el Skuldrik? —Agnes pasó entre Diana y Chase, tomó un frasco de una repisa y volvió a mirarlos al cruzar—. Fascinante… Dylir.
Chase frunció el ceño.
—¿Sabías del Skuldrik? ―Cuestiono Alexander.
—Ah, no hijo, no lo “sabía”. —La vieja sonrió sin humor—. Lo escuché. El bosque grita desde hace noches.
El grupo se tensó.
—Buscamos respuestas —dijo Alexander, directo—. Sobre la bruja que mi padre… que Anders Evander… mató hace diez años.
Agnes se quedó completamente quieta. Ni siquiera parpadeó. Luego soltó un resoplido.
—Así que ya se los contaron. —Sus ojos se clavaron en Alexander—. Tardaron demasiado, si me preguntan.
Griffin cruzó los brazos.
—Necesitamos el nombre real de la bruja. Sus motivaciones. Su magia. Y saber por qué demonios los niños están desapareciendo.
Pero la anciana ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en Diana.
—Maren los vio esta mañana, ¿no?
Diana sintió el corazón golpearle el pecho.
—Sí —respondió—. Dijo que debíamos preguntarnos por qué el Krampus se llevó a esos niños… y que tú podrías ayudarnos.
Agnes soltó una carcajada ronca.
—La niña siempre fue más lista de lo que aparenta.
—¿“La niña”? —preguntó Chase—. ¿Maren trabaja contigo?
Agnes lo miró con una mezcla de ternura y fastidio.
—No trabaja. Aprende. Aprendió. Y ahora es lo bastante terca como para creer que no necesita a su maestra. —Chasqueó la lengua—. Pero sabe cosas. Cosas que ustedes deberían haber escuchado hace tiempo.