Diana estaba convencida de que debía estar soñando. Tenía que ser un sueño, porque de lo contrario… ¿cómo podría estar viendo a su madre? A Selene.
Quiso acercarse, aunque cada paso que daba la alejaba más. Aun así, distinguía cada detalle: Selene bajo un enorme roble. El roble. El que crecía junto a su casa en Everwood, donde había pasado los inviernos más dulces de su infancia.
A su lado estaba Braxton, no el Braxton actual, sino un niño de unos diez años, con los ojos demasiado grandes y el ceño ya marcado por una solemnidad impropia para su edad. Selene le colocaba algo en la mano—el pendiente—y luego se inclinaba para susurrarle al oído. Diana se esforzó por escuchar. Nada. Solo el rumor hueco del viento.
Quiso correr hacia ellos. Quiso gritar. Quiso exigir saber qué le había dicho. Pero estaba atrapada en esa distancia imposible.
Entonces Selene se giró.
Y la miró.
Una sonrisa enorme, luminosa, casi irreal, se dibujó en sus labios. Selene levantó la mano, como si la alcanzara desde un recuerdo que no debería existir, y le dedicó un saludo suave… demasiado real para pertenecer a un sueño.
Diana sintió un tirón en el pecho.
Y despertó.
Abrió los ojos mirando el techo, las vigas húmedas, las telarañas acumuladas en las esquinas. Las palmas de sus manos estaban heladas, contrastando con la sensación ardiente que recordaba del sueño. Extendió una mano hacia el otro lado de la cama y sus dedos chocaron con los de Chase.
Se giró lentamente.
Su hermano dormía profundamente, respirando con un ritmo pesado, agotado. Diana se limitó a acariciarle la mano, con movimientos suaves, casi tímidos. No quería despertarlo. No después de lo que había ocurrido.
Había sentido su dolor. Había sentido el fuego que había brotado de él… pero, sobre todo, había sentido la urgencia, el desgarro emocional que lo empujó a salvar a Braxton. A su mejor amigo.
Y no lo entendía.
Chase siempre se había aferrado a Braxton con una devoción que Diana no compartía. En ocasiones incluso había sentido celos. Celos de que Braxton le robara la atención que antes era solo suya. Aunque tampoco podía fingir que a ella le era indiferente. Ella también se preocupaba.
Pero… ¿cuánto de eso era realmente suyo?
A veces le resultaba imposible distinguir dónde terminaban los sentimientos de Chase y dónde comenzaban los de ella. Dónde estaba ella. Y dónde empezaba él. Esa difusa frontera entre sus emociones la asfixiaba más de lo que quería admitir.
Y, sin embargo, lo único que hizo fue apretar un poco más la mano de su hermano, como si tratará de anclarlo… o de anclarse a sí misma.
Diana se incorporó con cuidado para no mover a Chase. Le acomodó la manta hasta los hombros y, con un último roce de su mano, se levantó en silencio. Sus pasos descalzos apenas hicieron ruido al cruzar la habitación.
Cuando llegó a la sala, se encontró con un paisaje que parecía sacado de una pintura desordenada: Alexander dormía sentado contra la pared, con un brazo todavía apoyado sobre el respaldo de la silla donde Jasper reposaba encorvado. Lili estaba hecha un ovillo en el suelo envuelta en una manta. Borja roncaba suavemente con la cabeza sobre la mesa, el vaso de café frío a medio derramar. Barret tenía una bota puesta y la otra no, como si se hubiera quedado dormido a mitad de intento.
Todos agotados.
Todos al borde del derrumbe.
Diana avanzó entre ellos conteniendo la respiración, cuidando de no despertar a nadie. El pasillo era estrecho y frío, iluminado solo por la tenue luz que entraba por una ventana cubierta de escarcha. Sus dedos rozaron las paredes ásperas hasta que llegó a la última puerta.
La abrió.
Braxton dormía profundamente sobre la cama, una manta cubriéndole apenas el torso. Su respiración era pesada, pero constante. Diana dio un par de pasos hacia él, movida por un impulso que no sabía si era suyo o de Chase… o de ambos.
Cuando la luz tenue cayó sobre el cuello del chico, se detuvo.
Las marcas.
Oscuras. Irregulares. Hundidas.
Las garras del Krampus habían estado a segundos de arrancarle la vida.
A segundos.
Diana sintió un escalofrío recorrerle la columna. Sus manos, temblorosas, volaron a su pecho. El aire se le atascó en la garganta mientras una ola de angustia la embestía de nuevo, vívida, como si la criatura aún la acechara.
No podía mirarlo más.
No así.
Retrocedió tambaleante fuera de la habitación y cerró la puerta sin hacer ruido.
Se dejó caer contra ella, apoyando la espalda en la madera fría. Sus manos seguían presionando su pecho, como si intentara contener el temblor, la ansiedad, el recuerdo del fuego que había recorrido su cuerpo y el de Chase. Respiraba rápido, casi a bocanadas, con la vista fija en el suelo.
—Diana… —la voz suave la sobresaltó.
Rigel estaba de pie a pocos pasos, el cabello rojizo alborotado, el abrigo mal puesto como si hubiese salido corriendo en cuanto notó que ella no estaba en su habitación. Sus ojos, siempre brillantes y cargados de preguntas, ahora tenían un matiz distinto: preocupación.