Cazadores de Leyendas - La noche del Krampus

Capitulo 8

El borde del bosque Blackthorn estaba silencioso, demasiado silencioso para esa hora del día. El aire olía a pino y abedul. Las ramas proyectaban sombras alargadas que se movían con cada ráfaga de viento, haciéndoles sentir que algo los observaba entre los árboles.

Caminaban en fila: Rigel al frente, Diana a su lado, y un poco detrás Chase y Braxton. Nadie hablaba. El peso de lo ocurrido, de lo que Agnes había dicho, era como una nube espesa que los seguía a cada paso.

Hasta que Rigel finalmente se detuvo. Se giró hacia Diana, los ojos brillando con una mezcla de súplica y miedo.

—Tenemos que hablar de lo que Agnes nos dijo —soltó sin rodeos.

Diana sintió un nudo en el estómago. Chase se tensó detrás de ellos.

—Rigel… —murmuró ella.

—No —interrumpió él, suave pero firme—. No podemos ignorarlo. Tenemos que valorar la opción de destruir la maldición. Si eso nos libera, si nos permite tener una vida completa, sin miedo… entonces tenemos que considerarlo.

Diana bajó la mirada. Chase, en cambio, dio dos pasos adelante, los ojos encendidos de furia.

—¿Perdón? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Tenemos que considerarlo? ¿A costa de qué, Rigel? ¿A costa de ella? ¿De nosotros? ¿De que su alma se destruya? ¿De que la parte de mí que la sostiene desaparezca? ¿Quieres que lo pensemos fríamente como si fuera una ecuación?

Rigel apretó la mandíbula.

—Chase, entiéndelo. Si Diana muere otra vez por mi culpa… si estamos destinados a repetir esto una vida tras otra, ¿qué sentido tiene mantenerla atrapada?

Diana dio un paso atrás, respirando con dificultad.

Braxton entrecerró los ojos, mirando entre ellos sin comprender.

—¿Qué demonios está pasando? —preguntó, acercándose.

Chase tragó saliva, sin apartar la mirada de Rigel.

—Agnes nos dijo que Diana y Rigel… son almas gemelas. Que han estado juntos en otras vidas. Y también dijo que hay una maldición que los mata cada vez que se eligen. Y que la única forma de romperla es destruyendo parte del alma de Diana. Lo cual también afectaría la mía.

Braxton parpadeó varias veces. Luego se volvió hacia Rigel con el ceño fruncido.

—¿Quieres que… ella haga eso? —preguntó con un tono muy distinto al habitual: grave, frío.

Rigel sostuvo su mirada.

—Quiero que lo hablemos. Que lo valoremos. No puedo seguir arrastrando a Diana a un destino que la mata una y otra vez. No es justo para ella.

—¿Y eso lo decides tú? —soltó Chase con ironía venenosa—. ¿Decides qué es justo y qué no? Qué conveniente.

Rigel dio un paso hacia él, pero Braxton se adelantó.

Un paso firme.

Luego otro.

Hasta quedar frente a frente con Rigel, a una distancia peligrosa.

—Rigel —dijo Braxton con un tono que jamás le habían escuchado usar—, el único egoísta aquí eres tú.

Los ojos de Rigel chispearon de ira.

—¿Yo?

—Sí —gruñó Braxton, clavándole el dedo en el pecho—. Tú. Porque en lugar de intentar encontrar una solución que no destruya a nadie, te vas directo a la opción en la que Diana pierde. En la que Chase pierde. En la que tú quedas como el mártir trágico que lo sacrificó todo por amor.

Diana abrió los ojos con sorpresa. Chase se quedó petrificado.

Rigel se tensó, pero Braxton lo empujó ligeramente con el hombro.

—¿Quieres hablar de amor? Pues entiende algo —continuó Braxton, con voz baja pero feroz—. Chase y Diana comparten un vínculo que tú jamás vas a experimentar. Ni, aunque vivieras cien vidas más. Y no porque tú seas menos… sino porque ellos son uno. Si le pides a ella que pierda parte de su alma, le estás pidiendo a Chase que se rompa por dentro para siempre.

Las fosas nasales de Rigel temblaron. Diana se llevó una mano a la boca.

—Si de verdad la amaras —remató Braxton—, comprenderías las razones por las que ninguno de los dos puede tomar una decisión así.

Hubo un silencio tan tenso que incluso los árboles parecieron contener el aliento.

Rigel dio un paso atrás. El orgullo herido brillaba en sus ojos, pero también un dolor más profundo, uno que Diana conocía demasiado bien.

Chase bajó la mirada un instante, respirando hondo, y murmuró:

—No queremos perder a nadie. Ninguno de nosotros.

Diana sintió el corazón apretarse.

—Por favor… deténganse. —La voz de Diana tembló ligeramente mientras les suplicaba con la mirada—. Dejemos esta conversación para después. Ahora solo… solo tratemos de concentrarnos en lo que nos pidió mi padre.

El silencio que siguió fue pesado. Chase exhaló con frustración, pasándose una mano por el rostro.

—Está bien —gruñó finalmente—. Creo que es mejor que nos dividamos.

Rigel dio un paso hacia ella, decidido.




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