Cazadores de Leyendas - La noche del Krampus

Capitulo 9

El bosque Blackthorn estaba inquieto aquella mañana. Ningún pájaro cantaba, ningún insecto vibraba entre las hojas. Era como si los árboles, retorcidos y oscuros, contuvieran la respiración aguardando algo malo.

Chase caminaba delante, marcando el paso rápido y molesto. Rigel lo seguía unos metros atrás, observándolo como quien mira una pieza de metal caliente antes de decidir si vale la pena tocarla.

Finalmente, Rigel habló.

—Tenemos que seguir discutiendo esto, Chase.

Chase apretó los dientes.

—No. No tenemos. —Unas ramas se partieron bajo sus botas, casi con violencia—. Ya te dije que no vamos a romper nada. No voy a dejar que hagan algo tan estúpido.

Rigel aceleró el paso hasta quedar a su lado.

—¿Y si no fuera estúpido?

Chase lo fulminó con la mirada.

—¿Quieres que tu alma quede mutilada para siempre? ¿Quieres que la de Diana quede incompleta? Eso es lo que Agnes dijo. ¿Eso te parece inteligente?

Rigel no retrocedió ni un centímetro.

—No estoy pensando en mí.

—Pues deberías.

Rigel respiró hondo, frustrado, como alguien que intenta explicarle el mundo a un muro.

—Chase, escucha. Si lo que Agnes dijo es cierto… —Hizo una pausa, midiendo cada palabra—. Diana y yo hemos estado siempre juntos. En todas nuestras vidas. Buscándonos. Encontrándonos. Amándonos. Y muriendo —su voz se volvió un hilo contenido de dolor—. Muriendo siempre por esa maldición.

Chase apretó los puños. Rigel siguió.

—¿No sería justo que al menos una vez… solo una… pudiéramos vivirlo completo? Sin miedo. Sin muerte. Sin perderla apenas la encuentro.

Chase se detuvo tan bruscamente que casi se resbaló en la tierra húmeda. Se giró hacia Rigel con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y dolor.

—¿Quieres vivir una vida con ella? ¡Perfecto! ¡Yo también quiero eso! —Se llevó la mano al pecho, como si las palabras le arrancaran algo—. Porque la amo, Rigel. Es mi hermana. Es la otra mitad de mi alma. ¿Crees que no quiero que sea feliz?

El silencio se instaló entre los árboles.

Rigel bajó un poco la mirada.

—Entonces… ¿por qué lo descartas tan rápido?

Chase tragó saliva, y su voz salió más rota de lo que esperaba.

—Porque no quiero perderla. No quiero verla morir por una decisión que yo apoyé. Y no quiero… —se pasó la mano por la nuca, inquieto—. No quiero permitir que ella desaparezca para siempre en esta vida o en cualquier otra. No quiero que su alma deje de existir porque alguien que la ama cree que vale la pena un solo momento perfecto a cambio de nada después.

Rigel lo observó largo rato.

—No es por eso que te niegas —dijo al fin, con suavidad peligrosa—. Te niegas porque tienes miedo. Porque no puedes imaginar un mundo donde ella viva algo importante sin ti. Porque romper la maldición significa que su destino podría alejarse del tuyo.

Chase lo miró como si le hubiese clavado una lanza.

—¿Me estás llamando egoísta? —escupió.

Rigel sostuvo su mirada.

—Te estoy diciendo que tal vez debas preguntarte si la amas como un hermano… o como un guardián que no quiere soltar algo que considera suyo.

Chase dio un paso hacia él.

Rigel no se movió.

Por un instante pareció que iban a golpearse.

Pero Chase, sorprendentemente, fue quien cedió.

Apartó la mirada hacia los árboles, respirando hondo.

—No lo sé —confesó con un hilo de voz que Rigel jamás había escuchado en él—. No sé si soy egoísta. No sé si tengo miedo. Solo sé que… —su garganta tembló—. No quiero que ella muera. No quiero perderla. No quiero sentir ese vacío nunca.

Rigel cerró los ojos, como si esas palabras le dolieran también a él.

—Yo tampoco quiero perderla, Chase. —Se pasó una mano por el cabello, nervioso—. Pero si estamos destinados a morir de todos modos… ¿no tendría sentido al menos vivir lo que sentimos sin que todo sea una amenaza o una sombra?

Chase lo miró de reojo.

—Diana no sabe lo que siente por ti —dijo, casi como si necesitara convencerse a sí mismo—. Está confundida. Agobiada. Y tú ahí, presionando…

—Jamás la presionaría —respondió Rigel, firme—. Pero no voy a fingir que no la amo. Y tú tampoco deberías tomar decisiones por ella.

Chase abrió la boca para responder, pero nada salió.

Por primera vez, la duda se coló en su expresión.

Rigel continuó, más tranquilo.

—Solo piensa en esto: si rompemos la maldición, ella pierde sus vidas futuras… sí. Pero gana una vida real ahora. Una vida libre. Una en la que puede elegir sin que un hechizo la arrastre siempre por el mismo dolor.

Chase miró al suelo.

Miró sus manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.