El viento rugía como un animal furioso mientras la casa de guardia se estremecía con cada embestida. El Krampus ya no intentaba esconderse. Ahora golpeaba con toda su furia.
La puerta tembló.
Alexander giró su lanza y se posicionó al frente. A su lado, Alaric imitó el movimiento con una sincronía perfecta, casi inquietante: dos cuerpos, un solo reflejo. Los hermanos Evander respiraban como un mismo cazador.
—A la próxima, entrará —murmuró Alexander.
—Entonces a la próxima lo atravesamos —respondió Alaric, con una sonrisa peligrosa.
En la parte superior de la escalera, Diana tensó su arco. A un lado estaba Rigel, quieto, su mirada fija, analizando el punto exacto donde la criatura rompería la entrada.
—Cuando abra la puerta, apunta al pecho —indicó Rigel—. Su piel es gruesa, pero la clavícula está expuesta.
Diana asintió, su respiración vibrando entre temor y determinación.
Cyrene caminó ágilmente entre todos, apoyándose en su bastón solo lo suficiente para engañar. Sus ojos seguían cada sombra, cada vibración del suelo.
—Presten atención. Esto no es una criatura cualquiera —susurró—. Es antiguo. Es rencoroso. Y es inteligente.
CRACK.
Un trozo de madera voló hacia adentro.
Barret lo esquivó por un cabello.
—¡Griff! ¿Ves algo desde arriba? —gritó.
Desde el pequeño ventanal del altillo, Griffin apretó su ballesta.
—¡Sí! ¡Se está moviendo hacia la ventana del lado este! ¡Barret, cúbreme!
Barret corrió, espada en mano.
En la habitación del fondo, Jasper mantenía las dagas en mano mientras Lili protegía a los niños, rodeándolos con mantas y colocándolos detrás de la cama.
—Tranquilos… tranquilos… —susurraba ella, aunque sus propias manos temblaban.
Jasper tragó saliva.
—Si pasa de nosotros, los sacamos por la ventana trasera. No lo dudes.
Lili asintió.
THOOOOOM.
Esta vez, la puerta no resistió.
Estalló en astillas.
El Krampus entró.
Una masa de sombras, cuernos y piel negra rasgada. Su aliento era humo. Sus ojos, carbones ardiendo.
Alexander y Alaric se movieron al mismo tiempo.
—¡Ahora! —ordenaron ambos al mismo tiempo.
Las lanzas chocaron contra el pecho de la criatura y lo hicieron retroceder un paso, pero el Krampus rugió y los envió a ambos contra la pared con un golpe del brazo.
—¡Papá! —gritó Diana.
Rigel elevo su arco.
—Dispara conmigo.
Ambos tensaron.
—Uno… dos… ¡YA!
Dos flechas volaron juntas, rozándose en el aire. Ambas se clavaron directamente en el cuello del monstruo. El Krampus gruñó, tambaleándose.
Cyrene aprovechó la apertura. Se deslizó entre las sombras como si hubiera nacido entre ellas y clavó la punta de su bastón en una de las piernas de la criatura. Una luz azul se encendió en la punta, quemando carne.
—¡Muévete, monstruo! —escupió la anciana, con una ferocidad que no coincidía con su edad.
Griffin disparó desde arriba.
La flecha se incrustó en el hombro del monstruo.
Barret apareció por el costado, cortando tendones.
Jasper, desde la puerta del fondo, gritó:
—¡Lili! ¡Prepárate! ¡Si llega a esta zona nos vamos con los niños!
Pero el Krampus se giró.
Y fijó la mirada en Diana.
Al verla, el aire pareció helarse más.
La criatura dio un paso hacia ella.
Luego otro.
—No… —susurró Alexander, levantándose con dificultad—. ¡NO LA TOQUES!
El monstruo cargó directo hacia la escalera.
—DIANA, ¡MUÉVETE! —rugió Alaric.
Pero Diana no retrocedió. Tensó otra flecha. Sus manos temblaban, pero sus ojos no.
Rigel se colocó frente a ella.
—Te cubro.
El Krampus saltó—
—¡NO! —gritó Cyrene— ¡NO LO DEJEN ACERCARSE A ELLA!
El monstruo cayó sobre la baranda, rompiendo madera, sus garras extendidas hacia donde estaban Diana y Rigel.
Los dos dispararon a la vez.
El Krampus cayó al suelo inferior, pero no muerto… solo más furioso.
Alexander maldijo.
—No podremos resistirlo mucho más…
Alaric respiró hondo.
—Tenemos que sacar a los niños de la casa.
El Krampus levantó la cabeza.