La puerta de la vieja casa de Agnes cedió bajo un empujón de Alexander, abriéndose con un chirrido que recorrió la habitación como un susurro funesto. El interior estaba oscuro. Frío.
Griffin alzó su linterna, y su luz temblorosa reveló frascos intactos, hierbas colgando del techo… y una ausencia tan brutal que la habitación parecía contener la respiración.
—No hay nadie —murmuró Alaric, entrando con precaución.
Cyrene avanzó la primera, sin rastro de miedo. Sus ojos exploraban cada esquina como si buscaran una sombra específica.
—Revisen. Todo. —ordenó.
Jasper se adelantó, visiblemente nervioso pero obediente, mientras Alexander cerraba la puerta tras ellos.
Cyrene caminó hasta la mesa de trabajo de Agnes —o lo que había sido Agnes— y pasó la mano arrugada por la madera pulida. Cada objeto que tocaba parecía contarle algo.
—Abuela… —empezó Jasper, sin saber qué preguntar— ¿crees que Agnes…?
—No existe Agnes. —interrumpió Cyrene, con frialdad quirúrgica—. No desde hace mucho tiempo.
Los cuatro cazadores se quedaron congelados.
—Hace diez años —continuó ella, recorriendo la estancia con pasos lentos— cuando Anders persiguió a Maren, la hirió. No lo suficiente para matarla, pero sí para impedirle mantener su forma completa. Una bruja herida pierde estabilidad… a veces también control.
—Golpeó el piso con el bastón—. La obligó a esconderse. A adoptar un disfraz que nadie cuestionaría.
Griffin tragó saliva.
—Entonces… ¿Agnes era…?
—Maren —confirmó Cyrene—. Durante una década entera. Fingiendo debilidad. Fingiendo bondad. Recuperando cada gota de poder que perdió.
Alexander apretó la mandíbula.
—La vimos. Hablamos con ella. Estábamos en su casa y no lo notamos…
Cyrene negó lentamente.
—Una bruja poderosa no se distingue con los ojos, niño. Se distingue con el instinto.
Jasper, inquieto, tocó unos papeles sobre la mesa, pero Cyrene lo detuvo.
—No muevas nada.
Había algo.
Ella lo sentía.
Se inclinó sobre la mesa, buscando lo que sus ojos aún no veían.
Sus dedos recorrieron las marcas de la madera, hasta detenerse en una zona ligeramente hundida.
Y allí lo vio.
Tallada a mano.
DYLIR
El aire pareció volverse más denso.
Alexander respiró hondo.
—¿Los gemelos?
Jasper sintió un escalofrío subiéndole por la espalda.
—¿Qué significa? —susurró.
Cyrene se enderezó muy despacio, y cuando habló su voz ya no tenía rastro de la paciencia que a veces mostraba. Esta vez, era puro acero.
—Significa que ella ya estaba jugando con ustedes desde antes. Significa que sabía quiénes eran y qué estaban despertando.
Se dirigió a Alexander y Alaric.
—Significa que ahora mismo, mientras nosotros estamos aquí, Maren ya decidió cuál de mis nietos va a destruir primero.
Alexander palideció.
—Diana…
—Y Chase —completó Cyrene.
Se giró hacia la puerta con determinación feroz.
—Maren va por ellos.
***
El interior de la iglesia estaba apenas iluminado por las velas, que proyectaban sombras inquietas sobre los bancos de madera. Diana guiaba a Rigel, Barrett, Borja y Lili mientras distribuían armas recién afiladas sobre el altar.
—Pongan las ballestas aquí —ordenó ella—, cuchillas junto al agua bendita. Tenemos que estar listos cuando regresen los demás.
Lili asintió con nerviosismo.
Borja gruñó, concentrado.
Rigel la observaba con una mezcla de orgullo y preocupación.
Detrás del altar, dos figuras comenzaron a moverse.
Chase se sentó lentamente, frotándose los ojos. Braxton, se sento a su lado pasandose una mano por el cabello.
—¿Qué hacen aqui? —Diana dejó caer un cuchillo sobre la mesa con un clac que resonó en toda la capilla—. ¿De verdad no podían quedarse en la cama?
Chase se encogió de hombros con una sonrisa ladeada.
—Buenas tardes para ti también.
—No es tarde —corrigió Braxton, poniéndose de pie con lentitud—. Es la hora exacta…
Diana lo interrumpio.
_ No, ustedes dberian estar descansando.
Pero entonces, un suave golpeteo en la puerta lateral los puso alerta.
Todos se tensaron.
Lili levantó la ballesta. Borja se puso delante de ella. Barrett se movió hacia el ventanal.
La puerta se abrió con un chirrido.