La iglesia había quedado sumida en un silencio denso, apenas roto por la respiración temblorosa de los presentes y el crepitar lejano de las velas caídas.
Braxton permanecía en medio del pasillo central, los hombros tensos, respirando como si estuviera al borde de desmoronarse. Sus ojos, normalmente tranquilos a pesar de su sarcasmo constante, estaban abiertos de par en par, desesperados, fijos en el espacio vacío donde Diana y Chase habían desaparecido.
Rigel, a unos pasos de distancia, estaba arrodillado. Las manos le temblaban, no por miedo… sino por impotencia. Esa impotencia que lo había acompañado toda su vida, esa que tanto odiaba.
Ambos parecían dos pilares rotos.
Alexander se giró hacia el grupo.
—Movilícense. —Su voz era firme, aunque cargada de rabia—. Armas, provisiones y lo que Cyrene pida. Salimos en diez minutos.
Jasper salió corriendo.
Lili fue detrás, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Barrett y Borja comenzaron a ordenar el equipo de combate.
Cyrene no dijo nada. Solo observó a Braxton y Rigel con ojos duros y tristes.
Braxton no se movió hasta que Griffin se acercó y le tocó el hombro.
—Necesitamos prepararnos —dijo con suavidad.
Braxton apretó la mandíbula, tragó saliva y asintió una sola vez. Caminó hacia el fondo de la iglesia con pasos rígidos. Rigel lo siguió sin decir palabra.
En la sacristía, donde habían dejado parte del equipo, Braxton apoyó las manos en la mesa, respirando hondo varias veces, como si quisiera anclar su cuerpo para no romper nada.
Rigel se quedó a su lado, en silencio.
Pasaron varios segundos hasta que Braxton habló:
—No voy a perderlos, Rigel.
Rigel cerró los ojos por un instante.
—Lo sé.
Braxton levantó la mirada hacia él, los ojos rojos por la furia.
—No entiendes. No voy a perderlos. A ninguno. No… —su voz se quebró por un instante, apenas perceptible— …lo permitiré.
Rigel lo observó. Lo conocía lo suficiente para saber que Braxton casi nunca mostraba grietas. Pero ahora… era un cristal a punto de romperse.
—Tampoco voy a perderla —respondió Rigel con firmeza.
Braxton soltó una carcajada amarga, una sin humor.
—En verdad la quieres, ¿no es así? —gruñó mientras tomaba una daga y la enfundaba con un movimiento brusco.
Rigel tensó los hombros. No lo negó; no podía.
—La quiero. Sí. —Su respuesta fue franca, sin titubeos—. Pero eso no importa ahora.
Lo que importa —sus ojos se endurecieron, llenos de resolución— es traerla de vuelta viva.
Braxton se quedó quieto, sorprendido por la sinceridad con la que lo admitía.
Rigel continuó, un poco más bajo:
—Los dos trabajaremos juntos para traerla de vuelta.
Braxton bajó la mirada, cerrando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su cabello cayó sobre su rostro, ocultando su expresión.
—Esa es la diferencia entre tú y yo, Rigel… —dijo en voz baja, áspera—. Tú la amas a ella con locura. Pero yo… yo les quiero a los dos. Chase es mi mejor amigo, mi hermano… y ella…
La voz se le quebró. No pudo decirlo. No cuando ella no estaba ahí para escucharlo.
El silencio que cayó sobre ambos fue pesado, pero no hostil. Era un espacio compartido por dos hombres desesperados, unidos por una causa y un dolor común.
Braxton respiró hondo. Cuando habló otra vez, su tono ya no tenía filo.
—No voy a discutir eso. No hoy.
Rigel asintió, sin rastro de antagonismo.
—Bien. Entonces vamos.
Braxton levantó la vista. Esta vez, no había desafío en sus ojos, ni rencor, ni competencia. Solo un entendimiento brutal. Una alianza nacida del miedo. De la furia. Y del amor que los movía.
Alexander apareció en la puerta.
—Nos vamos ya. Vengan.
Braxton tomó su espada.
Rigel colgó su arco a la espalda.
En ese momento, no eran dos jóvenes compitiendo por el corazón de Diana.
Eran cazadores. Eran dos hermanos de cacería con una misión: Traerlos a casa. O morir en el intento.
***
La consciencia regresó como un golpe de agua helada. Diana abrió los ojos primero, respirando con dificultad. El aire olía a humedad, a madera podrida… y a sangre seca.
Estaban en la iglesia abandonada del bosque.
La luz que entraba por los vitrales rotos proyectaba sombras extrañas sobre el suelo. Ahí, en medio, ella y Chase estaban atados espalda con espalda, atrapados dentro de un círculo tallado a mano en las piedras del piso, símbolos antiguos que pulsaban con un brillo rojizo.
Más allá del círculo, los tres niños raptados estaban colocados formando un triángulo perfecto. Sus cabezas colgaban, respiraban débilmente.