La iglesia del pueblo estaba llena de silencio y respiraciones cansadas. El humo de las velas flotaba en el aire como un recordatorio tenue de que, por primera vez en horas, estaban a salvo. O al menos, lo más cerca que podían estar después de enfrentar a Maren y al Krampus.
Los cazadores se habían acomodado como podían entre los bancos, algunos vendándose heridas, otros simplemente dejándose caer para recuperar el aliento. La tensión estaba aflojando… pero no del todo.
Alaric fue el primero en romper la frágil calma.
—Alexander —gruñó, cruzándose de brazos mientras caminaba hacia él—. Quiero a Borja de regreso. Ya es suficiente, lo necesito en mi guardia. No pienso seguir esperando.
Alexander, que estaba sentado sobre un banco con una bolsa de hielo en el hombro, alzó la vista sin paciencia.
—Está bien. —Suspiró y movió la mano como si espantara un insecto—. Llévatelo. Pero por el amor a todos los ancestros, deja de fastidiarme con lo mismo cada dos semanas.
Borja, sentado a un par de metros, levantó una ceja con expresión resignada.
—Y yo que pensaba que ibas a pelear por quedarte conmigo —murmuró.
—No vales tanto —replicó Alexander con sarcasmo cansado.
En ese instante, Braxton se acercó, limpiándose aún restos de tierra y sangre seca del rostro.
—Si él se va… —dijo señalando a Borja con la cabeza— yo quiero irme con la guardia de Alaric también.
Las palabras cayeron como un balde de agua fría. Alaric abrió los ojos con sorpresa… y luego sonrió como si hubiera recibido un regalo de navidad.
—Braxton, muchacho, me encantaría tenerte en mi guardia —soltó, casi orgulloso—. Serías el mejor cazador que he hecho en años.
Diana, desde el otro extremo de la iglesia, sintió un tirón extraño en el pecho. No sabía exactamente por qué. O sí lo sabía… pero no quería admitirlo todavía.
Alexander se levantó de golpe.
—No.
La palabra resonó con dureza en el silencio.
Alaric frunció el ceño.
—¿Cómo qué no?
Alexander levantó una mano para detenerlo.
—Braxton no va a ninguna parte. Se queda conmigo.
Braxton lo miró con desconcierto.
—¿Puedo saber por qué? Me vendría bien un cambio… y—
Alexander interrumpió acercándose a él, poniéndole una mano firme en el hombro.
Su expresión, por primera vez en toda la noche, se suavizó.
—Porque no solo eres mi mejor cazador. —Su voz bajó un tono, casi cálida—. Eres familia, Braxton. Y a mi familia me gusta mantenerla cerca.
Braxton se quedó inmóvil, sorprendido. No parecía saber qué hacer con esas palabras.
Alaric, por su parte, bufó con indignación.
—¿Disculpa? ¡Yo también soy familia!
Alexander ni siquiera se giró para mirarlo.
—Sí, sí… pero es diferente —respondió con fastidio habitual—. Deja de llorar, Alaric.
—¡No estoy llorando! —replicó Alaric, aunque sí parecía un poco dolido.
Una risa cansada recorrió el grupo. Por un momento, parecía que todo podía volver a la normalidad.
Pero Diana ya no estaba escuchando.
Algo dentro de ella seguía ardiendo: el miedo, la maldición, la batalla, el caos… y ahora esa punzada inesperada al escuchar a Braxton decir que se iría.
Con un nudo en la garganta que no supo reconocer, se levantó despacio.
Nadie la notó salir.
La puerta de la iglesia se abrió con un crujido suave, dejando que el aire frío de la noche la envolviera. La humedad aún cargaba el olor metálico de la sangre y la tierra.
Diana respiró hondo, queriendo que ese aire helado se llevara todo lo demás.
Solo quería un momento sola.
Un momento para entender por qué, después de sobrevivir a la muerte, lo que más la descolocaba… era lo que había sentido cuando Braxton dijo que quería irse.
Y lo que sintió cuando Alexander dijo que no lo permitiría.
Diana cerró los ojos.
El silencio afuera era distinto al de la iglesia.
Más honesto.
Más suyo.
Y por un instante —uno diminuto pero real— permitió que el mundo entero se apagara alrededor de ella.
El aire frío le hacía cosquillas en los brazos cuando escuchó pasos detrás de ella.
—¿Puedo? —preguntó Jasper con suavidad.
Diana no respondió, pero él se acercó igual, apoyándose en la barandilla junto a ella. Se quedaron así, en silencio, hasta que Jasper ladeó la cabeza y comentó con una media sonrisa:
—Estás pensando en él.
Diana parpadeó, sorprendida.
—¿En… quién? —preguntó con un suspiro cansado, aunque sabía perfectamente a qué se refería.