Cazadores de Leyendas - La noche del Krampus

Capitulo 18

Diana despertó con un sobresalto. Por un instante no recordó dónde estaba. El techo de madera envejecida, el olor a incienso y cera… luego lo supo: la iglesia del pueblo. La calma posterior a la tormenta.

Se incorporó despacio. No había nadie más en la habitación. Entonces llegó el golpe. Un dolor extraño, profundo, como un cordel arrancándose de su pecho. No ardía, no punzaba… vacío. Una ausencia tan nítida que por un momento le faltó el aire.

Diana llevó una mano a su corazón, respirando hondo, intentando contener la oleada.
Y luego sus dedos tocaron el pendiente en su oreja.

El metal estaba tibio.

Familiar.

Vivo.

Cerró los ojos.

El dolor seguía allí, sí. Pero no la dominaba. No la destruía. Entendió que una parte de ese lazo se había roto… y otra simplemente se había quedado quieta, dormida. Ese dolor… pasaría. Y ella estaría bien.

Se levantó, respiró hondo y se encaminó hacia la salida.

Al abrir las puertas, la luz del sol la envolvió con una calidez que casi la desarmó. El cielo estaba despejado, brillante, azul como si nada terrible hubiera ocurrido la noche anterior. La brisa fresca movió su cabello, llevándose consigo un poco del peso que aún cargaba.

—¡Diana! —una voz aguda y alegre la llamó.

Lili corría hacia ella con pasos rápidos, casi saltando de emoción. Al llegar, se detuvo frente a ella con una sonrisa enorme.

—¡Pensé que no despertarías nunca! —exclamó, casi chocando contra ella de la fuerza del abrazo.

Diana rió suavemente, acariciándole la espalda antes de separarse.

—¿Dónde están los demás?

Lili tomó aire, gesticulando mientras hablaba.

—Alaric y Borja se marcharon hace un rato. Ya sabes, Alaric dijo que necesitaba entrenarlo bien, porque Alexander lo “arruinó malcriándolo”. —Rodó los ojos con dramatismo—. También se fueron Griffin, Barret y… Rigel.

El nombre cayó como un peso suave pero firme en el pecho de Diana.

Dolió.

Una punzada pequeña pero inevitable.

Diana bajó la mirada un segundo, respiró, y aceptó la verdad que ya presentía.

Lili la observó con preocupación, pero Diana recompuso una sonrisa.

—¿Y tú? —preguntó, frunciendo el ceño con leve severidad—. ¿No deberías haber ido con Griffin?

Lili se tensó un instante, pero antes de que pudiera responder, una voz conocida intervino:

—En realidad, se quedará un poco con nosotros. ¿No te parece genial?

Jasper apareció desde un costado, con las manos en los bolsillos y una sonrisa traviesa que iluminaba sus ojos. Lili se ruborizó hasta las orejas y asintió con energía, como si no quisiera que Diana la interrogará demasiado.

Diana soltó una carcajada suave.

—Entiendo… —susurró.

En ese momento, el golpe de un bastón sobre la piedra anunció una nueva presencia. Cyrene se colocó a su lado con la serenidad de quien ya sabía lo que iba a pasar antes que todos.

—Alégrate, niña —dijo la abuela, cruzándose de brazos—. No nos quedaremos mucho en este lugar. Tenemos trabajo que hacer.

Diana ladeó la cabeza.

—¿A dónde vamos?

Cyrene sonrió con ese brillo misterioso con el que siempre daba malas y buenas noticias al mismo tiempo.

—A Brumavale —respondió—. Buscaremos respuestas sobre sus dones, sobre tu madre… y sobre lo que realmente son ustedes tres.

Diana sintió un escalofrío de emoción y temor.

—Y en el camino… nos reuniremos con Uzías Tedmond —continuó Cyrene—. El padre de Lili.

Lili casi estalló de entusiasmo.

—¡Será genial! Vas a conocer a mi papá, y él sabe muchísimas cosas, y es el mejor en ataque de espada, y sobre—

― ¡AJÁ! —Jasper la interrumpió agarrándola suavemente del brazo— Creo que ya la estás mareando.

Cyrene dio un golpecito con su bastón para ordenar silencio.

—Prepárate, Diana —dijo, con voz profunda—. Lo que enfrentaste aquí fue solo el comienzo. Tenemos un largo camino.

Diana observó el horizonte, respiró hondo, y sintió que el vacío del pecho ya dolía un poco menos.

Quizá porque ahora sabía que lo que dolía… era señal de que un nuevo camino empezaba.

Y ella estaba lista para seguirlo.

Diana seguía de pie junto a Cyrene, Lili y Jasper cuando escuchó pasos detrás de ella. Pasos conocidos. Pesados, pero firmes. El eco de dos presencias que su corazón reconocía incluso antes de girarse.

Chase y Braxton avanzaban desde la entrada de la iglesia, uno con el cabello revuelto y la expresión soñolienta de quien todavía no se recupera del todo… y el otro con su andar elegante y confiado, aunque todavía vendado por las heridas.

Diana los miró.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.