Cazadores de luz: El resplandor de la esfera

El Puente Roto

El sol eterno seguía su curso implacable, derramando una luz dorada que hacía brillar el paisaje como si el mundo intentara compensar los nueve meses de Gran Oscuridad que se acercaban. Cale y Nara continuaban su camino hacia el Abismo de las Sombras, sus botas dejando huellas profundas en la tierra seca y agrietada, el polvo subiendo en pequeñas nubes que se pegaban a sus túnicas blancas, ahora manchadas de sudor y tierra. Los colgantes partidos de la esfera, colgados en sus cuellos, palpitaban con una luz púrpura constante, guiándolos como un faro silencioso. El aire era seco y caliente, cargado con el aroma de rocas quemadas y el eco lejano de corrientes subterráneas que serpenteaban bajo la superficie. Habían dejado atrás la periferia de la montaña, el terreno ahora más plano pero traicionero, con grietas ocultas y salientes que amenazaban con romperse bajo sus pies. Cada paso era un recordatorio de la urgencia: dos semanas de luz, y luego la oscuridad regresaría, trayendo con ella a los Umbríos y, posiblemente, a la Coalición que aún los acechaba.
Cale, con la mochila vacía colgando de un hombro, caminaba con los ojos verdes fijos en el horizonte, las cicatrices pálidas en sus brazos brillando bajo el sol. Su colgante palpitaba contra su pecho, un latido que resonaba con el de Nara, quien caminaba a su lado, su cabello suelto moviéndose con la brisa, el tatuaje de cenizas en su cuello destellando como un faro. Sus ojos castaños, con motas de ámbar, escudriñaban el paisaje, alerta a cualquier movimiento extraño. Habían aprendido a luchar juntos, sus poderes sincronizados: relámpagos que partían el aire, escudos que detenían tormentas, telequinesis que movía rocas, ráfagas que sanaban. Pero también habían aprendido a descansar, a tocarse, a besarse bajo la luz del sol, a recordarse que su amor era su mayor fuerza.
El sendero descendió hacia una depresión donde el terreno se abría en un río ancho, sus aguas turbias corriendo con fuerza entre rocas lisas y musgo verde. El puente, una estructura antigua de madera y cuerda, colgaba sobre el río, sus tablas podridas y cuerdas raídas por el tiempo y el abandono. Algunos tablones faltaban, y las cuerdas que lo sostenían estaban cubiertas de musgo y liquen, crujiendo con el viento. El río rugía abajo, profundo y rápido, sus aguas arrastrando hojas secas y ramas rotas.
Cale, deteniéndose al borde del puente, frunció el ceño, su mano apretando la de Nara. —Esto no me gusta, oculta —dijo, su voz baja, escudriñando la estructura—. Parece que va a romperse con un soplo.
Nara, mirando el puente, sintió el colgante palpitar con más fuerza, como si la esfera los urgiera a cruzarlo. —No hay otro camino, pescador —respondió, su voz firme pero tensa—. La visión mostró este río. Tenemos que cruzarlo. Pero con cuidado.
Cale, asintiendo, dio el primer paso, probando la madera con el pie. La tabla crujió, pero aguantó. Nara lo siguió, sus manos entrelazadas, avanzando despacio, un pie delante del otro, sus cuerpos tensos, el colgante palpitando en sincronía. El puente se balanceaba ligeramente, las cuerdas gimiendo, el río rugiendo abajo como una amenaza constante. A mitad del camino, Cale miró hacia atrás, y su corazón se detuvo: figuras en túnicas grises emergían de las rocas al otro lado, soldados de la Coalición, rifles luminosos en mano, Kael al frente con su arpón, su capa ondeando. Lirien, con su túnica ornamentada, estaba detrás, sus ojos oscuros brillando con furia.
—¡Deteneos! —gritó Kael, levantando el arpón—. ¡La esfera es nuestra!
Cale, apretando la mano de Nara, sintió el colgante quemarle el pecho. —¡Oculta, corre! —dijo, pero el puente crujió con más fuerza bajo su peso combinado.
Nara, mirando atrás, vio a los soldados apuntando. —¡No hay tiempo! —gritó, y en ese instante, el puente cedió. Las cuerdas se rompieron con un chasquido seco, las tablas se partieron, y Nara cayó hacia el agua rugiente, su mano soltándose de la de Cale.
Cale, sin pensar, se lanzó tras ella, el puente colapsando bajo sus pies. El agua fría lo envolvió como un puño, el río arrastrándolos con fuerza, las corrientes tirando de sus cuerpos. Cale nadó hacia Nara, sus brazos cortando el agua, alcanzándola justo cuando una ola los empujaba contra una roca. La agarró por la cintura, sus colgantes chocando, y con un esfuerzo desesperado, nadó hacia la orilla opuesta, el río rugiendo a su alrededor.
Llegaron a la orilla, Cale arrastrando a Nara sobre las rocas, su cuerpo inerte, el cabello pegado al rostro. —¡Nara! —gritó, su voz rompiéndose, arrodillándose junto a ella. Sus labios estaban azules, el agua goteando de su boca. Cale, con el corazón en la garganta, le hizo el boca a boca, sus labios contra los suyos, soplando aire en sus pulmones, sus manos presionando su pecho. —¡Respira, oculta! ¡Por favor!
Nara tosió, expulsando agua, sus ojos abriéndose de golpe, sus manos aferrándose a los brazos de Cale. —Cale… —jadeó, su voz débil, el agua corriendo por su rostro.
Cale, con lágrimas mezclándose con el agua del río, la abrazó con fuerza, sus brazos envolviéndola como si temiera que desapareciera. —Pensé que te había perdido —susurró, su voz rota, su rostro enterrado en su cabello mojado—. No puedo perderte, Nara. No puedo.
Nara, temblando, lo abrazó de vuelta, sus manos aferrándose a su espalda. —Estoy aquí, pescador —murmuró, su voz temblando—. Siempre estaré aquí.
Se quedaron abrazados en la orilla, el río rugiendo a su lado, el sol eterno calentando sus cuerpos mojados. Miraron hacia el otro lado, donde los soldados de la Coalición se habían detenido, el puente destruido impidiéndoles cruzar. Pero sabían que no se rendirían. Cale y Nara, aún abrazados, se levantaron, sus colgantes palpitando con una luz púrpura que parecía más fuerte, como si la esfera aprobara su supervivencia.
—Tenemos que seguir —dijo Cale, su voz firme, ayudando a Nara a ponerse de pie—. El Abismo nos espera.
Nara, asintiendo, tomó su mano, sus dedos entrelazándose. —Juntos, pescador —respondió, su voz decidida—. Hasta el final.
Con el río a sus espaldas y la montaña delante, continuaron su camino, el sol eterno iluminando su ruta, los colgantes guiándolos hacia el Abismo de las Sombras, con dos semanas de luz por delante y un amor que los hacía invencibles en un mundo que aún podían salvar




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