El invierno de este año había sido más frío que en los años anteriores, el viento helado golpeando mi rostro mientras la nieve me interrumpía un poco la visión.
Estaba algo cansada y, siendo sincera, desearía estar recostada en mi cama leyendo algún libro tonto de romance, esos en los que la mujer es una idiota soñadora y el tipo un pendejo engreído. Pero aquí estoy, caminando en medio de una puta nevada invernal mientras siento que mi cara se congela por el viento, aunque sigo siendo de las que prefieren el frío.
Como decía mi hermano: "Más vale tener el culo congelado a tenerlo sudado"; sabias palabras diría yo.
-Aiko, llegas tarde -dijo una voz masculina desde una puerta vieja de metal; un calvo de casi dos metros con un cuerpo que parece de gorila.
Al verlo solo suspiré un poco y pasé por su lado mientras lo ignoraba. Podía sentir su mirada desdeñosa, pero con lo poco que me importa, lo ignoro. Saqué las manos de mis bolsillos mientras mantuve el paso; las paredes viejas y frías daban una sensación de soledad que me acompañaba desde hace años, aunque tal vez sería algo hipócrita decir que estuve totalmente sola.
Suspiré un poco cuando bajé las escaleras al piso subterráneo; allí, otro hombre con cara de no haber sido el más lindo de la escuela me abrió la puerta.
-¡Aikooo! -me recibió una voz masculina algo alegre, mientras se ponía de pie y abría los brazos de forma exagerada-. Me alegra verte, aunque la verdad te esperaba ayer -añadió mientras se sentaba sobre su escritorio moviendo las cosas que tenía allí, entre ellas pastillas y polvo.
-Pasaron cosas y tuve que venir hoy, pero no tengo mucho tiempo -le dije mientras me tiraba en el sillón extrañamente nuevo, el cual contrastaba bastante con lo viejo de la habitación-. Así que vamos al grano, dame lo que te pedí.
-Vaya mujer más directa -comentó con una risita sarcástica.
Me quité la capucha que me cubría y lo miré a los ojos; con eso pareció entender que no estaba de humor para soportar sus mierdas. Sin decir nada más, sacó una bolsita de papel marrón y me la tiró a las manos.
-Me costó conseguirlas esta vez, así que espero que entiendas el cambio en el precio -dijo con más seriedad mientras era él quien me miraba a los ojos.
Tomé la bolsa de papel bien cerrada y la abrí para comprobar el contenido: eran cajitas de medicamento, medicamento experimental para inducir el sueño, de esos que solo te dan las farmacias con cuatro recetas de doctores diferentes.
-Mientras consigas lo que pida, no me importa cuánto me cobres -dije al cerrar la bolsa nuevamente y tirarle la mochila que traía conmigo.
Él la tomó y, al ver el interior, me dio una sonrisa bastante complacida; después de todo le pagué más de lo que me pidió con tal de que fuese rápido.
-Siempre es un placer hacer negocios contigo -dijo mientras dejaba la mochila a un lado.
Suspiré sin darle importancia y me puse de pie con la intención de irme de ese lugar de mala muerte, no vaya a ser que me contagie algo con solo estar aquí.
—Ah, sí, Aiko —me llamó con algo de seriedad cuando me acerqué a la puerta.
—Últimamente están pasando cosas extrañas afuera; mujeres de más o menos tu edad están desapareciendo. Así que ten cuidado, no me gustaría que mi mejor cliente y alguien a quien veo como hermana desaparezca —dijo con un ligero tono de falsa preocupación.
Yo me había quedado quieta con la mano en el picaporte de la puerta, pero sus palabras me habían dado justo en donde no debería.
—Jhosep, te agradezco la preocupación y tendré cuidado —me puse la capucha mientras le decía con calma, a la vez que lo miraba de reojo. —Pero no vuelvas a insinuar que somos hermanos o te romperé cada maldito hueso del cuerpo... Yo solo tuve un hermano, ¿entendido? —añadí con una clara intención asesina en mis ojos, un truco que me enseñó alguien hace tiempo.
Jhosep se quedó callado y parece que casi se cae para atrás; pude ver las gotas de sudor bajar por sus mejillas a pesar de la baja temperatura de la habitación. Esa fue una señal suficiente de que entendió. Abrí la puerta y salí de allí antes de que pudiera hacer algo de lo que me fuera a arrepentir luego; mancharme las manos con gente así no vale la pena.
Al salir del edificio pude sentir nuevamente el viento helado golpear mi rostro, pero esta vez, lejos de sentir que me congelaba, me sentía más cómoda que estando allí dentro.
El camino de regreso fue tranquilo: sin personas en la calle por la nevada, sin vehículos ni gente molestando.
Me tomó una hora de caminata llegar de regreso a mi casa, una casa bastante bien tratada y cuidada, en un vecindario decente con vecinos no tan decentes, pues son unos idiotas que disfrutan creyendo que tienen el derecho de hablar sobre la vida de los demás. Al entrar suspiré más aliviada y me quité el abrigo dejándolo en el piso; tiré la bolsa de papel a la mesita frente a la TV y yo misma caí en el sofá, algo viejo pero bien cuidado y cómodo.
—¿Dónde estabas? —preguntó una voz seria, tranquila y pesada.
Yo solo suspiré agotada; no me molesté en abrir los ojos pues sabía quién era con solo escucharlo.
—Sabes, entrar así a la casa de una mujer joven podría tomarse como ilegal o acoso —le dije sin darle importancia; después de todo, él siempre entraba sin necesidad de permiso, así fue desde que lo conozco.
—Y comprar esas cosas sin las recetas necesarias podría considerarse contrabando —replicó él mientras se acercaba, sus pasos firmes y tranquilos como diciendo "nada se me compara".
Dejó algo en la mesa frente a mí y se sentó en otro sillón. Abrí los ojos y había puesto una taza con chocolate caliente allí, junto con unas medialunas. Me quedé callada unos segundos antes de sentarme y tomar la taza para darle un trago; estaba dulce.
—Deberías ser más consciente de las cosas que haces, no puedes andar por la vida metiéndote en problemas todo el tiempo —dijo mientras me miraba. Sus ojos extrañamente rojos me daban la sensación de estar mirando mi alma, algo que se sentía incómodo en el pasado, pero ahora era normal.