Cazadores de Pesadillas

Capítulo 3

Corrí con todas mis fuerzas deseando despertar en cualquier momento; corrí con tantas ganas que no podía gritar o hacer ruido con la boca para no desperdiciar el aire que entraba a mis pulmones.

—¡Aiko! ¡Te deseo, te anhelo! —gritaba esa criatura mientras me seguía por las escaleras; su voz parecía ser la de un animal moribundo mezclada con el intento de habla humana.

Mis ojos estaban llorosos, apenas podía ver unos cuantos metros adelante, pero me bastaba para no detenerme. Cuando llegué al primer piso corrí hacia la puerta; quería salir del edificio, pero las cosas nunca son como uno las desea. Esa cosa se impulsó por el techo hasta caer frente a la puerta con su deforme cuerpo cubriéndola, dándome la espalda y, aun así, con la cabeza colgando hacia atrás, permitiendo que me viera.

Al intentar detenerme, me resbalé por el maldito piso congelado y quedé a unos pocos metros de esa cosa, mirando sus ojos. Sentía cómo las lágrimas caían por mis mejillas, cómo mi cuerpo temblaba y mis piernas me fallaban.

—Aiko, hermosa Aiko —decía con una falsa dulzura en su voz mientras se me acercaba lentamente.

Sus piernas estaban extremadamente largas, por lo que las tenía flexionadas para poder moverse; sus largos brazos se apoyaban en las paredes laterales mientras avanzaba con una lentitud desesperante.

—¿Tienes miedo? Tranquila, pronto dejarás de sentirlo —dijo mientras su boca se abría, haciéndose más grande que antes, y derramaba ese líquido viscoso al piso; pero esta vez emanaba un fuerte olor a podrido mientras se veía humo levantarse al caer.

Quería cerrar los ojos, quería taparme la cara con las manos y despertar de una vez de esta pesadilla. Entonces, algo regresó a mi mente: un recuerdo de hace tantos años que ya había olvidado, uno de esos tantos recuerdos que se dejan atrás sin darse cuenta.

Era una noche de tormenta; los relámpagos iluminaban el cielo mientras los truenos lo hacían retumbar. Yo tenía solo once años y me aterraban las tormentas; el miedo que sentía por ellas era algo que no podía soportar, por lo que lloraba mucho.

Durante esa tormenta estaba acostada junto a mi hermano, abrazando un peluche de oso polar que Lucius me había regalado unos días antes, ocultando mi rostro en él mientras sentía la cálida mano de mi hermano acariciar mi cabeza para tratar de calmarme.

—No quiero tener más miedo... No quiero seguir asustada —dije mientras lloraba en silencio sin quitar la cara del oso; seguramente lo había llenado de lágrimas y moco.

El toque de mi hermano se detuvo por un momento y luego volvió a acariciar mi cabello con una risa leve y divertida. Me iba a quejar de que se riera de mí, pero entonces habló:

—Está bien tener miedo; asustarse es normal, no seríamos humanos si no tuviésemos miedo —dijo de manera suave, con esa dulce voz que siempre tenía cuando hablaba. No sé si la fingía o si era de verdad su manera de hablar, pero siempre me calmaba.

—Pero... quiero ser como tú y como el tío Lucius, quiero ser valiente —dije mientras apartaba la mirada del oso para luego mirarlo a él; ver su sonrisa tranquila era realmente tranquilizador.

—Nosotros también tenemos miedo; el valor no viene de la ausencia de miedo, Aiko —dijo mientras me limpiaba las lágrimas con una de sus manos; qué raro era, pues siempre tenía las manos cálidas y suaves—. El valor viene de tener miedo y, aun así, hacerle frente a lo que venga —añadió mientras miraba hacia la ventana. Entonces se levantó de la cama y me cargó para acercarnos al cristal.

Yo miré por un momento, pero cuando un relámpago cruzó el cielo seguido de un fuerte estruendo, oculté la cara en su pecho mientras apretaba su pijama con fuerza, cerrando los ojos con tanta intensidad que sentía que se iban a hundir.

—Tranquila, yo estoy aquí —dijo él con suavidad mientras me acariciaba la cabeza—. Y si algún día tienes miedo y yo no estoy, entonces recuerda que incluso yo tengo miedo a veces —dijo, y lo miré a la cara. Él miraba por la ventana con una sonrisa tranquila y distante, como si recordara algo.

Entonces me forcé a mirar al exterior y, cuando otro relámpago estruendoso cruzó el cielo, no aparté la mirada. Vi el cielo iluminarse de manera tan hermosa que nunca lo había imaginado: un rayo de luz iluminando la oscuridad, aun si da miedo.
Volviendo a mis sentidos, ese monstruo estaba a menos de un metro; entonces me puse de pie.

—Vete a la mierda, hijo de puta —dije mostrando el dedo medio mientras comenzaba a correr en dirección contraria, hacia la escalera para llegar al segundo piso.

"Tengo miedo, tengo miedo", me dije una y otra vez mientras corría como alma que se lleva el diablo.

—¡Ven aquí, Aiko! —gritó la criatura mientras me perseguía.

Lo escuché hacer algo extraño atrás; entonces supe que estaba por hacer lo mismo que antes. Rápidamente me saqué la chaqueta y corrí con más fuerza; estaba a unos pocos metros de las escaleras cuando esa cosa pasó nuevamente por arriba hasta caer cortándome el camino. Me tiré contra el piso deslizándome entre sus piernas y enrollando uno de sus tobillos con la chaqueta; al pasar, no tuvo tiempo de reaccionar cuando tiré con todas mis fuerzas de la prenda, causando que se cayera al suelo.

—¡Muérete, hijo de puta! —le grité mientras subía por las escaleras lo más rápido que podía, aunque ese grito era más para darme valor que por otra cosa.

—¡No me dejes! ¡Aiko, no me dejes! —gritaba mientras luchaba para ponerse de pie, pero por su fisiología de seguro se tardaría unos cuantos segundos.

Yo corrí; corrí con todas mis fuerzas como nunca antes en toda mi vida. Corrí hacia la ventana al final del pasillo; esa era mi única salida.

—¡Ven aquí, maldita perra! —escuché gritar desde las escaleras; seguramente ya había logrado ponerse de pie para subir.

No pude evitar reírme cuando pude sentir el viento frío de afuera entrando por esa ventana. Entonces volví a escuchar ese extraño ruido que hace cuando se va a impulsar; lo ignoré y corrí para finalmente pisar con fuerza el piso y saltar para atravesar el cristal.




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