(Pov Aiko)
Recuerdo ese día en especial, un recuerdo que jamás podría olvidar aunque lo intentara con todas mis fuerzas, pues es el día en que todo se cayó a pedazos en mí vida.
Al inicio había sido un día bastante feliz, un día en que me sentía especial y única, supongo que es normal que una adolescente se sienta súper especial en su cumpleaños número 15 después de todo.
Estaba feliz, más sonriente que de costumbre mientras hacía planes para todo el día.
—Pero algo no salió como esperabas ¿Verdad? —
—Tienea razón, algo no salió como yo deseaba —le respondí mientras dirigía la mirada a otra habitación.
Veía a mí versión de hace cinco años mirando a escondidas mientras mí hermano hablaba por teléfono. En su rostro se veía preocupación y fastidio mientras hablaba, no recuerdo lo que dijo, pero estaba claramente enojado soltando cada palabra con un tono molesto.
Al cortar la llamada dejó el celular con un suspiro, luego vio en mí dirección.... No, vio a mi yo más joven con una notable tristeza en sus ojos.
Ella salió corriendo a su habitación para cerrar la puerta con un fuerte golpe, algo que nunca había hecho, pero que por alguna razón sentí las ganas en ese momento.
Entonces mí alrededor cambió para ver a mí yo más joven sentada contra la puerta, abrazando sus rodillas mientras lloraba de forma silenciosa con la cara entre sus piernas.
—[Aiko, escúchame por favor... De verdad no quería, pero...] —se escuchaba la voz de mi hermano con un tono depresivo del otro lado de la puerta.
No pude verlo, pero estoy segura de que tenía la frente contra la puerta.
—[¡Dijiste que te quedarías, que no habría trabajo hoy!] —gritó entre lágrimas mí versión más joven, llorando como si la hubiesen traicionado.
—[Te prometo que volveré rápido, trataré de que volveré tan rápido que no te daras cuenta de que me fui] —respondió de forma calmada, como si tratase de aliviar mí tristeza en ese momento
—[¡Tus promesas no valen nada!] —gritó ella sin moverse de su lugar.
—Callate, no lo digas —supliqué mirando a la niña allí sentada, pidiendo por favor que se quede callada.
—[Aiko, por favor...] —.
—No lo digas, por favor no lo digas, telo ruego... Cállate —dije mientras me ponía de rodillas frente a la niña, tratando de tomarla por los hombros, pero sin ser capaz de tocarla.
—[¡Mentiroso! ¡Ya no vuelvas!] —gritó ella con fuerza.
No pude evitar apretar los dientes con impotencia, con mis manos temblando y mis ojos nublados por el dolor que eran esas palabras. Se que le dolió, ese silencio prolongado me lo dijo, esas tres palabras finales debieron dolerle más que cualquier herida física que se haya hecho en toda su vida.
Traté de tocar a la niña y golpearla con mis manos, pero por más que lo intentaba no era capaz de tocarla.
—[.... Volveré pronto, te voy a traer un regalo de disculpa] —fue lo único que dijo antes de que pueda escuchar sus paso alejarse.
No lo vi, pero por sus pasos pesados y débiles, supe que estaba realmente afectado por mis estúpidas palabras.
—Ya basta... Por favor, ya basta... —rogué cayendo de rodillas mientras tapaba mis oídos, sabía lo que venía ahora y no quería tener que verlo.
Pero mis súplicas no fueron escuchadas, abrí los ojos nuevamente y estaba en un lugar que jamás olvidaré... En cementerio.
—¿Que fue lo que pasó? —
Me puse de pie nuevamente y me acerqué a un grupo de personas que estaban de pie rodeando una a alguien.
Allí estaba mí versión más joven llorando de forma desconsolada mientras abrazaba un oso polar de peluche, lo abrazaba con tantas fuerzas que daba a entender el miedo que tenía de que se me fuese de las manos.
Tenía 15 años, pero estaba llorando como una niña pequeña.
Me acerqué a la lapida y allí estaba, grabado en piedra como una condena que jamás podría ser cambiada, un destino que no podía negar por más lágrimas que tirara, sin importar que tan fuerte llore o grite...
—Descansa en paz, Zero Blaze —murmuré mientras volvía a caer de rodillas abrazando la lapida.
Sentía mi pecho doler, podía sentir como las lágrimas caían por mis mejillas mientras abrazaba con fuerza esa fría y dura lapida de piedra.
Me culpaba una y otra vez, me culpé tanto que no podía ni dormir sin tener pesadillas sobre que era mí culpa.
—No lo fue —
—Te equivocas, lo fue... Mi maldito berrinche fue lo último que escuchó de mí... Se fue a una guerra que yo desconocía con el corazón roto... Fue mi culpa sin importar lo que otros digan —dije sin soltar aquella lapida.
Entonces sentí una mano reposar en mi hombro, miré de quién se trataba y un par de ojos blancos me miraban con lo que creo era pena.
—Eras una niña que deseaba pasar un día tan importante con la persona más importante en tu vida, no puedes culparte por tener un deseo así —dijo mientras me limpiaba las lágrimas con su pulgar.
Su mano estaba demasiado fría, al punto que parecía estar muerto, pero su mirada y voz transmitían un extraño calor reconfortante.
—Pero lo lastimé... Él me podría haber odiado hasta el final, podría haber lamentado tener que aguantar a una carga como yo tanto tiempo... Arruiné su vida —dije sin soltar aquella lapida, con las lágrimas aún cayendo, pero con su mano aún limpiandolas.
—Pero no lo hizo, incluso en su final solo pudo mostrar un amor incondicional hacia ti, su tesoro más grande y la razón por la que pudo vivir con una sonrisa —dijo mientras me ponía una leve sonrisa cariñosa.
Quería replicar sus palabras, por más dulces y por más que las anhelaba, quería replicar palabras vacías ya que seguramente lo decía por decir.
—No, yo se de qué te estoy hablando —respondió a mis palabras internas sin quitar su mirada cariñosa. —Inclus cuando su mundo se estaba destruyendo a su alrededor, cuando sabía que estaba por dar su último aliento mientras peleaba con todo su poder, tu hermano solo sintió un profundo anhelo por verte sonreír de nuevo y un único deseo de que puedas vivir una vida normal —.