Jake miraba aturdido la puerta de su casa.
Nunca había conocido otro hogar. Ahí lo habían llevado sus padres después de llegar a Corea. Había crecido entre las paredes de esa casa adosada de Seúl. Había jugado en la calle bajo la sombra de los árboles en verano, y había improvisado trineos con las tapas de los cubos de basura en invierno. En esa casa se había sentado su familia durante el shivah, la primera semana de luto, después de la muerte de su padre. Ahí había besado a Beomgyu por primera vez.
Nunca se habría imaginado que un día esa puerta estaría cerrada para él. La última vez que había visto a su madre, esta lo había llamado monstruo y le había rogado que se marchara. Él le había hecho olvidar que era un vampiro por medio de un glamour, pero no había sabido cuánto duraría ese glamour. Bajo el frío aire otoñal, mirando al frente, supo que no había durado lo suficiente.
La puerta estaba cubierta de símbolos: estrellas de David dibujadas con pintura, un grabado con el símbolo de la vida hebreo, el Chai. Había tiras de pergamino con pasajes de la Biblia atados al picaporte y la aldaba. Una hamsa, la Mano de Dios, cubría la mirilla.
Como ausente, puso la mano sobre la mezuzah de metal pegada al lado derecho del marco. Vio alzarse humo del lugar donde su mano había tocado el objeto sagrado, pero no sintió nada, ningún dolor. Sólo un terrible vacío, que lentamente se convirtió en furia.
Dio una patada en la puerta y oyó el eco en la casa.
- ¡Mamá! - Gritó. - ¡Mamá, soy yo!
No hubo respuesta, sólo el ruido de los cerrojos al cerrarse. Su aguzado oído había reconocido los pasos de su madre, su respiración, pero ella no dijo nada. Jake podía oler el acre miedo y el pánico incluso a través de la madera.
- ¡Mamá! - Se le quebró la voz. - ¡Mamá, esto es ridículo! ¡Déjame entrar! ¡Soy yo, Jake.
La puerta se sacudió, como si ella también le hubiera dado una patada.
- ¡Márchate! - Su voz sonaba áspera, irreconocible por el terror. - ¡Asesino!
- No mato gente. - Jake apoyó la cabeza en la puerta. Sabía que seguramente podría echarla abajo, pero, ¿de qué serviría? - Ya te lo dije. Bebo sangre de animales.
- Tú mataste a mi hijo. - Replicó ella. - Tú lo mataste y pusiste a un monstruo en su lugar.
- Yo soy tu hijo...
- Llevas su rostro y hablas con su voz, pero, ¡no eres él! ¡No eres Jake! - Alzó la voz hasta casi gritar. - ¡Aléjate de mi casa antes de que te mate, monstruo!
- Mi hermana. - Repuso él. Tenía el rostro húmedo; se lo tocó con las manos y al apartarlas estaban manchadas: sus lágrimas eran de sangre. - ¿Qué le has dicho a mi hermana?
- ¡No te acerques a tu hermana!
Jake oyó un repiqueteo dentro de la casa, como si algo se hubiera caído.
- Mamá... - Repitió, pero ahora no le salía la voz. Sólo logró un susurro ronco. La mano le comenzó a palpitar. - Tengo que saberlo; ¿está mi hermana ahí? Mamá, abre la puerta. Por favor...
- ¡No te acerques a tu hermana! - Se estaba alejando de la puerta; Jake podía oírlo. Luego le llegó el inconfundible chirrido de la puerta de la cocina al abrirse y el crujido del linóleo con sus pasos. El sonido de un cajón que se abría. De repente, se imaginó a su madre cogiendo uno de los cuchillos.
"Antes de que te mate, monstruo."
Esa idea lo hizo tambalearse. Si ella lo atacaba, la Marca actuaría. La destruiría como había hecho con Asa.
Dejó caer la mano y se apartó lentamente, bajando a tumbos los escalones. Cruzó la acera hasta ir a parar a uno de los grandes árboles que daban sombra a las casas. Se quedó allí, mirando la fachada de su casa, marcada y desfigurada por los símbolos del odio de su madre hacia él.
No, se recordó. Su madre no lo odiaba. Lo creía muerto. Su odio era hacia algo que no existía.
"No soy lo que ella dice que soy."
No supo cuánto rato se habría quedado allí mirando si no le hubiera comenzado a sonar el teléfono, haciendo vibrar el bolsillo de su chaqueta.
Instintivamente, lo cogió, mientras se fijaba en que tenía quemado en la mano el dibujo de la mezuzah de la puerta: estrellas de David entrelazadas. Cambió de mano y se llevó el móvil a la oreja.
- ¿Sí?
- ¿Jake? - Era Beomgyu. Parecía estar sin aliento. - ¿Dónde estás?
- En casa. - Contestó, y calló un instante. - En la casa de mi madre. - Corrigió. Su voz le sonó vacía y distante. - ¿Por qué no has regresado al Instituto? ¿Están todos bien?
- De eso se trata. - Respondió él. - Justo después de que te marcharas, Kibum bajó del tejado donde se suponía que Yeonjun estaría esperando. No había nadie.
Jake se movió. Sin ser totalmente consciente de que lo estaba haciendo, comenzó a caminar por la calle como un autómata hacia la estación del metro.
- ¿Qué quieres decir con que no había nadie?
- Yeonjun se había ido. - Explicó Beomgyu, y él notó la tensión en su voz. - Y también Jisung.
Jake se detuvo bajo la sombra de un árbol desnudo.
- Pero Jisung estaba muerto. Está muerto, Beomgyu...
- Entonces dime por qué su cuerpo no está allí, por qué no lo está... - Dijo él, y la voz se le acabó de romper. - Lo único que había allí arriba era un montón de sangre y de vidrios rotos. Ambos se han ido, Jake. Yeonjun se ha ido...