Cuando el tumulto comenzó a encaminarse a las escaleras, Anton aprovechó su cercanía para escabullirse lo más rápido que pudo. Le faltaba el aire y todo el dolor que había estado intentando aguantar había caído sobre su estómago de golpe. Volvió a tener náuseas. Lo único que quería era dejar de oler ese maldito aroma a tomillo. Alcanzó la entrada antes que el resto y decidió salir a la calle para tomar aire. En el exterior, el resto de la sociedad parecía ajena a lo que estaba pasando. A nadie le importaba que el líder de los cazadores hubiese muerto, ni que una nueva cabecilla hubiese sido elegida hacía escasos momentos.
Pero las preocupaciones de Anton no estaban puestas en el discurso radical que había ganado; su mente no podía dejar de pensar en Anca y su brazo. Había intentado mantener escondida su herida durante todo ese tiempo, pero la gravedad había hecho que su manga resbalara y revelara que ella había atacado a Anton bajo aquella espeluznante máscara negra. El corazón de Anton latía con tanta fuerza que podía escuchar las palpitaciones en sus oídos. Aquella mujer era poderosa, no solo a nivel físico, sino también a nivel jerárquico. Había estado a escasos metros de Roxandra y Andrei, compartiendo el mismo estatus en la votación. Anton jamás había escuchado su nombre, pero era evidente que se trataba de una cazadora con renombre.
—Anton. Tenemos que irnos…
Roxandra se abrió camino entre la muchedumbre. Su lúgubre mirada se encontró con el rostro magullado de Anton. Quedó estática por varios segundos, mientras analizaba su labio partido, la sangre petrificada en la comisura de los labios, el tajo en su mejilla. Estiró su mano y acarició la herida de su pómulo con la yema de sus dedos.
—¿Qué sucedió? —murmuró.
—Me robó el talismán de Luca. —dijo él casi sin aliento. —Hay que tener cuidado, ella…
Una sombra apareció detrás de Roxandra. El intenso olor a tomillo volvió a invadir sus sentidos. Anton apretó los labios con fuerza, luchando porque las palabras no abandonaran su boca. Sus ojos estaban puestos en Anca. Una mujer alta, de musculatura firme y el semblante adusto. Alguien que despertaba rabia en el pecho de Anton, pero que al mismo tiempo le daba un poco de miedo. Roxandra irguió más su cuerpo y se volteó lentamente.
—Es bueno volverte a ver. —dijo Anca con una voz suave y fría al mismo tiempo.
—Lo mismo digo. —Su voz reflejaba sarcasmo. Roxandra intentó sonreír, pero no pudo.
Anca desvió la mirada hacia Anton y él sintió un ligero escalofrío; luego volvió a posar sus fríos ojos en Roxandra.
—Espero verte con más frecuencia por aquí.
—Lo dudo.
Anca soltó una mueca. Volvió a contemplar a Anton de arriba a abajo y luego se camufló entre el resto de los cazadores que salían del subsuelo para continuar con sus quehaceres.
—Ella tiene el talismán de Luca.
Anton intentó avanzar, pero Roxandra lo aferró a su cuerpo y lo obligó a retroceder dos pasos. Clavó sus dedos en los hombros del joven y lo contempló fijamente.
—Ni se te ocurra atacarla.
—Pero…
—¡Anton! —exclamó y luego bajó la voz para que nadie más pudiera oírlos. —¿Qué crees que va a pasar si un dhampiro ataca a un cazador?
Anton desvió la mirada a ambos lados y cayó en la cuenta de que estaban rodeados de cazadores que podrían acabar con su vida en cuestión de segundos; ni siquiera Roxandra podría protegerlo. Sus hombros se aflojaron.
—Exacto. —murmuró Roxandra mientras lo soltaba. —No es un buen momento para que estemos aquí. Tenemos que volver al norte; es el único lugar donde estaremos seguros.
Quería recuperar el collar, el único recuerdo de su padre, el motor de su esperanza. Pero Anton sabía perfectamente que Roxandra tenía razón, que todo lo que ella estaba diciendo era para cuidarlo. Él conocía a la perfección cuán radicales podían ser algunos cazadores porque lo había vivido de la mano de Vasile y sus secuaces. El calor en el estómago que se había encendido desde que esa mujer le había arrebatado su bien más preciado seguía incomodándole. Pero se obligó a ignorarlo. Asintió con el rostro serio y, cuando Roxandra se echó a caminar, la siguió de cerca. Bucarest, la ciudad que no dormía, que no necesitaba desaparecer por las noches, ya no era segura para él. Y tampoco era segura para alguien como Roxandra, alguien que defendía a los dhampiros y luchaba por la misma causa que ellos. Y si bien Anton sabía que en el norte también corrían riesgos, la influencia y la autoridad que Roxandra tenía allí era mucho más influyente que en una ciudad donde había múltiples grandes personalidades de la caza. Galo, Anca, Teodor, Alex, Olga. Todos ellos eran cazadores que compartían el mismo estatus que ella y era probable que hubiera muchos más.
—¡Xandra! ¡Espera!
Andrei pasó junto a Anton y tomó a Roxandra del brazo. Jaló de su cuerpo y la obligó a voltear.
—¿Qué es lo que quieres, Andrei? —bufó mientras lo obligaba a soltarlo. Roxandra se cruzó de brazos y dio un paso atrás.
—Sé que no te gustó mi decisión.
—¿Tú crees? —alzó una ceja irónicamente. —Escucha, no me interesa, tenemos que irnos ahora. El tren saldrá en dos horas y no quiero llegar tarde.
—Realmente creo que necesitamos firmeza, Xandra. —Andrei se giró hacia Anton con el rostro preocupado. —No es nada en contra de ti, niño. —Luego volvió a fijarse en su vieja compañera. —Es solo que las cosas se están saliendo de control, tú misma lo dijiste. Si es verdad que ellos han vuelto, necesitamos firmeza.
—Está bien. —Pero ambos sabían que estaba mintiendo. —Escucha, Luca llegó a Bucarest.
El rostro de Andrei se deformó.
—¿Qué? ¿Cómo…?
—Tengo mis fuentes. —lo interrumpió ella. —No sé si sigue aquí, pero necesitas encontrarlo, Andrei.
Él asintió en silencio.
—Dame unos días; si sigue aquí, no hay manera de que no lo pueda encontrar.
—Tres días. Quiero un cuervo en tres días.