Cazadores de Vampiros

Capítulo 18

Anton se giró con brusquedad y estuvo a punto de soltar su umbar. Vasile lo contemplaba con el rostro desencajado, sosteniendo el arma a la altura de su rostro.

—¡¿No escuchaste la pregunta que te hice?! —exclamó mientras sacudía el umbar con agresividad. —¡Tú mataste a esos cazadores!

—¡Yo no…!

Anton intentó dar un paso al frente. Pero Vasile sacudió su arma y estuvo a punto de cortar su cara.

—¡Ni se te ocurra dar un paso más! —gritó y su voz retumbó en la tranquilidad de la noche.

—¿Qué demonios estás haciendo, Vasile?

El hombre se giró en dirección a Roxandra con violencia. Su ceño, que seguía arrugado cual cuello de tortuga, se relajó. Sin embargo, su autoritaria voz seguía igual de mandona y soberbia.

—Tu monstruo asesinó a cazadores. Te dije que esa cosa era tu responsabilidad, Roxandra.

Ella puso sus oscuros ojos en Anton, quien alzó los hombros con confusión. Dejó escapar un sonoro suspiro y le enseñó su umbar en señal de amenaza.

—Vasile, baja el arma. No me obligues a darte tu merecido.

—Te estoy diciendo que esa cosa mató a nuestros camaradas. —Vasile no estaba dispuesto a soltar su umbar.

Anton dio un paso atrás para evitar la punta afilada del arma, pero estuvo a punto de caer sobre la tumba de Razvan.

—Anton no mató a nadie. —La firmeza en su voz le heló la sangre. —Estaba conmigo en el tren hace unos momentos. Serban y los demás llevan muertos un tiempo.

Vasile dudó por unos momentos. Pero a pesar de su frustración, decidió bajar el arma. Se mordió el labio inferior con impotencia y enfundó su arma. Se cruzó de brazos y clavó una mirada acusadora en Roxandra.

—¿Quién te dio permiso para ir a Bucarest? —le reprochó.

—No necesito permiso para ir a Bucarest, Vasile. —Gruñó ella mientras ponía los ojos en blanco. —¿Y tú? ¿Qué estás haciendo aquí?

El ceño de Vasile volvió a arrugarse. No podía creer que ella lo estuviera interrogando. Dejó escapar un bufido. Posó sus oscuros ojos en la tumba de Razvan.

—Alguien está matando cazadores.

Anton intentó camuflarse en la niebla antes de que Vasile volviera a acusarlo de asesino. Pero era imposible; estaba atrapado entre la tumba de Razvan y aquel hombre que tenía una fijación con su presencia mestiza.

—Lo sé.

Roxandra se acercó tanto a Vasile, que pudo sentir su cálido aliento. Sus narices rozaron.

—Pero Anton no tiene nada que ver. —murmuró con firmeza. Luego dio un paso atrás. —Ahora sí me disculpas, todavía hay gente viva en los últimos vagones del tren y tenemos que protegerlos.

Le hizo señas a Anton para que la siguiera, pero antes echó una larga mirada al mausoleo. Frunció el ceño al ver la flor sobre la maciza placa de mármol. Sin embargo, decidió quitarle importancia y continuar su camino.

Anton alzó la mirada por encima del hombro y contempló a Vasile de pie, con los puños cerrados y la impotencia desdibujando su rostro. Y decidió continuar su camino con la mano descansando en el mango de su cuchillo. No era la primera vez que veía a Roxandra desafiar a Vasile, pero esta vez era diferente; podía ver el odio reflejado en su mirada, la frustración en la comisura de sus labios. Anton tenía miedo de que le diera un ataque de rabia y los atacara por la espalda.

Pasaron junto a los cuerpos. Roxandra se detuvo unos minutos para contemplarlos. Se agachó junto a Serban y le cerró los ojos. Sus rostros estaban pálidos y tiesos. Hizo una leve reverencia en señal de respeto y continuó su camino. Se adentraron en el bosque y la neblina los volvió a abrazar. Anton no se había dado cuenta debido a la adrenalina, pero el verano estaba llegando a su fin y comenzaba a hacer un poco de frío en aquellas tierras. Alcanzó a Roxandra y comenzó a caminar a su lado, mientras esquivaba las gruesas raíces de los árboles que sobresalían de la tierra.

—¿Por qué saliste corriendo en dirección al bosque? —preguntó ella sin quitar la mirada del frente. —Te llamé varias veces, pero no me oíste. No podemos perseguir vampiros, debemos custodiar el tren.

—Yo estaba…

—¡Un momento, Roxandra!

Vasile atravesó la bruma a toda velocidad y se interpuso en el camino de ambos.

—Tú —le apuntó su dedo maltrecho. —Renunciaste a este puesto. No tienes derecho a viajar a Bucarest y participar en una votación que no te corresponde.

Roxandra se abalanzó sobre él, lo tomó de la camisa y lo empujó hasta estrellarlo contra el tronco de un árbol. La nuca de Vasile se golpeó contra la madera y tuvo que morderse la lengua para no soltar un quejido.

—Estoy harta de tus quejas. —murmuró con la voz helada. —Estamos aquí para salvar a las personas de aquellos demonios chupasangre. No para satisfacer tu estúpido ego. —Al ver que el hombre no respondía, decidió soltarlo. —Ahora sí me disculpas, tengo que ayudar a quienes todavía están vivos en el tren.

Cuando Roxandra continuó su camino, Anton se adelantó para no quedarse atrás. A diferencia de la otra vez, no tenía intención de ver a Vasile. De todas las veces que Roxandra lo había humillado delante de él, esa había sido la peor. Pero él había tenido ganas de vitorear; después de todo, ella tenía razón y le había dicho en la cara lo que posiblemente muchos pensaban.

Tardaron varios minutos en regresar a las vías del tren. Para su sorpresa, un grupo numeroso de cazadores ya había rodeado los vagones y estaba aniquilando los pocos vampiros que habían tomado el riesgo de acercarse.

Anton divisó a Glenn entre ellos. Cuando él los divisó, se acercó con el rostro serio. Roxandra, quien parecía sorprendida de verlo, aceleró el paso.

—Creí que estabas en el norte. —dijo luego de colocar su mano en el hombro del hombre.

—Me convocaron para buscar al asesino de cazadores. —Glenn sonaba agotado y algo molesto; se giró en dirección a Anton. —Es bueno verte, muchacho.

—Bueno, llegamos un poco tarde. Hubo cuatro bajas; Vasile está evaluando la situación. —Ella señaló el bosque con el rostro.




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