Roxandra lo contempló en silencio por largos minutos. El sol comenzaba a asomar sus primeros rayos a través de las sierras del este. Pero Anton no podía quitar la mirada de la hilera de cadáveres. Ella se enderezó y dejó escapar un bufido mientras se llevaba la mano al mentón.
—¿Qué es lo que vamos a hacer? —preguntó él con la mirada lúgubre.
—Tenemos que volver y enviarle un cuervo a Andrei. —susurró ella. —Incluso él está en peligro.
Anton asintió en silencio y se puso de pie. El sol comenzaba a iluminar aquellas tierras y la neblina empezaba a evaporarse. Un grupo de cazadores les dio instrucciones a los sobrevivientes para que bajaran de los vagones. Anton los observó con el ceño fruncido; había más personas de lo que él creía. Divisó al niño que estaba escondido en un camarote y sintió cierto alivio. Al menos había una buena noticia entre toda aquella muerte.
Vasile apareció entre los cazadores y comenzó a dar órdenes para reubicar a los supervivientes y enterrar a los fallecidos. Ni siquiera se atrevió a cruzar miradas con Roxandra. Numerosas carretas de los pueblos cercanos llegaron y un hombre comenzó a dar instrucciones para que las víctimas subieran y tomaran asiento sobre una endeble tabla de madera.
Glenn se acercó a ellos con el rostro serio. Tenía la mandíbula tensa.
—Vasile quiere hablar contigo.
Roxandra arqueó las cejas. Anton también sentía curiosidad. Luego de la humillación que habían vivido, creyó que jamás se atrevería a volverles a hablar. Pero allí estaba, un hombre con un ego galopante que estaba dispuesto a ser degradado una y otra vez con tal de tener la última palabra. Cuando Roxandra se giró en dirección al grupo de cazadores, lo vio de pie entre ellos, como si fuese el líder de una manada; un hombre al que todos apoyaban a pesar de que, en el fondo, todos estaban a su alrededor por diferentes beneficios.
Ambos se acercaron con el paso decidido. Glenn los seguía de cerca. Los cazadores que estaban con Vasile los fulminaron con la mirada; algunos tenían los brazos cruzados, otros tenían sus umbar en mano.
—¿Qué es lo que quieres ahora, Vasile? —preguntó ella con la voz filosa.
—¿Qué hacías en el tren?
Roxandra paseó su mirada por sus compañeros y dejó escapar un bufido.
—¿Qué crees? —gruñó.
—¿No te parece raro que Nocturno de los Cárpatos haya sido atacado la noche en la que tú y tu monstruo viajaban? —dijo entre dientes.
—Anton, se llama Anton. —Roxandra dejó escapar una mueca de desprecio. —Fui a ver a un antiguo amigo.
—Están buscando a Luca, ¿verdad? —Vasile frunció el ceño y se cruzó de brazos. —Tú y Andrei. —Pero antes de que ella pudiera responder, añadió. —Si lo encuentran, díganle que tiene pendiente una cita conmigo. —Contempló a Anton con desprecio.
Roxandra resopló y estuvo a punto de alejarse, cuando Vasile dio un paso al frente.
—Espera un momento, tú también has estado haciendo cosas sin mi aprobación.
—Yo no necesito tu aprobación para hacer lo que hago. —dijo con un tono áspero Roxandra frunció el ceño y clavó sus penetrantes ojos en él, desafiándolo. Pero Vasile no estaba dispuesto a dejarse humillar de nuevo, no ahora que estaba rodeado de sus secuaces. Dio un paso al frente para colocarse cara a cara con Roxandra y una ligera mueca se dibujó en sus labios.
—Tú renunciaste a este puesto voluntariamente. Ahora tienes que obedecer.
Anton estaba seguro de que, de no ser por el resto de los cazadores que la contemplaban con el rostro serio, Roxandra le hubiese respondido. Pero luego de todo lo que había pasado en Bucarest, tenía la sensación de que no quería más problemas. Lidiar con Vasile era lo suficientemente agotador como para tener que lidiar con un grupo de hombres y mujeres que lo seguiría ciegamente. Roxandra se limitó a sonreír amargamente.
—Tengo cosas que hacer. —murmuró ella.
—Sí, seguro. —Vasile suspiró irónicamente. —Traian, Doru, escolten a ambos hasta su casa, donde deberán permanecer hasta que se evalúe su desempeño.
Roxandra estuvo a punto de abrir la boca. Pero los dos cazadores dieron un paso al frente de manera intimidante. Uno de ellos le hizo señas para que se acercara a una vieja carreta de madera.
Cuando Roxandra suspiró y comenzó a caminar hacia el caballo, Anton supo que no había manera de ganar esa batalla. La mirada de todos los cazadores estaba puesta en ellos. Él la siguió con paso firme.
El caballo comenzó a ponerse algo nervioso cuando Anton se acercó, pero un hombre canoso y con el rostro arrugado lo aferró por las riendas y jaló de él con fuerza para evitar que el animal saliera corriendo. Roxandra subió de un salto y le hizo señas a Anton para que se sentara a su lado. Uno de los cazadores que los escoltarían esperó pacientemente a que ambos se acomodaran en la carreta y se recostó contra uno de los cajones de madera que se utilizaban de asiento. El otro esperó que el dueño del caballo tomara su puesto en el frente de la carreta y se ubicó a su lado.
En cuanto el hombre agitó las riendas, el caballo comenzó a caminar. Anton clavó su mirada en el vagón. Los supervivientes formaban una hilera junto al resto de las caravanas que los llevarían a casa, donde estarían a salvo. El niño que había visto escondido en uno de los compartimentos lo saludó con su pequeña mano; estaba en los brazos de un hombre que parecía ser su padre. Pero Anton no le devolvió el gesto; tenía un nudo en la garganta. Los cadáveres también estaban siendo removidos, posiblemente llevados a un cementerio local donde serían enterrados como anónimos. Desvió la mirada hacia el hombre que los estaba escoltando. Se preguntó si sería Traian o Doru. Roxandra estaba seria, con la mirada puesta en el suelo. Anton le dedicó una última mirada al tren. Vasile y sus aliados los observaban sin pestañear; Anton estaba seguro de que Vasile todavía seguía con una sonrisa en sus labios. Glenn los contemplaba con el ceño fruncido y los labios apretados. Quizás era el único en ese grupo que estaba de su lado.