Cazadores de Vampiros

Capítulo 20

PARTE III

Anton se escabulló en el bosque a toda velocidad. Sus piernas le pedían piedad; ya no sentía los pies. Su mano se aferraba al umbar con tanta fuerza que comenzaban a dolerle los dedos. Pero podía sentir las voces y los jadeos de los cazadores que estaban haciendo lo posible por alcanzarlo. Lo único que lo motivaba a seguir corriendo era la mirada de Roxandra, el brillo en sus ojos y la esperanza de que Livia estuviera en algún lado, viva e ilesa. Mientras él estuviera libre, podría salvarlas a ambas. Solamente tenía que seguir corriendo. Pensó en Costel y en sus ganas de convertirse en cazador, un sueño truncado por el destino, y se dijo a sí mismo que si Costel no había podido cumplir su objetivo de protegerlos, entonces él lo haría.

Las voces y los pasos rápidos de los cazadores se desvanecieron cuando él se adentró en lo más profundo del bosque. Sabía que los dhampiros eran más rápidos que los cazadores, pero jamás creyó que aquella frenética carrera lo agotaría tanto. Anton recostó su cuerpo contra el robusto tronco de un árbol y dejó caer su umbar en el suelo; aquellas armas eran más pesadas de lo que parecían. El sonido metálico golpeó contra las raíces y se deslizó sobre el césped.

Sus piernas ya no sostuvieron su propio peso y cayó. El sudor se deslizaba por su frente, resbalaba sobre su nariz, hasta caer en forma de diminutas gotas sobre sus piernas. Se quitó una bota y contempló su pie. Tenía la piel en carne viva, cubierta de burbujas tensas que amenazaban con explotar.

—Maldición… —susurró con exasperación.

Un poco más y los cazadores lo hubiesen alcanzado. Contempló la copa de los árboles, que se mecían al compás de la suave brisa. No recordaba la última vez que había tomado una siesta bajo la sombra de los árboles. Anton entrecerró los ojos. Pero no pudo evitar que las lágrimas brotaran. Una vez más, había perdido todo y él no había podido hacer nada para evitarlo. Se sintió un idiota. Roxandra le había dicho miles de veces que él era mejor que el resto: más ágil, más veloz, más fuerte, más resistente. Pero todo eso no le había servido para nada; al final Costel estaba muerto, Livia desaparecida y ella encerrada. Y mientras tanto, él estaba llorando en el bosque por una vida que había perdido, o quizás, una vida a la que jamás había pertenecido. Como si todo eso hubiese sido un sueño del que había despertado. Y en lo más profundo de su mente había una idea que no paraba de dar vueltas. Quizás, Teodor y sus seguidores tenían razón. Quizás los dhampiros no estaban hechos para encajar en esa sociedad, quizás debían estar en otro lado, en la horca, en la hoguera, en cualquier lado que no fuese en esas tierras.

Entre el crujir de las ramas, se oyó un maullido tímido, como si tuviese miedo de delatar su escondite. Anton alzó la mirada hacia las copas de los árboles y la buscó. El gato se encontraba agazapado en una gruesa rama. Sus garras estaban clavadas en la madera y su pelaje estaba erizado.

—¿Serafina?

Anton apoyó su brazo contra el tronco del árbol y se puso de pie con dificultad. Ella olfateó el ambiente por unos segundos y, al ver que no había peligro, bajó dando ligeros saltos. Corrió hasta él, pero se detuvo cuando se encontró a unos pocos metros. Anton se apresuró a ponerse la bota y se arrimó a ella con timidez.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó, pero no se animó a tocarla. —¿Livia te sacó de la mansión? —Los grandes ojos de la gata se posaron en él, como si estuviera intentando comunicarse. Anton suspiró. —Genial, ahora estoy hablando con un gato.

Serafina tiró sus orejas hacia atrás. Sus pupilas se dilataron y su pelaje se erizó. Comenzó a chillar y se agazapó entre la hierba. Anton frunció el ceño y alzó la mirada por su hombro. La espalda se le tensó. Había sentido su aroma, pero había esperado que fuese un error.

—A veces los animales son más comprensivos que los humanos.

Irina estaba de pie con el rostro serio. Ya no llevaba el impoluto vestido con el que la habían encontrado; más bien parecía tener unos viejos y sucios harapos que se arrastraban sobre el césped. Anton se llevó la mano al cinturón y desenfundó el cuchillo. Había dejado su umbar demasiado lejos.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó mientras le apuntaba con el arma.

—Yo no hice nada. —bufó ella y alzó los hombros con indiferencia. —A los Balan no les gusta que intervengan en sus planes, Anton.

—¿Dónde está Livia? —Anton comenzó a caminar en dirección a su umbar con disimulo.

Serafina se había escondido debajo de una raíz, agazapada e intentando hacerse invisible.

—¿La muchachita con olor a canela?

Anton sintió una punzada en el pecho. Al ver que no emitía palabra, Irina dejó escapar una vacía sonrisa.

—La tienen, Anton. Los Balan la tienen. —Alzó la mano cuando notó que él quería decir algo. —No, no está muerta, ni ha sido mordida. Al menos por ahora. —Irina se le empezó a acercar con paso sigiloso. —Escucha, Anton, la muchacha es una prisionera.

—¿Prisionera? —repitió él con el ceño fruncido. —¿Dónde está?

—En la mansión Balan.

—¿La mansión Balan? —Anton se acercó lo suficiente a su umbar, pero si se agachaba para tomarlo, Irina podría atacarlo en ese segundo de distracción. —¿Por qué? No sabía que los vampiros tenían reclusos.

—Solo casos muy puntuales. —Dijo quitándole importancia.

Anton podía sentir la presencia de otras criaturas; Irina no estaba sola. Desvió la mirada hacia la copa de los árboles; aquellas cosas lo estaban observando. Sería imposible tomar su umbar en esas condiciones.

—La muchacha es alguien importante para ti, ¿verdad? —Una ligera mueca se dibujó en su rostro. —Es la única razón por la que Franc Balan la mantiene con vida, Anton. Querían llevarse a ambos, pero el muchacho tuvo la loca idea de hacerse el héroe.

Anton tuvo ganas de vomitar; no le sorprendía viniendo de Costel. Aunque en ese momento deseaba que él no hubiese intentado algo tan estúpido como atacar a un vampiro. Podía sentir un extraño calor trepando por su espalda. Dio otro paso hacia atrás, y una de las ampollas reventó dentro de la bota. Se mordió la lengua para no gritar e intentó no perder la compostura frente a ella.




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