El tiempo pareció detenerse por unos momentos. Anton intentó tragar saliva, pero tenía la garganta seca como si hubiera ingerido arena. Su mano se dirigió al cinturón por instinto y desenfundó su cuchillo.
—El asesino de cazadores. —alcanzó a murmurar.
Pero lejos de asustarse, Velkan soltó una sonora carcajada y volvió a dar un sorbo a su café.
—¿Todavía me siguen llamando así? —puso los ojos en blanco y luego de dejar la taza sobre la mesa, se arrimó a ellos con aire misterioso. —Baja el cuchillo, niño, alguien podría salir lastimado.
Anton dio un paso atrás y blandió su arma con un movimiento rápido y torpe. Velkan lo aferró de la muñeca con tanta fuerza que tuvo que soltar el cuchillo. El metal chocando con la fría piedra retumbó en toda la guarida. Finalmente, Velkan se dignó a soltarlo; recogió el cuchillo y lo contempló con el ceño fruncido por largos minutos.
—Escucha, no todo es como lo cuentan. —Dejó el arma sobre la mesada y volvió a tomar asiento. —No tengo interés en darle explicaciones a un mocoso, pero si vas a quedarte en mi casa, al menos no me amenaces.
—Como sea —murmuró Anton mientras se agachaba para tomar una de sus botas y colocársela—. No tengo intención de quedarme aquí. —Rápidamente, tomó su otra bota y comenzó a colocarla con cuidado para no seguir lastimando su pie—. Tengo que ir a salvar a Roxandra. Y por cierto… —Anton se giró en dirección a Velkan y goleó la punta de sus botas contra la mesa para ajustar su calzado. —Los Balan sí han regresado, yo los vi con mis propios ojos.
Un silencio desolador se extendió en todo el ambiente. Velkan tomó su taza de café y dio un sorbo sin quitar la mirada de Anton. Serafina tragó saliva. Titubeó, pero al cabo de un momento, preguntó:
—¿Qué pasó con Roxandra, Anton?
Él se giró en su dirección con brusquedad, como si se hubiese olvidado de su presencia. Se mordió el labio inferior con fuerza.
—Fue aprisionada. El idiota de Vasile se enteró de que convivía con humanos… —sintió un nudo en la garganta—. Costel está muerto. —Serafina se tapó la boca con ambas manos. —Y la única manera que tengo de salvar a Livia de los Balan es rescatando a Roxandra.
—¿Pero cómo…? —Serafina deslizó sus manos hasta su pecho y apretó con fuerza.
—No sé, tengo que ir a Cluj-Napoca y buscar la manera de sacarla.
—Jamás llegarás a Roxandra, niño. —Velkan dio otro sorbo a su café y suspiró. —Un dhampiro llama bastante la atención, y un dhampiro con un umbar… —comenzó a negar con la cabeza. —No podrás acercarte ni a un kilómetro de Cluj-Napoca.
Anton lo fulminó con la mirada y puso sus ojos en blanco.
—¿Entonces? —preguntó, esperando que le diera alguna idea.
—¿Dijiste que los Balan tienen a una chica? —al ver que Anton asentía, agregó. —Pues, dala por muerta, esa gente no va con rodeos.
Fue en ese momento que Anton perdió la poca paciencia que le quedaba. Se acercó a la mesa y con los puños golpeó la gélida madera. Podía sentir el pecho arder como si estuviera a punto de escupir fuego por la boca. Pero Velkan ni siquiera se inmutó, simplemente dio el último sorbo a su café y dejó la taza vacía sobre una repisa.
—Livia está viva. —dijo con la voz firme. —Puedo sentirlo.
Velkan alzó las cejas con diversión, apoyó el codo sobre la mesa y descansó su cabeza en la palma de su mano.
—Escucha, no tengo el más mínimo interés en ayudar a Roxandra.
—Por supuesto que no. —lo interrumpió antes de que pudiera continuar. —Tú los traicionaste, a todos, Marcel, mi padre…
—¿Tu padre? —Por primera vez desde que habían entablado contacto, Velkan mostraba confusión y curiosidad. —¿Quién es tu padre? —afiló la mirada.
Anton se arrepintió de haber hablado. ¿Qué haría ese hombre si se enteraba de que Luca y él estaban relacionados? ¿Acaso intentaría acabarlo? Tragó saliva y sintió la garganta pastosa. Desvió la mirada a Serafina, esperando que ella lo salvara. Pero la joven bruja parecía igual de expectante que él.
—Luca… —susurró esperando que no lo oyeran.
—¡¿Luca tuvo un hijo con una vampiresa?! —exclamó mientras se ponía de pie de un salto y golpeaba sus piernas contra la mesada. —Eso es imposible.
—Bueno, en realidad… —Anton desvió la mirada avergonzado. Sentía como si estuviera traicionando a su padre, contándole todos esos detalles a su enemigo del pasado. —Él me adoptó.
El cuerpo de Velkan pareció relajarse. Lentamente, volvió a tomar asiento frente a él. Serafina, quien se había mantenido al margen durante todo ese tiempo, se arrimó a ellos con paso tímido y tomó la olvidada taza de café que Velkan había dejado en una esquina de la mesa.
—¿Luca adoptó un dhampiro? —preguntó con más calma.
—¿Qué problema hay con eso? —comenzaba a exasperarse.
Velkan alzó los hombros con indiferencia. Pero su rostro parecía decir todo lo contrario, como si sintiera una mórbida curiosidad. Anton respiró hondo; estaba seguro de que se arrepentiría de decirlo. Sin embargo, tomó coraje y añadió:
—Él desapareció. Aunque seguro ya lo sabes.
—¿Crees que yo lo hice desaparecer? —alzó sus cejas con indignación. —¿Por qué querría hacer desaparecer a Luca? —preguntó con tono filoso. —Desde lo que sucedió con Marcel, no lo he visto. Tampoco me interesa. Ya no soy un cazador y no tengo interés en estar en contacto con ellos.
Anton frunció el ceño. Velkan era un tipo soberbio y parecía estar totalmente probando su paciencia. Sin embargo, tenía la sensación de que era brutalmente honesto. Titubeó unos minutos, mientras pensaba qué decir. Pero él se adelantó:
—¿Qué hay con la muchacha? ¿Dame una razón para que los Balan tengan una chica como prisionera en lugar de como cena?
—Yo… —Anton revivió la conversación que tuvo con Irina y sintió una punzada en el pecho. —Quieren que vaya con ellos; a cambio prometen no lastimarla. —Incluso saliendo de su boca parecía ridículo.
—¿Y por qué los Balan querrían que tú fueras? —Valkan se cruzó de brazos. —Créeme, no son amantes de los dhampiros.