Las palabras resonaban en su cabeza, difusas, como si no lograra darles forma. El sillón en el que se encontraba sentado comenzaba a inclinarse bajo él, como si el mundo se estuviera deformando y él estuviera a punto de ser atrapado en una grieta oscura y profunda. Anton parpadeó varias veces. Su pecho temblaba; era como si su cuerpo hubiese olvidado cómo respirar y estuviera buscando oxígeno con desesperación. Se llevó la mano a la sien; su cabeza estaba hirviendo mientras que sus manos estaban frías. No sabía si estaba sorprendido o asustado. Su corazón latía con tanta fuerza que, cuando Franc habló, él no lo oyó.
—¿Dónde está…? —alcanzó a preguntar.
—Los malditos cazadores la mataron y se llevaron lo que ella más quería: su hijo.
Una sensación de irrealidad envolvió el cuerpo de Anton, incapaz de aceptar lo que acaba de oír. Le temblaban las piernas, pero se las arregló para ponerse de pie. Podía escuchar el llanto del bebé que aterrorizaba sus sueños, el olor a sangre que lo envolvía cada vez que se encontraba de pie en la nieve y el hombre que se alejaba adentrándose en el bosque.
Franc dijo algo más que Anton no llegó a oír; le zumbaban los oídos y lo único que podía escuchar era su corazón latir con fuerza y el llanto del niño retumbando en su cabeza. Desvió su mirada al enorme cuadro y contempló a la mujer que Franc había acariciado momentos antes. Era imposible. Aceptar que era un dhampiro ya había sido lo suficientemente duro como para ahora tener que resignarse a que no solo tenía sangre de un vampiro en sus venas, sino que también era parte de la peor familia de todas esas tierras.
Anton tragó saliva y respiró profundamente. Su cuerpo estaba tembloroso y no reaccionaba como él quería. Comenzaba a pensar que quizás no había sido una buena idea. Livia, piensa en Livia, se dijo a sí mismo.
—Nyx te llevará a tu recámara.
—¿Recámara? —preguntó mientras fruncía el ceño.
—Te presentaré al resto de la familia en la cena.
El estómago de Anton dio un vuelco. Tenía una piedra en el estómago que le estaba dando náuseas.
La puerta se abrió y una vampiresa apareció del otro lado. Franc le hizo señas para que la siguiera y, a pesar de que Anton apenas podía mantenerse de pie, se obligó a seguirle el paso. No quería estar allí, quería dejar de sentir aquella mirada penetrante en su espalda, dejar de sentir escalofríos cada vez que aquellos ojos rojos se posaban en él. Aquella mansión apestaba a sangre y muerte, a putrefacción. Anton avanzó con la mirada puesta en el suelo porque no quería ver. Aquel lugar era como el infierno en vida; como una pesadilla de la cual no se puede despertar; una trampa sin escape.
La mujer se detuvo delante de una puerta y la abrió de un solo golpe. El reconfortante olor a canela abrazó a Anton y sacó su mente de las tinieblas donde se encontraba. Alzó la mirada y dio un paso hacia la habitación.
—Una hora. —dijo con un acento extraño. —La cena es en una hora. Más te vale que seas puntual.
La puerta se cerró a sus espaldas y la tenue luz de un candelabro viejo lo envolvió. Anton la buscó con la mirada; sabía que Livia se encontraba allí.
—¡Livia! —exclamó con un destello de emoción. —¡Soy yo, Anton!
Escuchó unos ligeros pasos. Las gruesas cortinas comenzaron a moverse y divisó su rostro asomándose tímidamente. Los ojos de Livia estudiaron a Anton con recelo, pero al confirmar que se trataba de él, abandonó su escondite y se abalanzó sobre él. Cuando los cálidos brazos de Livia envolvieron su espalda, Anton sintió cierto consuelo. Algo de familiaridad dentro de tanto caos. Incluso el aroma a canela le resultaba agradable. Casi sin darse cuenta, la atrajo hacia sí.
—Voy a sacarte de aquí… —susurró mientras escondía el rostro en su cabello. —Solo necesito tiempo.
Livia se separó de él y lo contempló a los ojos.
—¿Dónde está Roxandra? —preguntó con la voz quebrada.
Anton no le pudo sostener la mirada. Respiró profundamente.
—Los cazadores descubrieron que estaba viviendo con humanos; está aprisionada en Cluj-Napoca.
El rostro le cambió de color, sus ojos se abrieron con preocupación, mientras sus labios temblaban por la inquietud.
—¿Y Costel…?
Anton tragó saliva; tenía una extraña sensación de ahogo que le apretaba la garganta. Sintió una gota de sudor frío cayendo por su espalda. Contempló el suelo por largos segundos, tratando de ganar el valor antes de hablar.
—Anton… —Livia dio un paso hacia atrás.
—Costel está muerto.
Livia cubrió su rostro con ambas manos. Su cuerpo comenzó a temblar. Anton se apresuró a agarrarla por los brazos para evitar que se cayera, y la ayudó a sentarse en el suelo. Podía escucharla soltar diminutos sollozos. La acurrucó contra su cuerpo, un brazo rodeándola con suavidad mientras permanecían sentados.
Anton contempló un reloj antiguo de madera oscura. Su péndulo de bronce oscilaba lentamente detrás de un vidrio resquebrajado. En una hora debería volver a abandonar la seguridad de aquella habitación para conocer al resto de la familia Balan. Su familia… Se mordió el labio inferior con fuerza y aferró el cuerpo de Livia con más fuerza. Quería detener el tiempo en ese momento, quedarse allí, con ella, sentados en aquel helado suelo mientras ambos lamentaban la historia de vida que les había tocado y fantaseaba con lo que hubiese pasado si se hubiesen conocido en otras circunstancias. El repiqueteo del reloj era abrumador. Le recordaba que cada vez faltaba menos para enfrentar al verdadero terror. Al cabo de unos momentos, Livia dejó de llorar. Utilizó la manga de su vestido para limpiarse el rostro. Pero ambos se mantuvieron en silencio.
Cuando el reloj marcó la hora, Anton suspiró. No podía escapar de su destino, no si quería salvar a Livia. La soltó con cuidado; se la veía tan vulnerable que tenía miedo de lastimarla.
—Tengo que irme. —dijo mientras levantaba un poco su pantalón y sacaba el cuchillo que llevaba amarrado a su pantorrilla. —Ten.