Cluj-Napoca lucía más concurrida desde la última vez que había estado allí. La cafetería en la que Velkan y Serafina se encontraban estaba a pocos metros de la base de los cazadores. El café humeaba en las tazas. Las voces del resto de los comensales apaciguaban la tensión que ambos sentían.
—¿Estás seguro de que podremos ingresar de noche? —preguntó Serafina en un susurro—. ¿Qué hay de los vampiros?
Velkan tomó su taza y dio un ligero sorbo. Cuando la dejó sobre el plato de cerámica, se escuchó un leve tintineo que rompió el silencio de la habitación. Dejó escapar un resoplido cuando un hombre pasó a su lado con un cigarrillo encendido e impregnó el ambiente de humo.
—No deberías preocuparte por eso —murmuró sin quitar la mirada de la cúpula de la base de los cazadores, la cual se dejaba ver encima de los tejados de los edificios. —Son muy pocos los vampiros que se atreven a ingresar a las ciudades; prefieren estar en lugares abiertos de fácil escape. Este tipo de lugares son como trampas; están más vulnerables. Y por ende, la mayoría de los cazadores son despachados a otras zonas por las noches. —Velkan volvió a dar un sorbo a su café. —Entrar de noche es la mejor opción que tenemos.
Serafina lo contempló con el rostro desencajado. Las pocas noches que había estado fuera de un refugio, lo había hecho convertida en animal porque estaba aterrada de aquellas bestias. Desde que había llegado a aquellas tierras, había gastado más de la mitad de la energía que había acumulado y comenzaba a preocuparse. Sabía que sería imposible derrotar a Ezra si seguía desperdiciando la magia que había acumulado en meses.
—¿Y qué haremos si Roxandra no está aquí? —jugueteó con el pliegue de su falda.
—Vasile jamás se perdería la oportunidad de juzgarla. —dijo mientras se acomodaba en la silla; luego murmuró. —No lo culpo.
Un hombre de traje y corbata se acercó a ellos. Los contempló de arriba a abajo y dejó escapar una casi imperceptible mueca. Hizo una leve reverencia y dijo:
—Disculpen, pero estamos por cerrar.
Serafina lo contempló con el ceño fruncido, se aferró a la mesa y luego volteó en dirección al cristal. Los comensales, que hasta hacía poco habían estado disfrutando sus cafés tanto dentro como fuera del establecimiento, habían desaparecido. Las voces se habían ido apagando y ahora eran los únicos que se encontraban sentados en aquella cafetería; sus tazas todavía emanaban el cálido vapor.
El camarero contempló a Serafina fijamente y luego suspiró.
—No son de aquí, ¿verdad? —el fastidio se reflejó en su voz. —Será mejor que busquen refugio antes del anochecer.
Velkan metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó unas cuantas monedas de bronce. Las golpeó contra la mesa. La cerámica tembló y tintineó con violencia. El hombre arrugó la nariz.
—Gracias por el consejo. —dijo mientras se ponía de pie. —Lo tendremos en cuenta.
Cuando comenzó a caminar hacia la puerta, Serafina se levantó y le agradeció al hombre con un rápido gesto. Luego salió corriendo detrás de Velkan. Sabía que la única manera de sobrevivir era estar cerca de él.
Las calles estaban vacías. Una sospechosa brisa mecía las copas de los elegantes árboles que decoraban los parques de la ciudad. Velkan contempló las nubes grises que se acercaban, acelerando la oscuridad que dominaría aquellas tierras en poco tiempo. Los edificios que bordeaban aquella calle tenían las persianas cerradas. Contemplaron a un hombre que corría con desesperación, esperando llegar a su hogar antes de que las campanadas comenzaran a sonar. Velkan caminaba con las manos metidas en los bolsillos; enganchada a su cinturón, descansaba la espada de opalice que utilizaría en caso de encontrarse con algún vampiro rebelde. Serafina se acercó a él, siguiéndole el paso con nerviosismo.
Se detuvieron frente a aquella fortaleza, refugiándose en un callejón que había entre dos viejas casonas. La brisa susurraba una agradable melodía. La tranquilidad era absoluta. El sol desapareció en el oeste y la oscuridad se apoderó de aquellas tierras. Desde su escondite, observaron varios cazadores abandonar el edificio para dirigirse a las afueras.
Velkan esperó que la luna estuviera en el punto más alto para cruzar la calle en dirección a la gran edificación. Serafina lo siguió dando pequeños pasos rápidos. El silencio de la noche era inquietante y abrumador; tenía la sensación de que alguien la estaba observando desde las sombras. Los vellos de su brazo se erizaron. Velkan apoyó la espalda contra el paredón de piedra que los separaba de la enorme mansión. Avanzaron en silencio hasta la puerta de enormes barrotes de hierro oxidado.
Aquella casona parecía vacía, no se oían voces y las persianas de madera de viata estaban cerradas y aseguradas. Pero Velkan sospechaba que, dentro, habría cazadores custodiando a Roxandra. Si era verdad que ella había cometido delitos, estaba seguro de que no la dejarían descuidada.
—¿Crees que sea seguro entrar? —susurró Serafina mientras se encogía detrás de Velkan.
—No. Pero, ¿qué otra opción tenemos? —la contempló con el ceño fruncido.
Serafina tragó saliva a pesar de tener la garganta seca y asintió con el rostro. Velkan se giró hacia la verja y con un ágil movimiento comenzó a treparla. El metal estaba frío, pero la adrenalina en su pecho lo mantenía caliente. Serafina lo seguía por detrás. Sus movimientos eran torpes y su falda le incomodaba para seguir escalando. Sin embargo, se las apañó para llegar a la cima y dio un salto para aterrizar majestuosamente sobre sus rodillas. Al alzar la mirada, notó que Velkan ya se encontraba a varios metros de ella. Se puso de pie y corrió en su dirección.
—¡Espera! —chilló en un susurro.
Velkan continuó su camino en dirección a la mansión con indiferencia. Rodeó las altas paredes y contempló las persianas de madera con el ceño fruncido.
—¿Por dónde entraremos? —preguntó ella al darse cuenta de que la estaba ignorando.