Cazadores de Vampiros

Capítulo 27

Las piernas de Velkan temblaban bajo sus pantalones. No de frío, sino de impotencia. El cuervo que Roxandra había enviado a Bucarest no había vuelto. Pero ellos habían decidido ir al cementerio de todos modos. Una extraña niebla invadía el bosque. Sin embargo, el enorme mausoleo se veía a la perfección.

—¿Realmente tenemos que hablar con él? —bufó mientras se cruzaba de brazos a la altura del pecho.

—Sí, necesitamos encontrar a Luca.

Serafina había aceptado ir con ellos con la única condición de mantenerse en su forma felina. Había llegado a esas tierras para encontrar a Ezra y derrotarlo de una buena vez, pero jamás pensó que tendría que lidiar en una guerra entre vampiros y cazadores.

—¿Y era necesario vernos aquí? —volvió a gruñir.

La mirada de Velkan estaba puesta en el nombre de la lápida: Razvan. Era la primera vez que visitaba su tumba y no se sentía cómodo estando allí. Tenía la extraña sensación de que los ángeles de mármol que decoraban el cementerio lo contemplaban y lo juzgaban. Roxandra desvió la mirada hacia el mausoleo de Razvan y luego se giró hacia él.

—No confío en los mensajeros, Velkan, necesitaba encontrar un lugar donde pudiera hablar en código y él entendiera.

Velkan asintió en silencio. Pero no podía quitar sus ojos de la palabra: Razvan. Esa noche era particularmente calurosa; la fría brisa que había estado azotando los Cárpatos se había esfumado. Roxandra se movió incómoda; había logrado amarrar su largo cabello, pero añoraba las pequeñas manos de Livia que solían trenzarlo con una delicadeza envidiable.

—Escucha… —Susurró sin dejar de contemplar el mausoleo. —Realmente lo siento. Lo que pasó ese día… me ha estado atormentando desde entonces. —Roxandra dejó escapar un suspiro. —Realmente, lo siento mucho, Velkan.

Él apretó los labios con fuerza. Sus manos estaban cerradas en dos puños. Pero se obligó a relajar los hombros.

—No estoy listo para perdonarte. —soltó al cabo de unos momentos. Desvió la mirada hacia ella y supo que le había dolido. —Pero —se aclaró la voz, no quería ese pequeño temblor que se asomaba cada vez que se sentía vulnerable. —Cuando esto termine y aclares la situación con el comité, puede que podamos empezar de nuevo.

Ella le regaló una triste sonrisa. Asintió. Estaba segura de que Razvan estaría contento de oír eso.

—Xandra.

Ambos se giraron en dirección al cementerio. La niebla se había disipado y entre las tinieblas apareció la figura de un hombre. Los ojos de Andrei se posaron en Velkan con sorpresa y su ceño se frunció.

—¡¿Qué está haciendo él aquí?! —exclamó mientras desenfundaba su umbar.

Roxandra dio un paso al frente, alzando sus manos e interponiéndose entre ambos.

—Espera un momento, Andrei. —Su voz era suave, gentil. —Todo tiene una explicación.

—Xandra, él es un asesino, no debería estar aquí. —apretó los dientes con fuerza. —Mucho menos delante de la tumba de Razvan.

Velkan sintió cómo se le encogía el pecho. Incluso si Roxandra llegaba a aclarar las cosas con el comité, nada garantizaba que el resto de los cazadores lo volviera a aceptar.

Roxandra apoyó su mano sobre la punta del umbar de Andrei y lo obligó a bajarla.

—Andrei. —susurró. —Te juro que todo tiene una explicación. Pero necesito que me escuches. Necesitamos encontrar a Luca; las cosas se están saliendo de control.

Él paseó su mirada entre ambos. Luego, se enfocó en Roxandra. Apretó sus labios con fuerza; su ceño todavía estaba fruncido.

—¿Es cierto que rompiste la regla de oro? —se animó a preguntar. —¿Qué estabas viviendo con humanos?

El rostro de Roxandra se torció. Un leve rubor en sus mejillas apareció.

—Eso no va al caso. —dijo y sintió la lengua pastosa. —¿Has encontrado alguna pista de Luca?

Andrei estiró su mano y tomó la de Roxandra. Sus dedos estaban extrañamente fríos. Comenzó a dar pequeños pasos hacia atrás, jalando de ella para que lo siguiera. Su ceño estaba puesto en Velkan.

—Andrei, no tenemos tiempo para esto. —dijo ella mientras lo obligaba a soltar su mano. —Todavía no tenemos pista de Luca, los Balan están aliados con un brujo y asesinamos a Anca en la mansión de Marcel.

Andrei dio un respingo y posó sus ojos en Roxandra con sorpresa.

—¿Qué dijiste? —preguntó con desesperación. —¿Mataste a Anca?

—Ella nos atacó. —Gruñó casi sin voz. —Intentó matarnos, Andrei, ¿qué se suponía que debíamos hacer?

Él asintió en silencio. Tragó saliva; comenzaba a tener la garganta reseca. Su mirada se posó en el suelo por largos segundos.

—Roxandra. —susurró. —Realmente no puedes quedarte quieta, siempre interfiriendo en todo, siempre queriendo demostrar que puedes hacerlo mejor que los demás.

—¿Qué?

Ella frunció el ceño con confusión. Intentó dar un paso hacia atrás, pero Andrei la volvió a tomar de la mano y la atrajo hacia sí.

—Siempre creyéndote la gran cosa, defensora de los mestizos, creyendo que eres la mejor cazadora del norte. Pero en el fondo, siempre vas a ser una mujer patética que perdió todo por su propio orgullo. —le murmuró en el oído. —Hasta nunca.

Roxandra sintió un dolor punzante en su estómago. Sus brazos temblaban como dos hojas a merced de la tempestad. Contempló el rostro de Andrei. Por primera vez en todos esos años, no lo reconocía. Su fría mirada, su soberbia sonrisa. Nada era como él. Bajó la vista hacia su cuerpo. El cuchillo estaba introducido completamente en su abdomen. Cuando intentó dar un paso hacia atrás, Andrei lo incrustó aún más. La sangre comenzó a brotar de su herida, ensuciando su camisa y pantalones. Gruesas gotas cayeron sobre el suelo de grava.

Andrei removió el cuchillo con violencia, aprovechando para cortar otras partes de su vientre. Las piernas de Roxandra se sacudieron. Serafina soltó un gruñido que cortó el silencio del ambiente.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó Velkan al ver el cuchillo ensangrentado y el cuerpo de Roxandra tambaleándose hacia atrás.




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