El rostro de Stan apareció en sus sueños. Su pequeño hermano se encontraba en el bosque y él lo perseguía. Al principio, Stan reía. Miraba hacia atrás mientras soltaba sonoras carcajadas. Se dispersaba entre los árboles intentando escapar. De vez en cuando, Anton lo perdía de vista, Stan se asomaba de su escondite y volvía a correr. Pero pronto dejó de ser un simple juego. La respiración de Stan se volvió más rápida y ya no volteaba a verlo. Su hermano corría con desesperación, soltando pequeños sollozos y desgarradores gritos. Y él comenzaba a sentir esa ansiedad que crecía en su pecho, esa necesidad de apresurar el paso, de atacar.
—Anton.
Abrió los ojos con confusión. Sintiendo una gota de sudor deslizándose por su frente. Las hojas se mecían de un lado a otro. Débiles rayos de sol se colaban por el banco de niebla. Anton contempló la copa de los árboles, oscuras por la falta de luz. Su cuerpo estaba desparramado sobre el húmedo césped. Irina se encontraba de pie delante de él, con los brazos cruzados a la altura del pecho y el ceño fruncido. Pero su mirada no reflejaba enojo o frustración, más bien preocupación.
—Deberías dejar de dormir en el bosque. —gruñó. —Y regresar a tu habitación.
Anton se enderezó y con la manga de su camisa se quitó la transpiración del rostro. Tenía una extraña sensación en el pecho, como si algo estuviera a punto de explotar. Se puso de pie con dificultad, intentando quitar de su mente el rostro de su hermano.
—Estoy bien aquí. —susurró.
Irina le examinó el rostro con desconfianza y luego soltó un suspiro. Dejó caer los brazos al costado de su cuerpo y jugueteó con sus dedos.
—Franc te está buscando. —dijo y la expresión en su rostro se ensombreció. —De hecho, quiere hablar con toda la familia.
Anton la contempló fijamente por largos segundos hasta que Irina alzó los hombros con indiferencia. Comenzaron a caminar en dirección a la pequeña aldea. El silencio era abrumador. Subir por aquellos peldaños mientras las cabañas estaban atrincheradas le parecía paradójico. Los humanos se resguardaban de la noche mientras que los vampiros escapaban del día. Los dhampiros, en cambio, se encontraban en un limbo. Ellos no tenían que escapar de los rayos del sol. Tampoco necesitaban esconderse de la luna. Algunos lo considerarían una bendición. Pero Anton sabía que se trataba de una maldición.
La mansión de los Balan también estaba tranquila; las gruesas cortinas estaban cerradas y mantenían los pasillos y habitaciones a oscuras. Las tenues luces de los candelabros apenas iluminaban el camino. Pero Anton ya conocía esos pasillos de memoria. Había pasado días anteriores vagueando por ellos, sin rumbo, sumido en sus pensamientos. Solía pasar por la puerta de la habitación donde Livia se encontraba. Pero nunca ingresaba. Una vez había aferrado el pomo con fuerza; sin embargo, no se atrevió a girarlo.
La familia Balan ya se encontraba en el gran salón cuando ellos ingresaron. Los brillantes ojos de los vampiros se posaron en ellos con fastidio. Franc sonrió.
—Bien. —dijo mientras se giraba en dirección a la hoguera y añadía más leña para avivar el fuego. Luego se volteó hacia su familia y cruzó los brazos detrás de su espalda. —La razón por la que están aquí es porque es hora de ejecutar el último paso del plan.
Anton sintió otra punzada en su pecho. Tragó saliva. Desvió la mirada hacia el resto de los vampiros. Algunos estaban pensativos, expectantes. Otros parecían animados, como si llevaran esperando ese momento por años. Draven dejó escapar una mueca y se pasó la lengua por los labios, ansioso.
—Llegó la hora de tomar Cluj-Napoca.
El corazón de Anton dio un vuelco. Sus oídos comenzaron a zumbar. Escuchó la voz de Franc hablando, pero no alcanzó a entender lo que estaba diciendo. Cluj-Napoca era la guarida de los cazadores, la ciudad más importante del norte, aquella que se encargaba de custodiar las crudas tierras que abrazaban los Cárpatos; hogar de mucha gente que vivía en la ciudad.
—Anton.
La voz de Franc retumbó en sus oídos. Alzó la mirada en su dirección y notó que todos los presentes lo contemplaban fijamente. Intentó tragar saliva, pero su garganta estaba tan seca que le dolió.
—¿Cuento contigo?
Sus labios temblaron levemente. El ceño de Franc comenzó a fruncirse.
—Es imposible. —dijo él y le tembló levemente el párpado. —Cluj-Napoca es el centro del norte… y los cazadores…
—Tranquilo, hijo. —Franc dio un paso adelante. —No somos suicidas, tenemos un plan. —Estiró su brazo y lo apoyó en el hombro de Ezra; Anton ni siquiera lo había visto de pie allí. —Pero necesitamos que tú también cooperes, claro.
Asintió con cierta confusión.
—Necesitamos que los dhampiros cooperen con nosotros. —dio otro paso hacia adelante. —Siempre he considerado a los dhampiros parte de nosotros, los he dejado quedarse en nuestras tierras, protegiéndolos de los cazadores, y es momento que devuelvan el favor. —Sonrió. —¿Crees que puedas convencerlos?
Anton volvió a asentir, sin estar seguro de cómo haría eso. Cuando la familia se dispersó, él abandonó el salón con un sabor amargo en su garganta. Caminó por los silenciosos pasillos de la mansión y salió a la intemperie con la mente nublada. Las palabras de Franc lo habían dejado mudo. Invadir la base de los cazadores sonaba arriesgado. Vasile y sus secuaces eran soberbios y solían ocuparse únicamente de lo que les interesaba. Pero no eran idiotas y eran experimentados cazadores. Irina se acercó a él con el rostro serio. Al intercambiar mirada, le regaló una fría sonrisa.
Caminaron juntos, en silencio. Cada uno sumido en sus pensamientos. Bajaron los gruesos peldaños de piedra hasta llegar a la sección donde solamente los dhampiros vivían. Allí, las casas no estaban atrincheradas para evitar la poca luz solar que ingresaba a través de la niebla. Un grupo de dhampiros se encontraba en las calles, conversando tranquilamente mientras los más pequeños jugaban en un rincón. Cuando sintieron su presencia, los dhampiros dejaron de hablar y comenzaron a alejarse. Los hombres fruncieron el ceño y se dispersaron entre los diminutos pasillos de la aldea. Algunas mujeres tomaron las manos de sus niños e ingresaron en las viviendas aledañas. De pronto, Irina y Anton se encontraron solos.