Cazadores de Vampiros

Capítulo 29

—No sé cómo lo hiciste. —dijo Irina con el ceño en alto.

—Solo les dije la verdad. —murmuró Anton sin mirarla a los ojos.

La noche que Franc Balan había planeado por más de una década por fin había llegado. Los vampiros se apilaban cerca del bosque esperando el momento adecuado para salir de cacería. Los dhampiros, a los que Anton había logrado convencer, se encontraban un tanto alejados, aguardando la señal. El cielo estaba oscuro, la luna había desaparecido completamente y las estrellas apenas lograban iluminar el camino. Pero para ellos, deslizarse por el bosque era pan comido. Su vista era mucho mejor que la de un simple humano y se adecuaba a la falta de luz con facilidad.

Franc Balan apareció entre la multitud, con un aire victorioso e indestructible. A su lado, Ezra caminaba con grandeza, alzando el mentón y sonriendo. Anton intentó no contemplar sus blancos ojos; no quería llamar su atención. Detrás de ellos, el resto de la familia los seguía con suficiencia. Pero lo que más le aterró a Anton fue la espesa niebla que se movía con cada paso que daban. Aquella densa nube oscura que avanzaba entre los troncos y se dispersaba creando una capa de tinieblas en el bosque.

—Llegó la hora. —Se oyó la voz de Franc retumbando en el silencio de la noche.

Los vampiros y dhampiros comenzaron a correr hacia el bosque. Anton los siguió de cerca; jamás había visto tantos cazadores nocturnos al mismo tiempo. La sola idea le hizo erizar la piel. Si el objetivo de Franc Balan era conquistar Cluj-Napoca, los cazadores del norte se encontrarían con un objetivo difícil de roer.

A pesar de que los dhampiros no eran tan veloces como los vampiros, se las arreglaron para avanzar en un ritmo constante. Anton, quien iba por la retaguardia por un pedido de Franc, pronto quedó atrás, lejos de la tenebrosa bruma que seguía a Ezra como si se tratase de su sombra. Los cielos, despejados pero oscuros, mostraban cierta calma. La suave brisa mecía las copas de los árboles con una envolvente frescura que indicaba el fin del verano y el comienzo del otoño.

Se dividieron en varios grupos; el plan de Franc era atacar por varios frentes al mismo tiempo, sin darles tiempo a reaccionar. Anton había quedado en la retaguardia, en parte porque no quería ver cómo masacraban a otros cazadores durante la ofensiva. Franc también se lo había pedido, ¿acaso se imaginaba que él se sentiría agobiado por toda esa situación? Quizás creía que no cooperaría lo suficiente o que dudaría en momentos clave.

Anton caminó por el bosque, sin estar seguro del rumbo que debía tomar. Sabía hacia dónde quedaba Cluj-Napoca, pero no estaba seguro de querer llegar a tiempo para la operación. Habían pasado varios días desde la última vez que se había sentido parte de los cazadores, y aun así sentía un fuerte dolor en el pecho al pensar en ese asedio. Escuchó unos gritos provenientes de la oscuridad del bosque y se le erizó la piel. Se intentó convencer de que todo eso era justicia; después de todo, su especie se había visto acorralada por ellos en varias ocasiones. Él mismo había visto el odio en sus ojos; había oído sus discursos. Sabía perfectamente que los suyos no eran bienvenidos en ese mundo. Incluso habiendo gente como Roxandra, como Luca, que habían velado por su seguridad, Anton sabía que la gran mayoría de los cazadores no pensaba como ellos.

Las sombras lo guiaron hasta el pie de un caudaloso río. El agua se dirigía de este a oeste con violencia, como si la propia naturaleza supiera lo que estaba a punto de pasar y quisiera escapar lo antes posible. Anton se detuvo allí, contemplando los rápidos que arrastraban todo lo que caía. Respiró profundamente y cerró los ojos.

Anton abrió los ojos con violencia y alzó la mirada por encima de su hombro. Allí, de pie entre los árboles, había un cazador. Él frunció el ceño y se volteó en esa dirección. Pero al reconocerlo, palideció. Glenn tenía su umbar en su mano derecha y lo contemplaba con el rostro serio. Se acercó dando rápidos pasos y, al reconocerlo, se quedó inmóvil por unos segundos; luego frunció el ceño. Sus ojos se posaron en la camisa de Anton, la cual tenía algunas manchas de sangre seca, y aferró su umbar con más fuerza.

—No puedo creerlo… —susurró. Luego, su rostro se endureció. —Roxandra va a estar muy decepcionada de ti.

Anton apretó los labios con fuerza, luchando por no pensar en sus palabras. Pero ese dolor, punzante y constante, no se detuvo.

—Glenn.

—No. —Lo interrumpió y dio otro paso hacia delante. —Cruzaste una línea, Anton.

Glenn se abalanzó sobre él. Apretó su umbar con ambas manos y utilizó la filosa punta para intentar hacerle un corte. Anton lo esquivó con facilidad. Alzó ambas manos.

—Escúchame, Glenn. —El viento se llevó sus palabras. El agua rugía a su lado.

Anton retrocedió. Un paso. Dos. Sintió la húmeda tierra en su talón.

La estocada fue directa. Anton apenas alcanzó a apartarse; la punta rasgó la camisa y rasguñó su piel. La tibia sangre comenzó a brotar lentamente.

El segundo ataque no le apuntó al brazo. Anton dio un salto. El umbar se clavó en la tierra. Glenn avanzó.

El tercer ataque fue demasiado violento. Anton comprendió por qué Glenn era tan respetado en el norte; tenía una fuerza descomunal. En lugar de volver a retroceder, Anton avanzó. El filo rozó su costado. Sujetó el umbar con ambas manos y tiró para sí.

Glenn se resistió. Forcejearon.

Anton fue sacudido con violencia. Aferró sus uñas a la fría piedra. Sabía que no había manera de ganarle en un combate limpio, a menos que actuara como un depredador.

Los ojos inyectados de Glenn se posaron en él con desagrado.

—¡Suéltala! —exclamó.

—¡No, tienes que escucharme! —el río seguía gruñendo con fuerza.

Glenn comenzó a presionar con más fuerza. Anton giró su cuerpo y lo empujó con el hombro. El húmedo barro hizo que perdiera el equilibrio. Glenn estuvo a punto de caer al agua. Pero Anton aferró el umbar y lo mantuvo suspendido en el aire. Los pies de Glenn apoyados en la tierra y sus piernas intentando sostener todo el peso de su cuerpo.




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