Livia llevaba días sin ver a Anton, días en los que apenas había dormido, días en los que había pasado horas esperando su regreso con el cuchillo aferrado contra su pecho. Al principio, había creído lo peor. Su mente la había convencido de que algo malo le había sucedido, y Livia había pasado toda la noche llorando, escondida debajo de la gruesa manta a pesar de casi no poder respirar, aferrando el cuchillo con tanta fuerza que le dolían las manos. Pero una tarde, cuando abrió la cortina para dejar entrar los débiles rayos de sol, lo vio caminando por los delegados caminos de piedra junto con un reducido grupo de bestias. En ese momento su pecho se descomprimió. Sintió alivio mezclado con preocupación. Sus piernas flaquearon y tuvo que sentarse en el suelo; la poca luz que ingresaba por la ventana dibujaba su sombra en la pared. ¿Por qué Anton no había regresado? ¿Acaso ya no le interesaba salir de allí? ¿O quizás estaba buscando la manera de sacarla de aquella prisión sin que el resto de los vampiros se dieran cuenta? Pasó largas horas allí, debatiéndose si debía estar preocupada o aliviada, si debía anhelar su regreso o si debía hacer algo para que ese regreso sea pronto.
Pero cuando la noche cayó, Livia se puso de pie. Aferró el cuchillo con fuerza. Estaba decidida a encontrar a Anton, incluso si eso significaba abandonar la seguridad de aquella habitación. Había pasado varios días intentando resignarse, esperando pacientemente que Anton regresara, que la sacara de allí. Pero él no había vuelto. Y eso solo podía significar una cosa: Anton no podía regresar. Livia no tenía opción. Si quería salir de allí, debería hacerlo por sus propios medios.
Caminó hacia la puerta y aferró el pomo de bronce con fuerza. Sus brazos traicionaban su calma con un leve temblor. Livia respiró profundamente y abrió la puerta con cautela. El hilo de luz que emitían los candelabros del pasillo se filtró por la hendija y la cegó por escasos momentos. Un extraño frío se coló dentro y le erizó la piel. Intentó escuchar, pero aquella mansión estaba sumida en un traicionero silencio que Livia no sabía cómo interpretar. Aun así, tomó coraje y se animó a salir. Su corazón latía con mucha fuerza. La última vez que había visto aquellos pasillos había sido mientras era escoltada a aquella habitación. Livia había estado tan aterrada que su vista se nublaba y su cuerpo se contraía sin control. En ese momento había perdido toda esperanza, había creído que su vida llegaría a su fin. Pero luego había visto a Anton y él le había prometido que todo iría bien, que él la sacaría de allí.
Livia bajó por las escaleras con paso receloso. Moviendo la cabeza de un lado a otro, esperando no encontrarse con ningún vampiro. El cuchillo temblaba en sus manos.
Había esperado a Anton varios días, pero había llegado la hora de que actuara por sí misma. Él no iba a venir a salvarla. Caminó por el largo pasillo en puntillas de pie. Incluso el más mínimo sonido podría alertar a aquellas cosas; lo sabía porque había convivido con una cazadora el tiempo suficiente como para saber evitarlos.
—¿Realmente abandonaste la habitación?
El retumbar de aquella voz la tomó por sorpresa. Livia se giró con brusquedad. Sus manos habían comenzado a sudar frío. Su rostro palideció cuando divisó a una vampiresa de ojos rojos de pie en la gran escalera, su cuerpo recostado sobre la barandilla de madera.
Livia alzó el cuchillo y le apuntó con torpeza.
—¿Crees que vas a hacerme algo con eso? —preguntó Lilith divertida mientras terminaba de bajar la escalera; las yemas de sus dedos pasearon por la suave barandilla de madera. Se giró en su dirección y volvió a clavar sus brillantes ojos en ella. —Créeme, no tienes oportunidad.
Lilith la analizó de arriba a abajo. Livia apenas podía mantenerse en pie; su cuerpo se había entumecido y sentía como si sus piernas pudieran fallarle en cualquier momento.
—¿Dónde está Anton? —dijo con la voz chillona.
—Anton… —susurró pensativa. —Él no está aquí; de hecho, todos los vampiros se han ido a Cluj-Napoca. —Comenzó a caminar hacia ella lentamente. —Salvo algunos rezagados y bueno… —Lilith señaló su embarazado vientre.
—¿Cluj-Napoca? —preguntó Livia y, al ver que la vampiresa no iba a detener su avance, comenzó a dar ligeros pasos hacia atrás. —¿Por qué iba a ir a Cluj-Napoca?
—Porque han ido a tomar la ciudad en nombre de la familia Balan.
No era la primera vez que Livia escuchaba ese título. Había oído historias en la mansión de Marcel, historias que Roxandra solía contar sobre una familia tan poderosa que les había tomado varios años expulsarlas de los Cárpatos.
—Eso es imposible… —susurró casi sin voz. La espalda de Livia chocó contra una pared y su cuerpo se tensó. Estaba acorralada.
—¿Tú crees? —la mujer se pasó la lengua por los labios y sonrió. —Un grupo de vampiros atacando una base de cazadores. —Contempló el techo por unos segundos y luego soltó una carcajada. —Sí, suena como una locura.
Livia desvió la mirada hacia la derecha y luego a la izquierda, buscando una vía de escape. Sostuvo su cuchillo en alto, apuntando al pecho de la mujer aun sabiendo que ella era más veloz, ágil y fuerte. Lilith la volvió a examinar con detenimiento.
—¿Por qué quieres ver a Anton? —preguntó con seriedad. —Él se ha ido con los vampiros, él se ha convertido en uno de nosotros.
—Eso es mentira. —murmuró con la voz firme. —Me niego a creer que Anton es igual a ustedes.
Lilith alzó una ceja y una ligera mueca se dibujó en su mejilla.
—¿Quieres salir de aquí? —preguntó al cabo de unos momentos.
—Es la única manera de encontrarlo.
Lilith tomó un mechón de su cabello y comenzó a enrollarlo en sus dedos con nerviosismo. Alzó la mirada por encima de su hombro, como si esperara que nadie las estuviera viendo.
—De acuerdo. —dijo con resignación. —Voy a sacarte de aquí.
Livia afiló la mirada con desconfianza.