El sol brillaba demasiado esa mañana. El rocío había caído suavemente sobre el césped y había humedecido la hierba. Un delicioso aroma a tierra húmeda impregnó la nariz de Serafina. La noche anterior se habían quedado sin víveres y, a pesar de que Velkan no estaba muy de acuerdo, había accedido a ir a un pequeño pueblo cerca de su refugio en busca de alimento.
Ella sostenía una gran canasta con algo de verduras y pan recién horneado, mientras que él aferraba una caja repleta de hortalizas y frutas. Habían actuado como dos forasteros que estaban de paso, viajeros que solo necesitan recolectar provisiones antes de continuar con su rumbo, para pasar desapercibidos. Después de lo que había pasado con Roxandra, Velkan no confiaba en nadie ni en nada. No quería que los cazadores ubicaran su guardia y tenía miedo de que algún pueblerino lo delatara.
Caminaban con paso lento, pero firme. Intentando abandonar el pueblo antes de que alguien notara su presencia. Pero Serafina no estuvo tranquila hasta que atravesaron las últimas cabañas y comenzaron a alejarse a través del camino de tierra que se adentraba en el bosque. De repente, escuchó el resoplido de unos caballos y, al voltear, divisó una pequeña carreta destartalada arrastrada por dos animales. El pequeño hombre que conducía tiró de las riendas y los animales se detuvieron. Otro hombre bajó de la carreta con paso torpe, ayudándose con las vigas de madera para no caer.
—Velkan. —Susurró sin poder quitar la mirada de aquel extraño.
Velkan tardó unos segundos en voltear; la caja de madera con las provisiones pesaba demasiado. Pero la tímida voz de Serafina lo alertó.
Los hombres hicieron contacto visual. Los caballos relincharon y comenzaron a alejarse, conducidos por su jinete hacia el siguiente pueblo.
—¿Luca? —preguntó Velkan sin terminar de reconocerlo. Se acercó a él con paso lento. —¿Eres tú?
—¡Por fin te encontré! —exclamó casi sin voz.
Estaba demasiado delgado; Luca siempre había sido grande y fornido. Velkan contempló las inmediaciones del pueblo; las miradas curiosas de algunos pueblerinos estaban puestas en ellos. Se acercó a Luca y lo tomó del brazo. Alzó la mirada por sobre su hombro y le pidió ayuda a Serafina.
—Vamos. —le susurró en el oído. —Tenemos que irnos, ahora.
Lo guiaron hasta la guarida, aquel lugar secreto en el bosque donde Velkan llevaba viviendo varias semanas. El sitio exacto estaba perfectamente camuflado entre la naturaleza y solamente aquellos que lo habían visitado varias veces podrían identificar la entrada. Velkan utilizó su delgada espada para forzar la hendidura y, cuando la puerta se abrió, el aroma a humedad los invadió. Luca contempló la oscuridad de aquel pozo con recelo, pero al ver que tanto Serafina como Velkan ingresaban y encendían unos cuantos candelabros, accedió a ingresar.
Serafina tomó una de las manzanas de la caja y rápidamente comenzó a pelar su cáscara; la cortó en varios pedazos pequeños y las colocó en un cuenco de madera. Deslizó el cuenco por la mesa, hasta la mano de Velkan, quien lo colocó delante de Luca. Él parecía estar completamente fuera de sí, contemplando aquel lugar como si se tratara de un sueño. Velkan tomó asiento y apoyó sus codos sobre la mesa de madera.
—¿Luca? —preguntó con la voz suave.
Él pareció salir de sus pensamientos y posó sus brillosos ojos en él.
—Por fin, Velkan, no sabes lo que te he buscado. —Su voz sonaba casi como una súplica. —Roxandra me contó todo lo que pasó aquel día entre Marcel, Razvan y tú.
Velkan tuvo que morderse la lengua con fuerza.
—Y desde entonces —continuó Luca. —Te he estado buscando.
Velkan se revolvió en su asiento. Desvió la mirada hacia Serafina; ella parecía igual de sorprendida, igual de expectante.
—Yo… —Se atrevió a decir; tenía la voz carrasposa. —Escapé a las tierras altas de Escocia, no quería que me encontraran.
Aún recordaba el incesante vaivén del barco mientras cruzaba hacia aquella isla. La niebla los había abrazado durante todo el trayecto y Velkan realmente había creído que el barco se estrellaría con las rocas de la bahía.
—Te busqué, Velkan. —insistió Luca. —Fueron dieciséis años de búsqueda.
Luca empezó a toser sin control; Serafina tomó un vaso y lo sumergió en un barril de agua que habían traído el día anterior del río. Se lo tendió con amabilidad. Luca lo aceptó y lo bebió de un tirón mientras luchaba por contener la picazón de su garganta. Se pasó una mano por sus enredados cabellos y suspiró.
—Luca. Roxandra está muerta. Andrei la asesinó hace unos días. —dijo con la voz más fría de lo que le hubiese gustado. El hombre abrió los ojos con sorpresa y quedó estático. —Sucedió tan rápido que apenas pude reaccionar…
Luca estiró su mano y agarró un trozo de manzana, lo llevó a su boca y comenzó a masticar con la mirada perdida. El jugo chorreó por la comisura de sus labios.
—¿Luca, qué está pasando? —preguntó Velkan luego de intercambiar una mirada con Serafina. —¿Por qué Andrei te encerró? ¿Qué está tramando?
Serafina dio un paso al frente, tomó el vaso y lo volvió a llenar de agua. Se lo tendió a Luca, quien lo aceptó amablemente. Pero esta vez, no bebió. Se pasó la manga de su camisa por la boca y dijo:
—Formaron una alianza con los Balan, van a tomar el norte, pero no sé exactamente por qué.
Los ojos de Velkan se iluminaron.
—¿Entonces los Balan están aquí? —preguntó mientras se ponía de pie.
—Sí, Velkan, han vuelto. —murmuró Luca con el rostro serio. —Escucha, nada bueno puede salir de eso. Teodor también está involucrado, y por lo que me han contado Olga y Alex, él es el dirigente de los cazadores ahora.
Velkan asintió en silencio. Los tres se sumieron en un incómodo silencio. Luca y Velkan apretaron los labios, como quien no quiere decir algo crucial. Y Serafina simplemente se quedó de pie, intentando pasar desapercibida, sin atreverse a cortar la tensión.