Anton caminaba entre la bruma; había sido llamado por Franc de manera urgente. Esperaba que aquel viejo vampiro no saliera con otra loca idea como invadir Bucarest o cualquier otra ciudad del sur. El ataque a Cluj-Napoca ya había sido suficientemente caótico y demandante como para tener que enfrentarse al resto de los cazadores. Anton ya había estado en el sur y sabía que la cantidad de cazadores y su nivel era mucho mayor.
Ingresó en la mansión; sorprendentemente, no se cruzó con ningún dhampiro o vampiro. Un escalofrío recorrió su espalda; sabía que no era una buena señal. Aceleró el paso para llegar a la pequeña capilla donde solían reunirse los vampiros de alto rango; Franc tenía esa mórbida idea de hacer la iglesia su nuevo refugio, quizás en modo de burla o quizás porque aquel espacio era lo suficientemente grande para albergar a todos allí.
Las velas apenas alcanzaban para iluminar los rostros de los vampiros. Pero el ambiente estaba caldeado y las frías miradas estaban puestas en él con recelo. Anton paseó los ojos por cada uno de ellos sin saber qué esperar. El olor a sangre que había sentido luego del ataque se había esfumado. Sin embargo, las manchas de sangre seca del Vasile todavía seguían impregnadas en la fría roca, como un truculento recordatorio de su espantosa muerte.
Anton avanzó con timidez hasta Franc. El viejo vampiro lo contemplaba con el cabello peinado hacia atrás y su oscuro traje impoluto. Franc le regaló una fría sonrisa.
—Anton. —dijo con la voz firme como una roca.
Él tragó saliva, sin estar seguro de qué le diría.
—¿Cuán leal eres a esta familia? —preguntó y alzó una ceja.
El rostro de Anton palideció. Había estado apoyando los ataques de Franc Balan; había convencido al resto de dhampiros de ayudarlo con el ataque a Cluj-Napoca; y hasta él mismo había participado. Sin embargo, no estaba seguro de si lealtad era la palabra adecuada para usar. Desvió la mirada hacia el resto de la familia, quienes lo contemplaban con el rostro serio y los labios fruncidos.
Anton tragó saliva y el sonido retumbó en toda la iglesia.
—Yo… —dijo y le tembló la voz.
Franc frunció el ceño y dio un paso hacia adelante. Anton tuvo el instinto de retroceder, pero se mantuvo firme. El vampiro colocó una mano sobre su hombro y apretó con fuerza.
—Anton, voy a darte la oportunidad de probarme que eres parte de esta familia. —Su voz era asquerosamente suave. —Si logras pasar esta prueba, serás recibido definitivamente en la familia.
Lo contempló por el rabillo de sus ojos, sintiendo una gota de sudor cayendo por su espalda. Asintió en silencio, sabiendo que la mirada de toda la familia estaba puesta en él.
—Tu querida amiga. —Murmuró él con una voz áspera.
El corazón de Anton dio un vuelco. Contempló a Franc por el rabillo de su ojo, sin atreverse a hacer contacto visual. Podía sentir un extraño zumbido en su oído que presionaba su sien con fuerza.
—Ha pensado que era una buena idea escaparse.
Anton sintió un hormigueo en sus labios. El rostro de Livia apareció en su mente; hacía días que no la veía y le costaba creer que ella se hubiese animado a abandonar aquella habitación.
—¿Sabes lo que significa, verdad? —Franc apretó su hombro con más fuerza. Anton volvió a tragar saliva, pero su garganta estaba tan seca que estuvo a punto de ahogarse. —Esta será tu prueba final. —murmuró tan cerca de su oído que Anton sintió náuseas. —Una vez que completes esta misión, serás bienvenido en la familia definitivamente.
A pesar de que su cuello estaba duro, logró encontrar las fuerzas para asentir. Franc le regaló una sonrisa aprobatoria y luego se giró en dirección al resto de los vampiros.
—Draven irá contigo. —El hombre estiró su mano y señaló al más joven de la familia. —Se asegurará de que cumplas con la misión.
Anton vio reflejada la sed de sangre en su mirada. Draven era un vampiro incontrolable, alguien que se creía invencible y que haría lo que quisiera mientras supiera que tenía el control. Draven se adelantó y abandonó aquel edificio. Anton tuvo que acelerar para poder alcanzarlo. Su corazón latía con tanta fuerza que podía sentir un zumbido en sus oídos. Aquel vampiro, joven e inquieto, mantenía una presencia aterradora. A diferencia de Franc o cualquiera de los otros miembros de la familia, Draven lucía impaciente, ansioso e impulsivo.
El bosque estaba sumergido en aquella extraña y oscura bruma que volvía las casas escalofriantes y distantes. Anton sabía que algunos ciudadanos estaban vivos, refugiados en sus casas y esperando que las campanadas sonaran indicando el final de la noche. Se preguntó qué estarían pensando, tras días sin oír las campanadas. Algunas de las puertas estaban abiertas y la oscuridad se había apoderado del interior de los hogares de aquellos que no habían aguantado el encierro.
Anton intentó alcanzarlo, pero Draven comenzó a acelerar, ansioso. Cluj-Napoca rápidamente desapareció de su visión. Los modernos edificios quedaron atrás, las cabañas se volvieron cada vez más remotas y el espeso bosque los abrazó. La neblina era increíblemente densa y los acompañó durante la mayor parte del camino. Draven caminaba impaciente, pero con un rumbo fijo, como si supiera a dónde iba. Anton lo seguía de cerca, sin estar seguro de dónde irían a parar. ¿Acaso los Balan sabían dónde se encontraba Livia? ¿La habrían atrapado? ¿O ejecutarían una cacería? Tragó saliva. De solamente pensar en Livia, sentía una extraña sensación en el pecho, aterrado por la idea de que ella estaba sola en el bosque. Gruesas gotas de transpiración comenzaron a caer por su espalda. ¿Qué haría cuando encontraran a Livia? Alcanzó a Draven cuando la neblina comenzaba a disiparse y la luz solar empezaba a penetrar las frondosas copas de los árboles. Él desvió la mirada en su dirección, pero Draven tenía los ojos fijos en el frente. Caminaba con el ceño fruncido y una perturbadora sonrisa que le dio escalofríos.