Cazadores de Vampiros

Capítulo 34

PARTE IV

Anton contempló a Luca con los ojos abiertos y los labios fruncidos. La última vez que lo había visto, Luca había abandonado la casa para dirigirse a Bucarest con la excusa de una convención médica. Mircea y Stan todavía estaban vivos y la vida de Anton era totalmente diferente. Su padre había cambiado mucho. Siempre había sido un hombre alto, fornido. Pero estaba extremadamente delgado, como si hubiese pasado varios días en ayunas. Su cabello, su piel, su mirada, todo lucía más viejo, como desgastado, como si hubiesen pasado varios años; como si Luca hubiese estado desaparecido décadas. De hecho, lo había reconocido por el aroma. Luca también estaba sorprendido de verlo. Sus ojos parpadearon varias veces y una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Las lágrimas brotaron de los ojos de Anton. La sorpresa inicial se suavizó en su mirada y los brazos rodearon la espalda de Luca con fuerza, aferrándose a él como si temiera que volviera a desaparecer. Hundió su rostro en el pecho de Luca para evitar el sollozo. Luca sintió una mezcla de alivio y nostalgia en la garganta y entrelazó sus brazos en el cuello del joven.

—Me alegro de que estés bien. —Murmuró mientras apoyaba la barbilla en su cabello.

—Lo siento… no pude… Stan, Mircea… ellos… —dijo entre sollozos y pequeños hipos que interrumpían su voz. —Te juro que intenté… salvarlos…

—Lo sé, hijo, lo sé.

Luca comenzó a acariciar sus cabellos con cariño. Solo habían pasado unas semanas desde la última vez que lo había visto, pero Anton había crecido demasiado. Luca tenía la sensación de que hacía años que no lo veía. Su cabello estaba más largo, más enmarañado. Su cuerpo más macizo, como si hubiese estado entrenando duramente. Cuando Anton se separó de él, notó unas marcadas ojeras alrededor de sus ojos. Su expresión ya no era la de un niño, sino la de un hombre que había visto el infierno con sus propios ojos. Notó la sangre en su hombro y frunció el ceño.

—¿Qué sucedió? —preguntó mientras tomaba la camisa y la hacía a un lado para contemplar la herida.

Anton tragó saliva. Se pasó la mano por el rostro para quitarse las lágrimas acumuladas en la comisura de sus labios. Livia dio un paso adelante y contempló la herida con preocupación.

—Un vampiro me atacó en el bosque. —dijo, y se apresuró a añadir. —Si no fuera por él, estaría muerta.

—¿Un vampiro? —Luca desvió la mirada hacia la joven, luego volvió a contemplar a Anton. —No es una herida normal.

—Un Balan —alcanzó a decir él con la voz temblorosa. —Draven Balan.

La sorpresa se reflejó en el rostro de Luca.

—Vamos adentro, tengo que curar esa herida lo antes posible. —murmuró mientras tomaba a Anton del hombro sano.

Pero él se echó hacia atrás con brusquedad y obligó a Luca a soltarlo. Su padre lo contempló con el ceño fruncido.

—¿Anton? ¿Qué sucede?

—Yo…

Anton sintió una extraña presión en el pecho. Ni siquiera pudo verlo a los ojos, bajó su mirada al suelo y apretó los labios con fuerza. Todavía sentía el metálico sabor en lo más profundo de su paladar; escuchaba los gritos y las plegarias; sentía la sangre brotar e ingresar en su boca. Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que forzarse a tragar.

—Hice cosas muy malas… —susurró.

Pero la mirada de Luca no se endureció. Simplemente respiró hondo y se pasó la lengua por los labios. Estiró su brazo y acarició el hombro de Anton con suavidad.

—Vamos adentro, tengo que curarte esa herida.

Anton alzó la mirada y lo contempló con sorpresa. Luca le regaló una pequeña sonrisa. Cuando ingresaron en la cabaña, sintió una intensa punzada en su pecho. La última vez que había estado allí, la casa donde había crecido lucía truculenta y vacía. En ella podía ver el horrible ataque una y otra vez. Pero ahora las velas estaban encendidas, iluminando la cocina y el comedor donde solía cenar con sus padres y su hermano. El olor a comida tibia le trajo agradables recuerdos. Si se esforzaba, podía escuchar la dulce voz de Mircea llamándolos para la cena y las carcajadas de Stan cuando hacían una carrera desde el pueblo. Anton era mucho más veloz que él, pero aun así lo dejaba ganar. Volvió a sentir el nudo en la garganta.

Serafina estaba sentada en la mesa. Al ver a Anton, se puso de pie y estuvo a punto de tirar la silla.

—¡Anton! —exclamó—¡Volviste! —Sus ojos se posaron en su herida. —¡¿Estás bien?!

Pero él no pudo responder. La mano de Luca, fuerte y firme, lo guio hasta una de las sillas, aquella que él solía ocupar cuando los cuatro vivían allí, y lo obligó a sentarse. Tomó un botiquín de madera compacto y comenzó a buscar entre sus herramientas de trabajo.

Serafina se arrimó con emoción y contempló la herida con el ceño fruncido.

—Eso debe doler… —susurró.

Anton no sentía nada. Todavía no podía creer que Luca estuviera allí. Por unos momentos creyó que se trataba de un sueño, uno muy real. Sintió un extraño ardor y soltó un quejido. Luca apoyó un algodón con una solución que desinfectaba la herida.

—Quieto. —dijo con la voz firme como un padre que sabía cómo controlar a sus hijos.

Anton extendió la mano y atrapó la de su padre, alejándola suavemente de la herida.

—Papá… —Su labio tembló levemente. —Tengo que hablar contigo…

Luca frunció el ceño y continuó limpiando la herida.

—Yo también tengo que hablar contigo. —Masticó sus palabras sin quitar la mirada de su trabajo.

El hombro de Anton estaba destrozado. El nivel de destrucción de los Balan era evidente. Pero el poder de curación de los dhampiros era mucho más eficiente que el de los humanos, y Luca ya podía ver cómo el tejido comenzaba a regenerarse. Si él hubiese recibido ese ataque, hubiese perdido toda la articulación de su hombro.

De repente, la puerta se abrió y la cálida brisa golpeó el rostro de todos los presentes. Anton desvió la mirada hacia la entrada y, al ver a Glenn, se puso de pie. Luca soltó una maldición cuando su algodón cayó al suelo.




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