Cazadores de Vampiros

Capítulo 35

La persiana de su habitación estaba cerrada. Una pequeña vela luchaba por iluminar las frías paredes. El olor a humedad era abrumador. Pero aun así, Anton se sentía en casa. Sentado sobre la cama de su antigua habitación, sostenía la vieja libreta que solía utilizar Stan para anotar todos los detalles sobre los vampiros. El cuero de la portada estaba agrietado. Al abrirlo, divisó unas manchas de sangre en el extremo inferior. Lo había encontrado bajo la cama. Estaba seguro de que su hermano lo tenía en sus manos cuando fue atacado. Paseó la yema de los dedos sobre las oscuras páginas, donde Stan solía dibujar y escribir acerca de los vampiros: historias, teorías, descripciones. Anton paseó las páginas hasta la última entrada, aquella que había anotado luego de que ambos escucharan un vampiro fuera de su casa. Tragó saliva. La caligrafía de su hermano no era perfecta, pero tenía facilidad por las palabras y había anotado qué había oído, qué había sentido y sus teorías sobre aquella bestia. Anton sintió la congoja trepar por su garganta, pero no tenía fuerzas para llorar.

El suave rechinido de la puerta lo sacó de sus pensamientos. Livia caminó en silencio y se sentó a su lado, hundiendo el colchón de paja bajo su peso. Su cálida mano se posó en la de Anton con su característica delicadeza. Él simplemente cerró el libro y frunció los labios con fuerza.

—Gracias por salvarme. —Susurró y dejó escapar una tímida mueca.

—Yo no te salvé. —Gruñó y la obligó a soltarlo.

Anton se puso de pie con brusquedad. El fuego de la mecha estuvo a punto de apagarse.

—¡Claro que me salvaste!

Livia también se puso de pie y esta vez la vela se apagó. Anton cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza. La oscuridad, a la que había temido por mucho tiempo, se había convertido en su terrorífica compañera; una que revelaba sus demonios más espantosos. Sintió el tibio aliento de Livia en su mentón y tuvo que clavarse las uñas en sus propias manos.

—Si no hubieras estado en el bosque en ese momento, no estaría aquí.

Percibió el roce de su cuerpo. Instintivamente, la empujó con ambas manos.

—Livia. —dijo con la voz fría.

Anton abrió los ojos. Estos se acostumbraron a la negrura a una velocidad increíble.

—La razón por la que no volví a visitarte en la mansión. —Se llevó una mano a la garganta y rascó su piel con extrema fuerza. —Es porque no quería atacarte.

La incomodidad se reflejó en su mirada. Pero Livia no le quitó los ojos de encima, incluso aunque no lo pudiera ver.

—Lo sé. —Susurró. —Pero aun así, lograste dominar esa oscuridad, ¿verdad?

Anton frunció el ceño.

—Podrías atacarme ahora y no lo estás haciendo.

—¿Y cómo estás tan segura de eso?

Livia apoyó la palma de su mano en el pecho de Anton. Su corazón latía con fuerza; podía sentir el zumbido incluso en sus oídos.

—Simplemente lo sé.

Un extraño calor se extendió por todo su cuerpo. ¿Cómo podía estar tan segura de eso? Livia creía conocerlo, pero no había visto su tiniebla interior. Ella no había visto cómo atacaba personas, humanos igual de indefensos que ella. Ella no había escuchado sus gritos; sus plegarias. No había visto los rostros desencajados; los ojos llenos de lágrimas; sus expresiones de terror. Ella no sabía lo que era sentir esa horrible necesidad de beber sangre; esa sensación similar a la sed extrema, una donde cualquier ser daría lo que fuera por una mísera gota de agua.

Livia apoyó algo frío en sus manos. Anton frunció el ceño y bajó la mirada. Era el cuchillo.

—Confío en ti, Anton.

Reprimió las ganas que tenía de llorar. Quería volver a ser un niño, siendo arropado por Mircea mientras le decía que todo iría bien. En cambio, Anton aferró el cuchillo con fuerza. La contempló a los ojos por unos segundos. Estiró su mano; quería acariciar su mejilla, su suave piel. Pero en su lugar, la tomó del hombro y la hizo a un lado.

Abandonó la habitación. En la cocina, posó su firme mirada en Velkan.

—Vamos.

La brisa mecía las hojas de los árboles con suavidad. La neblina que cubría la ciudad de Cluj-Napoca se filtraba entre sus ramas, generando figuras borrosas que parecían moverse por sí solas. Anton caminaba con la espalda erguida y el rostro serio. La herida que Draven Balan le había hecho en el hombro había sanado considerablemente, pero todavía podía sentir cómo la carne le latía. A su lado, Velkan caminaba alerta, atento a cada sonido. Aquel territorio era peligroso y ambos sabían que un solo error les costaría la vida.

De repente, el hombre se detuvo y contempló la espesura de la niebla. A unos metros de ellos, la visión se tornaba demasiado limitada.

—No puedo ir más lejos. —Susurró. —Sería demasiado peligroso.

Anton contempló la bruma y sintió un ligero cosquilleo en su vientre. Adentrarse solo en aquella oscuridad era algo que no quería hacer. Pero sabía que no tenía otra opción. Respiró hondo y se giró en dirección a Velkan.

—Vas a estar bien. —dijo él al divisarlo nervioso.

Velkan estiró su mano y apretó el hombro sano de Anton con suavidad. Pero Anton no solo estaba preocupado por lo que Franc Balan le haría cuando se enterara de lo de Draven; también tenía miedo de lo que pasaría cuando regresara a ese entorno. ¿Volvería a perder la cabeza?

—Anton.

Él alzó la mirada con amargura.

—¿Por qué mataste a Marcel y Razvan?

La expresión de Velkan vaciló por un instante. Entreabrió los labios, luego los cerró con fuerza. Parpadeó varias veces y ladeó la cabeza, sorprendido. Lentamente, soltó el hombro de Anton y retrocedió unos pasos.

—Yo no maté a Razvan. —Su voz volvió a sonar apagada, como cuando lo conoció.

Anton clavó sus ojos en él, con firmeza. Velkan intentó desviar la mirada, pero sabía que no podía escapar. Se pasó la lengua por su labio inferior y luego lo mordió con suavidad. Respiró con una extraña tranquilidad, como si llevara preparando aquel discurso por años.




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