Las oscuras nubes habían cubierto la ciudad. El viento sacudía las persianas de aquellos que habían olvidado cerrarlas y volaba los sombreros de los caballeros que paseaban por las ostentosas calles de Bucarest. La humedad en el aire era asfixiante, pegajosa e incómoda. Contra todo pronóstico, apenas habían caído unas pocas gotas. Una lluvia delgada, pero molesta, de aquellas que no te dejan ver con claridad.
Cuando Olga ingresó en la base central, sus botas dejaron manchas de lodo sobre los elegantes suelos de mármol. Algunos cazadores posaron sus miradas en ella; otros simplemente ignoraron su presencia. Subió los peldaños de las grandes escaleras con paso firme, intentando no llamar la atención. Los grandes candelabros sostenían las gruesas velas que iluminaban el camino con su tenue luz. Sus pasos retumbaban en la tranquilidad del recinto. El velorio de Dimitri había dejado un ambiente tenso y triste, donde la mayoría de los cazadores, quienes sabían que la transición iba a ser larga y complicada, optaban por pasar sus días fuera de aquellas instalaciones.
A pesar de que su corazón latía con mucha fuerza y sus manos habían comenzado a sudar, Olga continuó con paso firme. Se detuvo delante de la oficina de Teodor y respiró hondo antes de tocar la puerta. Podía escuchar un incómodo zumbido en sus oídos. La entrada se abrió unos segundos después con un lento crujido que le erizó la piel. Al verla, Teodor frunció el ceño. Lucía más avejentado que antes de las elecciones.
—Tenemos que hablar.
Olga ni siquiera le dejó replicar; con su hombro, lo empujó hacia dentro e ingresó en aquella oficina. Contempló el asiento que Dimitri había ocupado pocos días atrás y reprimió las ganas que tenía de gritar.
—Olga, no tengo tiempo para esto. —dijo él con frustración.
Ella cerró los ojos con fuerza y se volteó en su dirección.
—Realmente me sorprendió saber que un cazador como tú se aliara con los Balan.
Teodor parpadeó rápidamente, a punto de perder la compostura. Pero la recuperó rápidamente.
—Me tomé unos días para investigar en profundidad porque no quería creerlo. —Añadió ella en un susurro. —Pero he venido hasta aquí para ejecutarte, por traicionar a la humanidad.
Olga tomó su umbar y lo blandió con agilidad. Su rostro estaba serio, pero podía sentir una gota de sudor resbalando por su espalda.
Teodor la contempló con una extraña tranquilidad. Cerró la puerta con calma y giró la llave dos veces.
—Olga. —dijo luego de soltar un suspiro. Aferró la llave de bronce y la guardó en el bolsillo de su pantalón. —Siempre metiéndote donde nadie te llama.
Ella lo apuntó con el filo y frunció el ceño.
—Quiero saber por qué. —Dio un paso hacia adelante.
Teodor puso los ojos en blanco y avanzó hacia ella con extremada confianza. Pasó a su lado y rodeó el escritorio de madera que sostenía un lapicero de bronce y un tintero de plata. Paseó sus dedos por la suave superficie. Tomó un portavasos de cerámica y lo apretó con tanta fuerza que lo destrozó. Uno de los pedazos se clavó en su mano y esta comenzó a sangrar. La gruesa gota se deslizó por su brazo y cayó sobre el escritorio.
Olga lo contempló con los labios fruncidos. Su mano se aferraba al umbar con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos y sus dedos comenzaron a hormiguear.
—Teodor.
Él volvió a suspirar. Apretó ambas manos en dos puños y golpeó el escritorio con tanta fuerza que la madera se resquebrajó. Olga dio un paso atrás, instintivamente.
—¡Dimitri nos hundió en la miseria! —exclamó con la voz carrasposa. —¡Cada vez hay menos vampiros!
Olga frunció el ceño.
—¿Y por qué eso sería malo? —preguntó con la voz gélida.
Teodor alzó la mirada y clavó sus penetrantes ojos en ella. Era la primera vez que lo veía tan enojado.
—Sin vampiros, no hay cazadores y, sin cazadores, este castillo de naipes se desmorona.
—No hacemos esto por los lujos, Teodor, lo hacemos para preservar a nuestra gente.
Teodor apretó su mandíbula con fuerza. Se volteó hacia la ventana y aferró la gruesa cortina. Tiró de ella bruscamente y la débil claridad del cielo iluminó su rostro. Contempló la ciudad desde su ventana, todavía frunciendo el ceño.
—Bucarest, la ciudad que ha logrado dominar las noches. Todo esto fue gracias al sacrificio de miles de cazadores que han luchado para mantener esta ciudad limpia. Gracias a nosotros, hombres y mujeres pueden disfrutar de una noche en el teatro, de una salida a algún bar o restaurante. —Se giró hacia Olga y la contempló con el rostro sereno. —Sin cazadores, esa paz se esfumará. Si los vampiros toman el norte, tendremos más cazadores disponibles para proteger lo que realmente importe.
Olga comenzó a sentir un extraño calor en su pecho, como si algo dentro de ella se encendiera. Había estado esperando que Teodor negara todo, que inventara alguna excusa. Y quizás ella hubiese estado dispuesta a creerle. Pero aquellas palabras se clavaron en su piel cual cuchillas.
—Tu solución es sacrificar al norte para mantener la buena vida aquí. —Olga dejó escapar una carcajada. —¿Y qué crees que va a pasar cuando arrasen con el norte?
Los ojos de Teodor se abrieron y una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Para ese entonces tendremos un montón de cazadores para aniquilarlos. Además —agregó antes de que ella pudiera responder. —Luca Druna ha creado una píldora de sangre, Olga, una que pueda neutralizar a los dhampiros. Si tiene suficiente tiempo, podría hacer lo mismo para los vampiros.
El ceño de Olga se arrugó.
—¿Y realmente crees que tomarán una píldora voluntariamente? —Al ver la seriedad en el rostro de Teodor, dejó escapar un bufido. —Estás completamente loco.
—Loco… —Repitió en un murmullo. Pero la determinación en su mirada era inquebrantable. —Dimitri dijo lo mismo cuando le conté de mi plan en el lecho de su muerte.