Serafina caminaba detrás de Lilith, pero había dejado una distancia prudente entre ambas. No confiaba en ella, ni siquiera sabiendo que Velkan las seguía de cerca. La oscuridad del bosque era abrumadora y la neblina que se arremolinaba entre los árboles era sofocante. No era la primera vez que veía aquel hechizo, pero sí era la primera vez que se enfrentaría a Ezra sola.
La ladera de la montaña por la que subían no se encontraba tan lejos de Cluj-Napoca, algo que Serafina sospechaba desde hacía varios días. El poder de Ezra no era infinito y la única manera de cubrir un territorio tan extenso era encontrándose en altura, no demasiado lejos del perímetro. Ezra había perdido mucho poder desde que lo habían expulsado del Nuevo Mundo, lo que lo obligaba a utilizar sus recursos inteligentemente.
Cuando Lilith se detuvo, ella la contempló con el ceño fruncido. La vampiresa se volteó y clavó sus ojos carmesí en ella. Pero apenas podía ver la expresión en su rostro. La oscuridad era aterradora. Lilith se hizo a un lado y le señaló el camino con sus largas garras. Serafina titubeó, pero sabía que nadie más podría acompañarla esta vez. Respiró profundamente y avanzó en silencio. Los árboles se volvían cada vez más escasos y el suelo rocoso le impedía avanzar con velocidad. Cuando pasó junto a Lilith, ni siquiera se volteó a verla. Tenía miedo de arrepentirse, de que el temor la obligara a retractarse. Recordó el rostro de Abby y apretó las manos en dos puños. También pensó en Anton, en cómo había tocado fondo y aun así había decidido seguir luchando, continuar con su objetivo final.
A pesar de encontrarse en la cima de la montaña, la niebla seguía siendo densa y sofocante, como si tuviera voluntad propia. Pero no había tiempo para dejarse inquietar por ello; Ezra estaba cerca, demasiado cerca.
Serafina se detuvo cuando distinguió su figura en la bruma. Era la primera vez que lo veía en cincuenta años. Ezra estaba de pie sobre una roca, contemplándola con una extraña mueca en su rostro. Su mano izquierda sostenía un largo bastón de metal que emanaba un ligero brillo grisáceo desde su extremo superior.
—¿Realmente crees que una cambiante puede derrotarme, Helena? —preguntó con sarcasmo.
Sus ojos, blancos como la misma luna, se posaron en ella. Ezra dio un salto hacia adelante y comenzó a caminar en su dirección.
—Ya no soy solo una cambiante, padre.
Serafina se agachó y apoyó ambas manos sobre el frío suelo. Unas delgadas líneas esmeraldas se extendieron desde sus dedos, formando un perfecto cuadrado a su alrededor. Una fuerte brisa comenzó a soplar y la niebla retrocedió varios metros.
Serafina aferró la tierra con fuerza y esta tembló bajo su cuerpo. Cuando ella comenzó a tirar con todas sus fuerzas, Ezra frunció el ceño. El suelo se resquebrajó. Una hoja negra emergió lentamente de la montaña, cubierta de raíces y tierra húmeda.
La sonrisa desapareció del rostro de Ezra. Conocía perfectamente esa espada. La pesadilla de todo brujo: la horca.
Serafina aferró el mango de la espada y la arrancó de la tierra con un movimiento brusco. El filo del arma emitió un ligero brillo. Cuando la brisa cesó, la bruma volvió a arremolinarse a su alrededor. Serafina contempló a Ezra con el rostro serio. Sus brazos luchaban por mantener el peso de aquella espada.
—¿Realmente vas a luchar con ese artilugio? —preguntó él; se pasó la lengua por los labios. Una extraña sonrisa se dibujó en su rostro. —Sabes que te va a matar, ¿verdad?
Pero Serafina no respondió, simplemente blandió la espada con la dificultad de alguien que jamás ha empuñado un arma como esa.
Ezra dejó escapar una carcajada.
—Ni siquiera sabes sostenerla.
Pero antes de que Serafina pudiera responder, él golpeó su bastón contra el suelo. La niebla explotó a su alrededor.
Serafina retrocedió un paso. Ya no podía ver; la densidad era tal que hasta podía sentir cómo la humedad se colaba en sus pulmones. Se giró a la derecha, luego a la izquierda, intentando encontrar a Ezra, intentando distinguir un movimiento.
El frío se filtró por su espalda y le caló los huesos. Escuchó pasos a su izquierda. Se giró con brusquedad, pero no vio nada. Luego oyó pasos por la derecha, tampoco nada.
Comenzó a girar en círculos: izquierda, derecha, delante, atrás. Podía escucharlo por todas partes.
—Siempre fuiste una niña impulsiva. —dijo Ezra.
Pero Serafina no sabía de dónde venía su voz.
—Esos cazadores te convencieron de que podías ser uno de ellos, que podías vivir en libertad.
Serafina apretó los dientes. La horca era más pesada de lo que esperaba y sus brazos ya comenzaban a cansarse.
—Y tú les creíste.
Su corazón comenzó a latir demasiado rápido. Sus manos comenzaron a sudar. La espada comenzó a resbalar de sus dedos y tuvo que aferrarla con más fuerza.
Se obligó a respirar hondo. Conocía a su padre, sabía cómo actuaba, sabía cuáles eran sus poderes. Aquello no era real. Serafina clavó la punta de la espada en el suelo. Las líneas esmeraldas volvieron a extenderse en el suelo. Sintió la montaña, cada grieta, cada roca. Y entonces encontró algo, una extraña vibración a pocos metros de ella.
Serafina embistió la oscuridad con brusquedad; la horca atravesó el banco de niebla dejando una estela verde en el ambiente. Ezra apenas tuvo tiempo de levantar su bastón. Las chispas iluminaron el ambiente por escasos segundos. Serafina vio su rostro; ya no sonreía.
—Interesante. —Murmuró él. —Por fin dominas una nueva técnica.
Ezra utilizó su mano libre para arrojar una ola de niebla sobre las piernas de Serafina. La bruma se arremolinó sobre ella con velocidad y, antes de que pudiera reaccionar, se condensó. El hielo se aferró a sus extremidades, atrapándola hasta las rodillas.
—La horca no es un juego, Helena.
La montaña volvió a temblar. Cuatro gruesas raíces emergieron del suelo cual serpientes y rompieron el hielo con facilidad; luego se giraron hacia Ezra y se abalanzaron contra él. Pero un simple movimiento bastó para que la niebla las desintegrara en pequeños fragmentos.