Cazadores de Vampiros

Capítulo 38

Anton se encontraba solo. La oscuridad y la bruma lo abrazaban mientras avanzaba por las desoladas casas de Cluj-Napoca. Los pies le chillaban dentro de sus botas; las piernas apenas sostenían su cuerpo; sus brazos casi no tenían fuerza. Pero se había obligado a seguir avanzando porque necesitaba regresar a la ciudad. Si no lograba convencer a los dhampiros, los esfuerzos que Luca y Glenn estaban haciendo en reclutar cazadores serían en vano.

Avanzó con paso firme, intentando ignorar las señales que su cuerpo estaba dando. Se había ganado el respeto de los dhampiros y estaba seguro de que, si hablaba con las personas correctas, convencería a la gran mayoría de unirse a su causa.

De repente, una pequeña figura se interpuso en su camino.

—¿Irina? —preguntó al reconocer su aroma.

Irina avanzó entre la niebla y dejó ver su rostro. Su ceño estaba fruncido y su mandíbula tensa. Los brazos caían al costado de su cuerpo y las manos estaban cerradas en dos firmes puños.

—Tibor se fue detrás de ti. —su voz sonaba más gélida de lo normal.

—Lo sé… —Alcanzó a susurrar.

Anton alzó la mirada por sobre su hombro, temiendo que algún vampiro los estuviera vigilando.

—Irina.

Intentó acercarse a ella, pero Irina retrocedió con la mirada fija en él. Anton respiró hondo y dejó escapar el aire por su boca.

—Tibor está muerto.

Irina dio otro paso hacia atrás. Esta vez, en su rostro no se veía desprecio. Su mirada reflejaba genuina sorpresa.

—¿Cómo es posible? —murmuró mientras parpadeaba sin control.

Anton desvió la mirada a la oscuridad nuevamente; tenía la horrible sensación de estar siendo acechado.

—Es una larga historia… —bajó aún más la voz e intentó acercarse a ella otra vez, pero Irina volvió a retroceder. —Escucha, tengo que contarte algo…

—¡No! —exclamó mientras volvía a retroceder. —¡Pensé que podía confiar en ti!

Irina apretó los labios con fuerza e intentó tragar la congoja. Anton estiró su brazo, trato de acariciar su hombro. Pero ella comenzó a correr y desapareció en la bruma.

En los pocos días que llevaba viviendo en Cluj-Napoca, se había aprendido las principales calles de memoria. Curiosamente, todas llevaban a la guarida de los cazadores, la mansión que Franc Balan utilizaba para comandar a su ejército de vampiros. Sus pisadas retumbaban en el silencio de la noche eterna mientras intentaba alcanzar la mansión lo antes posible. El corazón de Irina latía muy rápido. Ella había luchado incansablemente para pertenecer a esa familia. Había hecho cosas de las que no estaba orgullosa. Se había mimetizado completamente con los Balan, siempre con la esperanza de que su padre, su abuelo y sus parientes la aceptaran a pesar de ser una mestiza. Del otro lado, siempre había encontrado rechazo. Anton había conseguido todo lo que ella siempre había querido y lo había arrojado a la basura por unos individuos que pronto tomarían la decisión de ejecutarlo. Los gritos de su madre siendo quemada viva todavía la aterrorizaban cuando el sol brillaba demasiado. Ella había visto cómo su cuerpo perdía las fuerzas de mantenerse en pie mientras el resto de los humanos vitoreaba bajo los rayos del sol. El olor a sudor, cenizas y carne quemada todavía la perturbaba. La garganta se le cerró. Ese día había tenido ganas de gritar, pero no había podido. Había escapado entre la multitud mientras sentía la presencia de los cazadores a sus espaldas, acechándola, persiguiéndole, dándole caza.

Comenzó a correr más rápido, temiendo que aquellos fantasmas volvieran a perseguirla. Entre las elegantes casas de la ciudad, la silueta de la mansión apareció. La oscuridad era absoluta, pero había un pequeño farol que iluminaba el interior de una de las habitaciones. Irina sabía que allí era donde se encontraba Franc Balan. Alzó la mirada por encima del hombro, pero no había rastro de Anton. Sin embargo, no aflojó la marcha. Ingresó en la mansión y subió los peldaños a toda velocidad. Si lograba llegar donde estaba Franc y advertirle, quizás se ganaría ese lugar que tanto anhelaba. Incluso si Franc odiaba la impureza de su sangre, estaba convencida de que al menos la aceptaría a cambio de lealtad absoluta.

Cuando llegó al primer piso, avanzó hacia la única habitación de la que escapaba una tenue luz por debajo del marco. Le temblaban los dedos, pero aun así consiguió abrir la hoja de madera. La puerta se abrió con un leve chillido. Franc alzó el ceño fruncido por encima del libro que estaba leyendo. Las cortinas estaban abiertas y la neblina se arremolinaba contra el cristal, desesperada por encontrar una abertura.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo con la voz tan gélida que hasta el fuego de las velas tembló.

—¡Franc! —exclamó, pero no se atrevió a dar un paso hacia adelante. —Anton asesinó a Tibor.

Su ceño se aflojó lentamente. Bajó el libro, lo dejó sobre la mesa con una suavidad escalofriante y se puso de pie.

—¿Y tú, cómo lo sabes?

Franc rodeó el escritorio de madera oscura y comenzó a caminar en dirección a Irina. Ella intentó retroceder, pero sus piernas ya no respondían.

—Él… él… me lo dijo. —susurró.

Franc alzó una ceja. Se encontraba demasiado cerca de ella.

—¿Y lo mataste?

El corazón de Irina comenzó a palpitar con más fuerza. Intentó tragar saliva, pero su garganta estaba arenosa.

—No. Yo… —sus labios estaban tan secos que comenzaron a resquebrajarse. —Vine aquí a informarte. —le tembló levemente la voz.

Franc respiró profunda y sonoramente. Irina apretó los labios y escondió las manos detrás de su cuerpo.

—¿Quieres saber por qué tú nunca serás parte de esta familia?

Irina abrió los ojos. Intentó decir algo, pero nada salió de sus labios.

—Porque eres igual que tu padre. —dijo con la voz gélida. —Hablan demasiado y poco hacen por la familia.

Franc extendió la mano y sujetó el cuello de Irina con fuerza. Ella se aferró a su muñeca y clavó las uñas en su piel.




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