La luna brillaba más que otras noches; iluminaba el bosque hasta en las zonas más profundas. El terreno estaba irregular, consecuencia de la monstruosa batalla que había sucedido momentos antes.
Velkan apretó la empuñadura de su espada y avanzó hasta interponerse entre Andrei y el cuerpo herido de Serafina.
—Tendría que haberte asesinado ese día. —dijo Andrei mientras hacía girar el umbar en su mano, dibujando un círculo plateado a su alrededor—. Debería haberte perseguido hasta el fin del mundo cuando tuve la oportunidad.
Pero Velkan no respondió, se limitó a desenfundar su espada y apuntar a su rostro. El cansancio pesaba en cada músculo; su última pelea con Tibor Balan lo había dejado al borde del colapso y su cuerpo apenas se había recuperado. Pero el rostro sin vida de Roxandra apareció en su mente. Aún podía verla tendiéndole la mano a Andrei un instante antes de que el cuchillo le atravesara el estómago.
El viento dejó de soplar. Ninguno bajó la guardia. Habían pasado años esquivando ese momento, pero desde el primer momento ambos supieron que tarde o temprano terminarían cruzando sus armas.
Sin previo aviso, Andrei clavó un pie en la tierra y se abalanzó hacia delante. El umbar silbó en el aire. No apuntó al pecho. La filosa punta estaba dirigida al cuello.
Velkan giró su cuerpo en el último segundo. El arma arrancó un pedazo de piel y un delgado hilo de sangre se deslizó por su clavícula. Aprovechó el impulso y golpeó el brazo de Andrei con el pomo de su espada.
El impacto le hizo aflojar el agarre por un segundo. Velkan no desaprovechó la oportunidad. Dio un paso al frente y blandió su espada en un movimiento ascendente. Andrei retrocedió apenas lo suficiente para evitar que la espada le abriera el pecho.
—El único cazador que lucha con una espada en lugar de un umbar. —dejó escapar una mueca. —Siempre te creíste la gran cosa.
El umbar volvió a silbar. Descendió desde arriba con la suficiente fuerza como para partir un tronco. Velkan amortiguó el golpe con su espada. El choque de las armas retumbó en todo el bosque. El impacto hizo temblar los brazos de ambos. Clavaron sus botas en la tierra; ninguno quería perder el equilibrio.
—Y realmente crees que por ser el heredero de Umbar… —añadió Andrei entre dientes. —... eres mejor que todos nosotros.
Velkan se inclinó hacia delante y lo empujó con tanta fuerza que lo obligó a retroceder varios pasos. Andrei sonrió y se pasó la mano por la frente para quitarse el sudor.
—¡Ya deja de decir eso! —exclamó Velkan; podía sentir un extraño calor creciendo en su pecho.
Blandió su espada con fuerza, cortando el aire.
—¡Llevas diciendo esa estupidez desde hace veinte años! —su voz retumbó en el bosque.
Andrei sonrió. Velkan arremetió con una sucesión de golpes más violentos. Derecha, izquierda, estocada al pecho. Andrei no respondía, se limitaba a bloquear y desviar el filo con su umbar. El pecho de Velkan subía y bajaba con violencia. Cada ataque hacía arder los músculos que Tibor había llevado al límite días atrás.
Entonces Andrei encontró la abertura que estaba buscando. Giró sobre sí mismo y el extremo del umbar golpeó la muñeca de Velkan con tanta fuerza que estuvo a punto de soltar su espada. Antes de que pudiera reaccionar, Andrei invirtió el agarre y lanzó una estocada al abdomen.
Velkan reaccionó por instinto. Torció el torso hacia un lado. El umbar no alcanzó a perforarle el cuerpo, pero la punta le abrió un profundo corte a lo largo del costado. El dolor le arrancó un gruñido. Retrocedió dos pasos, llevándose una mano a la herida; la sangre empapó la manga de su camisa.
Andrei no le dio tiempo para recomponerse. Giró el umbar entre sus manos y volvió a la carga, obligando a Velkan a retroceder una y otra vez.
—Tú no has vivido lo que nosotros. —dijo con el rostro serio y la mandíbula tensa.
Velkan afiló la mirada.
—¿Crees que por qué no fui mordido…?
—¡Exacto! —lo interrumpió; atacó en el rostro y Velkan tuvo que desviarlo con la hoja de su espada. —¡No tienes idea de lo que costó llegar hasta aquí!
El impacto obligó a Velkan a retroceder unos pasos y Andrei aprovechó para lanzar otra estocada. El umbar chocó contra la espada una vez más.
—Durante años nos dijeron que solo alguien que hubiera sobrevivido a una mordida podría ser un cazador, podía proteger a la humanidad. Que nuestro dolor y sacrificio tenían un propósito.
Su mirada se volvió fría. Una fría brisa recorrió la montaña y levantó una estela de tierra.
—Entonces llegaste tú y demostraste que todo aquello era mentira.
Descargó otro golpe. El chillido retumbó en el silencioso bosque.
—Que cualquiera podía ocupar nuestro lugar.
Otro ataque. Velkan volvió a retroceder.
—Que cualquiera podía llamarse cazador.
Otro más.
—Que todo lo que soportamos… no significó absolutamente nada.
El umbar volvió a lanzarse hacia adelante. Esta vez, Velkan lo esquivó y Andrei tropezó con el terreno sinuoso. Velkan aprovechó la apertura. Su espada descendió en diagonal.
Andrei apenas logró bloquear el golpe. Las armas quedaron trabadas. Estaban tan cerca que podían sentir la respiración del otro en el rostro.
—¿Y eso justifica lo que hiciste?
—Hice lo que era necesario. —dijo entre dientes mientras intentaba ejercer presión para empujarlo.
—¿Asesinar a Roxandra era necesario?
La mandíbula de Andrei se tensó aún más.
—Ella eligió su destino.
—No.
Velkan empujó con todas sus fuerzas y logró separarlo.
—La asesinaste porque estaba cada vez más cerca de encontrar a Luca.
Andrei sonrió con suficiencia.
—Ya era demasiado tarde para él.
Velkan lo contempló con el rostro serio.
—Te equivocas.
El silencio fue abrumador.
—Lo encontramos.
Por primera vez en toda la pelea, Andrei quedó estático.