Cazadores del crepúsculo: Leviatán

Capítulo V - Suburbios

 

–Vamos hombre, no me dejes así… seguro que te puedo dar algo que quieras.

–Deja de ponerte en evidencia, Zarick. Ya has mentido a suficiente gente ésta noche como para crearte más problemas.

 

El noble se levantó, dejando pensativo al bardo, y comenzó a alejarse.

–¿En serio no has oído los rumores, sobre, ya sabes, tu hermana?

Su interlocutor frenó en seco, dándose la vuelta y sacudiendo un puñetazo en la mesa.

 

–¡¿Qué sabes tú de eso, basura del suburbio?!

–Eh, eh, no te pongas así, ya sabes cómo va esto. En este mundo, todos los hogares tienen señores y ratas; tú eres el dueño del castillo, con tu riqueza y poder, y yo soy la rata que sobrevive enterándome de cuál de tus sacos tiene un agujero. De todas formas no te preocupes mucho, no es algo de dominio público. Solo que, evidentemente, soy un informante genial.

 

Zarick se golpeó el ala del sombrero con coquetería. El noble se contuvo para no mandarlo asesinar. Lo necesitaba con vida. Él dividía a las "ratas" de su casa en dos tipos, útiles y basura. El estúpido bardo que tenía delante, por irritante que fuera, entraba en el primer tipo. Y Browën Wenderkarp era alguien que se preciaba de exprimir sus cartas hasta que dejaban de ser útiles, no antes.

 

–¿Qué has averiguado?- empezó a preguntar, pero su interlocutor meneó su índice ante su nariz, de una manera particularmente vulgar y desagradable.

–No, no, no, amigo, esto no funciona así. Ahora que sabemos que tengo algo que quieres le ponemos un precio. ¿Captas?

 

La cara de Browën ardía de furia. Ya no quería ejecutar a la rata delante de él. Quería torturarla hasta que vomitara sus intestinos.

 

–¿Cuánto?

–Hmmm, veamos, la información fue difícil de conseguir, pero tú eres ya un viejo cliente y no quiero exprimirte demasiado. ¿Qué tal cincuenta senkul? Pero que estén bien amarillitos.

–... Por ese precio, más te vale tener algo que valga la pena- contestó, mientras lanzaba un saco bien cargado sobre la mesa.

-Oh, lo tengo, lo tengo. Muy bien, al tajo. Ya sabes que tu hermana fichó un contratito como espía del Gobernador, ¿No? El caso es, y pon bien la oreja, que desde que se firmó dicho contrato hasta que tu hermana salió por primera vez en misión especial, esto es, hace casi nueve días, pasó prácticamente un cuarto de tercio. ¿Un poco raro para alguien de sus capacidades, no te parece? Yyy, aguarda, que viene lo mejor. Sabes, yo soy muy amigo de la jefa de las criadas del Gobernador, somos íntimos, prácticamente uña y carne, sin secreto ninguno. Y en estas, llega un día y me cuenta una historia bien graciosa; estaba ella tendiendo la ropa de su señor y de repente, entre el montón de la ropa interior aparecen unas pequeñas, recatadas, prístinas, bragas blancas… Te puedes imaginar; yo soy un poco tonto, pero mi viejo me enseñó a sumar, y dos y dos son… ¡¿Eh, adónde vas?! ¡Te pierdes la mejor parte!

 

El noble no se dió la vuelta, y salió de la taberna como un huracán, una personificación viviente de la furia de algún viejo dios de temporales y tempestad, que castigaba inmisericorde a los mortales que tuvieran la osadía de aparecer delante de él.

 

El bardo se rascó la cabeza mientras veía la puerta de madera cerrarse con un golpe sordo tras él, encogiéndose de hombros.

 

-Bueno, a mí que más me da. Como decía mi viejo, "Si ya cobraste, el resto a paseo". ¡¡EH, PAISANOS!! ¡ÉSTA INVITO YO!

 

El jocoso ruido que se desató en la taberna en aquel momento era difícil de comparar con nada. Cien trompetas militares tocando fanfarrias de victoria en el desfile de algún emperador de tierras lejanas habrían hecho menos ruido. Pero Browën no se alteró lo más mínimo. O sería más correcto decir, ya estaba demasiado alterado como para prestarle atención a nada más.

 

Atravesando la calle chocando contra todo aquel que no se apartara de su camino lo bastante rápido, abriéndose paso a empellones cual caballo nadando a través de aguas bravas. La furia brillaba en sus ojos, una hoguera de terribles llamas dispuestas a carbonizar a cualquiera que se acercase. Entre dientes, escupía maldiciones que habrían hecho avergonzarse a un veterano marino de Puerto Turquesa. Su velocidad aumentaba a cada paso que daba, y con ella su frustración y su rabia.

 

"No lo voy a permitir. Ella es mía… ella es de mi propiedad y esa bola de grasa con turbante no va a arrebatarme mi propiedad. No al primogénito de los Wenderkarp. No a ."

 

Entra en el angosto callejón. Las paredes se levantan a sus lados, amenazadoras, muros negros de umbra y silencio, pero las ignora. Su vista está fija en la puertecita del final de la calle, que emitía una tenue luz roja, refuljiente en las oscuras paredes como sangre tras la masacre. El emblema de la túnica gris del Encapuchado permanecía colgado en el dintel de la puerta como un eterno centinela, un siervo de la Parca que aún no muestra su guadaña a la desprevenida víctima.

 

"Oh, pero si esa perra quiere jugar con fuego, se puede preparar. Ya lo creo que puede. Porque a esto no va a ganarme jamás. Ni ella, ni la bola de sebo, ni la rata presumida de Zarick, ¡Ni nadie! No, nadie me va a ganar. He tomado todas las precauciones, medido todos los pasos, colocado todas las variables. Y, si algo fallara, los tengo a ellos."

 

Llamó a la puerta una, dos, tres veces. Con fuerza, sin seguir el código que le habían dado. Quería mandar un claro mensaje a aquella gente. No jugaría a su juego; ellos jugarían al suyo. No admitía oposición posible. No admitía fallo alguno. Sus piezas estaban colocadas. Empezaba la partida.




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