Cazadores del crepúsculo: Leviatán

Capítulo XXV - Leviatán

De alguna manera, se las apañó para encontrar una salida entre todos aquellos corredores. Tuvo suerte. En la Balsa, nadie se había planteado hacer los pasillos laberínticos, porque prácticamente ningún enemigo tendría jamás la oportunidad de entrar allí jamás. Corrió por las calles, atestadas de gente que preguntaba cosas a gritos, intentando discernir la causa del terremoto. En algún punto de la ciudad, comenzó a sonar la primera campana. No tardó en seguirla una segunda. Y el mundo tembló de nuevo.

 

Maldijo con fuerza, cosa impropia de él, antes de subirse a un carro para saltar a los tejados y desplazarse libremente, sin tener que esquivar a las aturdidas multitudes de abajo. Piso todos los músculos de su cuerpo a prueba, saltando de azotea en azotea y aferrándose como podía a los balcones cada vez que perdía el equilibrio a causa de la humedad y los temblores.

 

Había recorrido poco más de doscientos pies cuando finalmente lo divisó.

 

Era una aleta dorsal gigantesca, bastante más grande que un barco de guerra. Los tímidos rayos del alba atravesaban la membrana verde claro, creando un leve caleidoscopio que solo era visible por sus excelentes ojos.

 

Frenó en seco. ¿Era eso lo que tenía que enfrentar? Semejante monstruo… Ni siquiera juntando a cincuenta cazadores y otros tantos magos podrías afirmar con seguridad que ganarías. ¿Y tenía que derrotarlo él solo? 

 

Las piernas comenzaron a temblarle, y el arma estuvo a punto de escapársele de la mano. La cicatriz aún le dolía, supurando, dificultándole el agarre. Era sencillamente imposible. Imposible.

 

IMPOSIBLE.

 

En el eco de sus pensamientos, le pareció oír la voz del demonio burlándose de él.

 

«¿Lo ves? Era una misión imposible desde el principio. Debiste hacerme caso y aceptar mi misericordia… Así, al menos tú y los tuyos habríais podido vivi

 

Se le doblaron las rodillas, cayendo al suelo. Se tapó la cara con las manos, completamente superado. No tenía sentido. Había alcanzado su límite. Lo había alcanzado hace mucho; si aún no se había derrumbado, había sido por… ¿Qué? ¿Una terquedad insufrible?

 

Oh, vamos. ¿Terquedad insufrible?  ¿Estás  seguro?

 

—...

 

Recuerda. Recuerda los ánimos de Domos cuando no daba el máximo en el entrenamiento primero y en las misiones después. Recuerda las conversaciones con Bill en el balcón, hasta altas horas de la madrugada. Recuerda la risa de Lydia, que sin importar lo malo que fuera el chiste, siempre estaba presente para hacerlo sentirse realizado.

 

Recuerda por qué ha aguantado tanto tiempo.

 

Y porqué no puede rendirse.

 

Agarrando el arma de nuevo, continúa su camino hacia el muelle; hacia su destino.

 

 

***

 

 

Lydia tosió fuertemente. Veía borroso. Su mano estaba, pegajosa, húmeda. ¿Sangre? ¿Qué había pasado? No…

 

Un temblor.

 

Los ojos de la hechicera se abrieron de golpe. Recordaba estar sentada junto a Raven, manteniendo una… conversación silenciosa…

 

Hubo un temblor, y el techo cayó sobre ellos. El cazador reaccionó justo a tiempo, poniéndola a salvo de los escombros al empujarla con fuerza…

 

Tosió de nuevo. Definitivamente, tosía sangre. Su mirada se posó en su abdomen, donde asomaba un fragmento de mampostería de cerca de medio pie, fuertemente incrustado en su vientre. Maldijo, usando una expresión que le había enseñado Bill. El dolor no disminuyó, pero el gesto la ayudó a centrarse.

 

Intentó ponerse de pie. Lo consiguió al segundo intento, pero apenas se sostenía. Tambaleándose, empezó a recorrer la sala, buscando un sanador o algo similar. En su estado mental actual, su magia era demasiado inestable como para poder usarla sin riesgo. Si lo hacía, era probable que consiguiera extraer el fragmento y detener la hemorragia; y también que se sacara los intestinos.

 

El lugar estaba devastado. La mesa principal, al estar más cerca de la pared de la sala, había sufrido muchos menos impactos que las más cercanas al centro, sepultadas por completo bajo los escombros. Había un gran número de muertos, y de los que no lo estaban, la mayoría habían quedado atrapados bajo las enormes vigas que sostenían la estructura.

 

Nadie prestaba atención a Lydia; un herido que podía caminar por su propio pie era casi invisible en momentos como estos. Ella lo sabía bien, pero aún así siguió buscando con la mirada alguna manera de tratar su herida. De evitar que la vida se le escapara del cuerpo, gota a gota. 

 

Improvisó un torniquete con un gran pedazo de tela, probablemente de algún estandarte decorativo. No era mucho, pero le daba algo de tiempo. Salió de la sala; los gemidos de los moribundos estaban por trastornarla. Siempre se había hecho la fuerte ante este tipo de situaciones: "El mundo es cruel. Ya estoy acostumbrada" solía decir, con un deje de arrogancia en la voz. Eran cosas de trabajo. 

 

Pero lo cierto era que nunca había presenciado nada como aquello. Ni cuándo presenciaba una ejecución pública, ni cuando veía poblados devastados por los ataques de los slakters. Ni siquiera cuando volvía a casa y lo primero que salía a recibirla era el tenue olor a podrido, a muerte, que vagaba perezoso por la atmósfera del lugar. Ver tantas personas mutiladas, heridas, muertas en un mismo sitio… no había nada que pudiera haberla preparado para aquello.

 

Se preguntó si los cazadores estarían acostumbrados a este tipo de cosas. Si les parecería normal, cotidiano.

 

Decidió que no quería saberlo.

 

Vagaba sin rumbo por los pasillos, sujetándose el estandarte sobre el vientre. Estaba dejando de hacer efecto más rápido de lo que había calculado. Pronto sería totalmente inútil… y que los dioses se apiadaran de ella.




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