Cazandote

Capitulo 1

El aire de la ciudad estaba saturado de harina, espuma y el olor penetrante del champán barato. Para cualquier otro, sería un desastre; para ella, era el aroma del triunfo. El título de criminóloga pesaba en sus manos, un pergamino enrollado que representaba noches sin dormir y la promesa silenciosa de que, finalmente, su vida estaba por empezar de verdad.

—¡Esa es mi hija! ¡La mejor de la promoción! —gritó su padre, abrazándola con fuerza mientras su madre le quitaba un poco de papel picado del pelo, con los ojos húmedos de orgullo.

Su primo, Emanuel, se acercó con dos vasos de plástico y esa sonrisa que siempre lograba calmarla.

—Criminóloga... suena importante. Ya me veo sacándote de líos o vos sacándome a mí —rio él, chocando los vasos.

La fiesta de graduación en la plaza central era un caos de gritos y música, pero de repente, el ambiente cambió. Eleonor sintió un escalofrío, una nota discordante en medio de la alegría. Antes de verlo, lo "sintió": una presencia fría, metódica, que cortaba el aire como un bisturí. Una sombra se interpuso entre ella y la luz del atardecer.

No era un estudiante. El hombre vestía un sobretodo oscuro que desentonaba con el calor otoñal de la jornada y tenía una mirada que parecía estar analizando el ADN de todos los presentes. No miraba a la gente; la diseccionaba.

—¿Eleonor Galarza? —preguntó el hombre. Su voz era grave, profesional, una nota gélida en medio de la celebración.

—Sí, soy yo. ¿Quién la busca? —respondió ella, enderezando la espalda por instinto. Al sostenerle la mirada, Eleonor percibió algo extraño en él: no había calidez, solo una curiosidad intelectual casi perturbadora.

—Vi tu perfil en la academia. Tus tesis sobre perfiles psicológicos de asesinos seriales son... excepcionales. Superas por mucho el promedio de esta institución —dijo él, ignorando el resto de la fiesta—. Mi nombre es Octavio Guerrico. Soy comisario mayor en Buenos Aires.

Ella sintió como si el corazón se le fuera a salir del pecho. Buenos Aires. La capital. Donde los crímenes eran leyendas y los secretos, más profundos.

—Quiero que trabajes conmigo —continuó el hombre, acercándose apenas un paso, invadiendo su espacio personal como si quisiera leerle los pensamientos—. Tengo un caso que requiere exactamente tu tipo de mente. Alguien que no solo vea la sangre, sino el porqué de cada gota. Alguien que pueda sentir al monstruo. Pero hay un detalle: no es acá. Te quiero en Buenos Aires el lunes a primera hora.

Ella miró a sus padres, que habían dejado de reír para escuchar, y luego a su primo. El mundo que conocía se sintió pequeño de repente.

El comisario le extendió una tarjeta negra, mate, con letras doradas que brillaban bajo el sol moribundo. Ella la tomó; era pesada, fría como el metal.

—Eleonor… —habló su padre, con tono de advertencia.

—Sé que puede parecer apresurado, pero es mi sueño. Acá ya llegué a mi techo. Déjenme seguir mi vida, por favor —respondió ella, sin importarle que Guerrico estuviera escuchando. El comisario sonría apenas, una mueca de satisfacción al ver su determinación —Acepto —le dijo a Guerrico.

—Escribime a ese número —le indicó señalando la tarjeta—. Te voy a pasar los detalles. Voy a tener un departamento listo para vos cerca de la oficina. Dejo que sigas disfrutando de tu fiesta.

Guerrico miró a los padres de Eleonor e inclinó la cabeza con una cortesía mecánica. Los cuatro vieron cómo la figura imponente desaparecía por las calles, dejando un rastro de silencio a su paso.

—¿Buenos Aires? —Emanuel dejó el vaso de plástico en una mesa cercana y su sonrisa se desvaneció por completo—. Eso está a cientos de kilómetros, Ele.

Eleonor miró a Emanuel. Habían crecido juntos, compartiendo todo en las tardes lentas del interior.

—Es la oportunidad que estaba esperando, Manu —le dijo ella en voz baja—. Guerrico dice que tiene un caso especial. Necesito salir de acá y probar quién soy de una vez por todas.

Emanuel suspiró, pero terminó abrazándola con una fuerza que se sintió como una despedida.

—Si alguien puede poner a esa ciudad en orden, sos vos. Pero cuidate, Ele —le susurró al oído—. Buenos Aires no es como acá. Ahí la gente con poder juega sucio, y ese tipo... ese tipo tiene ojos de quien ya lo ha roto todo.

Lunes, 08:00 AM – Ciudad de Buenos Aires

El lunes llegó con la velocidad de un tren sin frenos. El departamento que Guerrico le había conseguido estaba en un piso quince en plena Avenida Corrientes. Era moderno, impersonal y tenía ventanales que dejaban entrar todo el ruido de la ciudad de la furia. Eleonor dejó su valija en el suelo de madera plastificada y se acercó al vidrio.

El aire de Buenos Aires era pesado, cargado de humedad y del rugido constante de los colectivos. Ella miró hacia arriba, hacia los edificios de mármol gris del centro, sintiéndose pequeña pero peligrosamente alerta. El caos de la capital no la asustaba; la activaba.

—Bienvenida a la capital —dijo una voz profunda a sus espaldas.

Ella se sobresaltó apenas, girando sobre sus talones. Guerrico estaba parado en el umbral de la puerta, que había quedado entreabierta. Vestía un traje impecable, gris oscuro, y sostenía un café humeante. Era él. Su jefe. El hombre que la había sacado de la tranquilidad del interior. No le estrechó la mano; simplemente se quedó ahí, observándola con esa mirada clínica, como si estuviera diseccionando sus pensamientos antes de que ella pudiera siquiera pronunciarlos.




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