Cazandote

Capitulo 2

Octavio aplicó el reactivo con una brocha fina, sus movimientos eran lentos y precisos. El silencio en el piso 45 era absoluto, solo interrumpido por el suave siseo del cepillo contra el papel. Eleonor lo observaba desde el ventanal, con las luces de los muelles de Puerto Madero titilando a sus espaldas.

—No hay huellas dactilares —sentenció Octavio, su voz era un látigo de frustración—. Usó guantes de látex quirúrgico. Ni un rastro de grasa, ni un poro.

Con una pinza, extrajo una pequeña tarjeta blanca del interior del sobre y la dejó sobre la mesa de cristal. Eleonor se acercó, sintiendo que el frío del penthouse se le metía en los huesos. En la tarjeta, escrita con una caligrafía elegante y angulosa, se leía:

"Soy mejor que él jugando al ajedrez, y no hablo del juego. Sé mover mejor las piezas para ganar."

Eleonor sintió un escalofrío. Octavio se quedó mirando la nota, con la mandíbula tan apretada que un músculo en su mejilla empezó a saltar. La frase era un ataque directo a su orgullo, una burla al "jaque mate" que él había presumido en el bar hacía apenas una hora.

—Nos vio —susurró Eleonor, abrazándose a sí misma—. Estuvo ahí, Octavio. Entre la gente, entre el humo... nos estaba mirando comer.

Octavio no respondió de inmediato. Se levantó y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Desde esa altura, su figura se recortaba contra la inmensidad de los rascacielos y el río oscuro. La seguridad extrema de su penthouse, con sus cámaras y accesos restringidos, de pronto se sentía vulnerable.

—Él cree que la ciudad es su tablero —dijo Octavio sin darse vuelta, su voz ahora era un susurro peligroso—. Y cree que vos sos una pieza más. Pero se equivoca en algo.

Se giró lentamente, y sus ojos verdes, antes cálidos en el bar, ahora brillaban con una furia gélida.

—En este departamento no hay piezas. Solo estamos nosotros. Y si él quiere jugar a mover piezas, yo voy a romper el tablero.

Se acercó a ella, rompiendo la distancia profesional que habían recuperado al entrar. El ambiente en el penthouse cambió; el miedo por la nota empezó a mezclarse con esa electricidad magnética que Octavio empezaba a generar.

—No vas a volver a tu departamento, Eleonor. No por ahora. Te vas a quedar acá, donde tengo el control de quién entra y quién sale.

Eleonor dio un paso atrás, rompiendo la burbuja de magnetismo que Octavio había creado. Sus palabras, aunque cargadas de una protección que cualquier otra persona agradecería, le sonaron a una orden. Y ella no era una pieza de ajedrez que él pudiera mover a su antojo por el tablero de Puerto Madero.

—No —dijo con firmeza, sosteniéndole la mirada—. No me voy a quedar acá, Octavio.

Él arqueó una ceja, sorprendido. No estaba acostumbrado a que nadie cuestionara su autoridad, y mucho menos en su propio territorio.

—Eleonor, alguien entró en tu casa. El tipo nos está vigilando. Este edificio es inexpugnable, tiene seguridad privada y cámaras en cada rincón —insistió él, señalando con un gesto amplio el lujo tecnológico que los rodeaba.

—Precisamente por eso. Si me encierro acá, él gana. Me estarías convirtiendo en un pájaro en una jaula de cristal —respondió ella, tomando su bolso de la mesa—. Si él quiere que tenga miedo, lo último que voy a hacer es esconderme. Necesito mi espacio, mi ropa, mi vida. Mañana nos vemos en la oficina a las siete, como dijiste.

Octavio la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Su mandíbula seguía tensa, pero una chispa de respeto, casi de fascinación, cruzó sus ojos verdes. Le gustaba que le dieran pelea.

—Sos testaruda, Galarza. Una virtud peligrosa en este trabajo —cedió él, aunque su tono seguía siendo de advertencia—. Te voy a dejar en tu casa, pero voy a poner una consigna policial en tu puerta toda la noche. Y no es una pregunta.

El viaje de vuelta fue silencioso y cargado de una tensión eléctrica. Octavio la dejó en la puerta de su edificio en Corrientes y esperó a que ella entrara y que el oficial de guardia se reportara.

Dos días después…

Lo que Eleonor no sabía es que la "ciudad de la furia" estaba a punto de explotar. El miércoles por la tarde, un evento coordinado —una serie de explosiones— dejó a todo el equipo en la mira. Ya no era solo una nota en un sobre; era una declaración de guerra total.

— ¡Se acabó la discusión! —Gritó Octavio en medio del caos de la oficina, mientras Sosa, Ramiro y Bermúdez intentaban salvar los servidores—. Mi departamento en Puerto Madero es el único lugar con un servidor espejo y seguridad autónoma. Nos mudamos todos ahí. Ahora.

Por primera vez, Eleonor no protestó. El tablero se había roto, y la fortaleza de cristal de Octavio Guerrico estaba a punto de convertirse en el búnker de la resistencia.

El penthouse, que antes parecía un monumento al minimalismo, ahora estaba invadido por cables, monitores y el olor a café recalentado. Ramiro se había adueñado de la gran mesa de mármol del comedor, rodeado de pantallas que reflejaban códigos en cascada. Sosa y Bermúdez revisaban cajas de archivos en la sala, mientras la ciudad brillaba allá abajo, ajena al asedio que el equipo sentía.

De repente, un pitido agudo y persistente cortó el silencio. Ramiro se pegó a la pantalla, sus dedos volando sobre el teclado.

— ¡La gran…! —gritó, llamando la atención de todos. Octavio, que estaba en la cocina sirviendo un whisky, se acercó con paso rápido.




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