Cazandote

Capitulo 3

Al llegar al penthouse, el equipo seguía en alerta. Ramiro los recibió con ojeras y una pantalla llena de datos nuevos.

—Jefe, encontré algo en los archivos encriptados del virus —dijo Ramiro, señalando un documento que estaba medio borrado—. El asesino no solo entró a nuestro sistema. Estaba buscando expedientes sellados de hace 20 años. Casos de "muerte por accidente" que fueron archivados por orden directa de la Cúpula Política.

Octavio y Eleonor se miraron. El silencio en el piso 45 se volvió pesado.

—¿Qué casos? —preguntó Octavio, sintiendo una punzada de duda. —Todavía no puedo ver los nombres, están bajo un protocolo de seguridad que ni siquiera yo puedo romper sin que salte una alarma en el Ministerio —explicó Ramiro frustrado—. Es como si alguien muy arriba no quisiera que esos muertos descansen en paz.

Eleonor se acercó al ventanal y miró hacia la Casa Rosada, que brillaba a lo lejos. Por primera vez, el lujo de Puerto Madero no se sentía como una fortaleza, sino como una celda de cristal. Sabía que estaban rascando la superficie de algo tan grande que, si llegaban a la verdad, no habría lugar en el mundo donde pudieran esconderse.

—Necesito comunicarme con alguien – habló ella – con mis padres, no los he llamado desde que llegué.

—Está bien, solo tratá de no decir nada que te perjudique – le dijo Octavio sirviéndose un poco de licor.

Ella asintió y salió a un pequeño balcón para poder respirar en paz. Su padre atendió después del tercer tono.

—Hija… - la voz del otro lado hizo que se desarmara por completo. —

—Papá, hola. Perdón por no haber llamado… todo pasó muy rápido.

—¿Estás bien?

—Si, solo cansada. Está todo bien.

Mintió. Ya que si decía lo que en realidad estaba pasando, sus padres vendrían a buscarla poniendo en riesgo sus vidas.

—¿El departamento es lindo? – la voz de su mamá la volvió a la realidad.

Ella miró. No era un departamento en este momento.

—Sí, es muy espacioso – no mintió del todo.

—¿Estás comiendo?

—Sabes que no dejo de comer por nada en el mundo

Sus padres rieron al otro lado de la línea.

—Bueno, los dejo. Prometo llamarlos más seguido.

—Cuidate, Eleonor.

Eleonor cortó la llamada y se quedó un momento con el celular apretado contra el pecho. El aire del balcón, a cuarenta pisos de altura, era frío y soplaba con fuerza, revolviéndole el pelo. Las luces de Puerto Madero parpadeaban abajo como diamantes sobre un paño negro.

Sintió una presencia a sus espaldas antes de escucharlo. Octavio estaba apoyado en el marco de la puerta corrediza, con el vaso de licor en la mano. Ya no tenía el saco; se había desprendido los primeros botones de la camisa y las mangas estaban recogidas, revelando sus antebrazos. Parecía menos un Comisario y más un hombre agobiado por el peso de sus propios secretos.

—"Es muy espacioso" —repitió él con una media sonrisa irónica, citando las palabras de ella—. Sos una mentirosa profesional, Galarza. Casi me lo creo hasta yo.

Eleonor se dio vuelta, apoyando la espalda en la baranda del balcón.

—Es una mentira necesaria. Mis padres creen que estoy analizando expedientes aburridos en una oficina luminosa, no que estoy escondida en el penthouse de un jefe que apenas conozco porque un asesino me dejó una nota en el living.

Octavio se acercó y se paró junto a ella. El aroma de su perfume y el del licor se mezclaron con el aire salino del río.

—A veces, las mentiras son la única forma de mantener a salvo lo que queremos —dijo él, mirando hacia la Casa Rosada en el horizonte—. Yo llevo años mintiéndole a medio mundo. Te terminás acostumbrando.

Eleonor lo miró de reojo. Había algo en su tono que le decía que él también tenía a alguien a quien proteger, o quizás, que ya lo había perdido.

— ¿A quién le mentís vos, Octavio? —preguntó ella en un susurro.

Él no respondió de inmediato. Bebió el último trago de su vaso y clavó sus ojos verdes en los de ella. En ese balcón, tan alto que el mundo parecía no existir, la distancia profesional volvió a desaparecer.

—A todos —respondió él finalmente—. Pero esta noche, en esa librería... por un segundo, tuve la sensación de que el único que no nos estaba mintiendo era el tipo de los ojos negros. Y eso es lo que más me aterra.

Eleonor guardó su teléfono en el bolsillo, pero no entró al living. Se quedó mirando el reflejo de las luces en el cristal.

—Tengo que hacer una llamada más —dijo ella, tratando de que su voz no temblara bajo la mirada fija de Octavio—. A un amigo. Necesito que sepa que voy a estar desconectada unos días, es... una persona importante para mí.

Octavio hizo girar el hielo en su vaso, el sonido del cristal chocando contra el vidrio fue lo único que rompió el silencio del balcón. Sus ojos verdes se oscurecieron.

—"Un amigo" —repitió él, con un tono cargado de una ironía que rozaba lo posesivo—. ¿O es tu novio, Galarza? No creo que un hombre como él acepte que su mujer se mude al penthouse de su jefe de un momento a otro.

Eleonor se giró lentamente, enfrentándolo. El viento le voló un mechón de pelo por la cara, pero ella no se movió.

—No tengo novio, Octavio —respondió con una calma que lo desafiaba—. Nunca lo he tenido.

Octavio se tensó. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Eleonor pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Se inclinó un poco, quedando a pocos centímetros de su rostro.

— ¿Nunca? —preguntó él en un susurro ronco, casi peligroso—. ¿Qué pasa? ¿No hay ningún hombre suficientemente bueno para vos, Eleonor?

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Ella podía ver los matices dorados en los ojos de él y la línea dura de su mandíbula. El aire entre los dos parecía haber desaparecido, reemplazado por una electricidad estática que hacía que a Eleonor le costara respirar. Él la estaba analizando, no como a una colega, sino como a una presa... o como a un tesoro que nadie más había descubierto.




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