Cazandote

Capitulo 4

Eleonor apenas pudo pegar un ojo. Las palabras de Sosa seguían dándole vueltas: "No hace falta que te lo advierta de nuevo". La advertencia no era por el asesino, sino por el hombre que dormía a unos metros de distancia. Sosa había visto a Octavio obsesionarse con casos, con criminales y con estrategias, pero nunca lo había visto mirar a una civil como la miró a ella en el balcón.

Se levantó antes de que el sol terminara de salir. Necesitaba agua. Al salir al pasillo, se cruzó con Octavio, que venía del pequeño gimnasio del piso superior. Estaba sudado, con una toalla al cuello, y la intensidad de su mirada verde era incluso peor bajo la luz cruda de la mañana.

—Galarza. Madrugó —dijo él, deteniéndose frente a ella, bloqueando el camino.

—No dormí bien —respondió ella, tratando de ignorar el calor que emanaba de él tras el ejercicio.

Él dio un paso más cerca, rompiendo otra vez el espacio personal.

—¿Por el caso... o por nuestra charla de anoche?

Eleonor iba a responder, pero el sonido del ascensor privado las puertas abriéndose en el living la hizo saltar. Octavio se tensó al instante. Nadie tenía acceso directo a su piso sin su permiso, excepto una persona.

—Quedate acá —le ordenó Octavio en un susurro, su tono volviendo a ser el de un comandante—. Sosa, ¡Ferrari! —llamó mientras caminaba hacia el living, poniéndose una remera rápidamente.

Eleonor no se quedó quieta. Se asomó lo suficiente para ver a través de las columnas de mármol.

En medio del living estaba el Ministro de Seguridad. Un hombre de unos 55 años, con un traje que costaba más que el sueldo anual de un oficial y una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos.

—Octavio, querido —habló el Ministro, su voz resonando en el penthouse—. Me dijeron que habías montado un centro de operaciones privado. Espero que tengas resultados, porque el Presidente está perdiendo la paciencia con este "fantasma" que nos está amenazando.

Eleonor, desde su escondite, analizó al Ministro. La forma en que movía las manos, la manera en que evitaba mirar directamente a las cámaras de seguridad de Octavio. Sus microexpresiones gritaban ansiedad controlada.

—Estamos cerca, Ministro —mintió Octavio, parándose frente a él—. Pero necesito autonomía total.

—La Tenés. Pero recordá quién te puso en ese sillón, Guerrico —el Ministro caminó hacia el ventanal, el mismo donde Octavio y Eleonor habían hablado la noche anterior—. No queremos que este "asesino" empiece a hablar de cosas que no existen, ¿verdad?

Antes de que Octavio pudiera responder, la mirada del Ministro se posó sobre Eleonor.

—Bueno, Octavio. Parece que has cambiado tus gustos en mujeres.

Guerrico se dio vuelta y la miró. Negando con la cabeza.

—No, ella no es... —empezó Octavio, pero el Ministro lo interrumpió con una carcajada seca, carente de humor.

—No hace falta que lo expliques, Guerrico. Es joven, es brillante y tiene esa mirada de quien cree que puede salvar el mundo. Entiendo el atractivo —dijo el Ministro, dando un paso hacia Eleonor, ignorando la tensión asesina que emanaba de Octavio—. Pero tené cuidado. Las mentes brillantes son las primeras en romperse cuando la presión sube.

Eleonor sintió que la sangre le hervía. No era una mujer que se quedara callada ante el menosprecio, pero la mirada de advertencia que Octavio le lanzó fue una orden silenciosa: no hables.

—La licenciada Galarza es la mejor perfiladora del país, Ministro —dijo Octavio, su voz era ahora un bloque de hielo—. Está aquí porque es la única capaz de anticipar los movimientos de un asesino que, hasta ahora, nos lleva tres pasos de ventaja a todos. Incluyéndolo a usted.

El Ministro arqueó una ceja, sorprendido por la defensa tan directa de Octavio. Se hizo un silencio denso en el que Sosa y Ferrari, desde el área de monitores, ni siquiera se atrevían a respirar.

—Espero que así sea, licenciada —dijo el Ministro, clavando sus ojos en los de ella—. Porque en este juego, los que no son útiles se vuelven... un estorbo. Y usted sabe qué hacemos con los estorbos en este Ministerio.

El hombre se acomodó el saco del traje, le dio una palmada condescendiente en el hombro a Octavio y caminó hacia el ascensor. Antes de que las puertas se cerraran, lanzó una última frase:

—Octavio, mantené a tu "perfiladora" con los ojos en el tablero y las manos fuera de los archivos que no le corresponden. No me hagas arrepentirme de haberte dado esta autonomía.

Cuando el ascensor bajó, el silencio en el penthouse fue ensordecedor. Octavio no se movió por varios segundos. Estaba de espaldas a Eleonor, con los puños tan apretados que los nudillos le temblaban.

—Te dijo que eras un estorbo —susurró Eleonor, rompiendo el silencio—. Y me amenazó a mí en mi cara.

El sonido del ascensor bajando dejó un vacío helado en el ambiente. Octavio seguía petrificado, mirando la puerta cerrada como si quisiera atravesarla con la vista. Sin decir una palabra, se dio media vuelta y subió las escaleras hacia el gimnasio, buscando descargar la furia de la única forma que sabía: golpeando algo.

Eleonor se quedó sola en medio del living, sintiendo todavía el peso de la mirada sucia del Ministro sobre ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.