El ascensor se abrió con un siseo metálico. Al entrar al penthouse, el ambiente era tan denso que Eleonor sintió que el aire le costaba llegar a los pulmones. Sus compañeros no estaban trabajando; estaban rodeando la mesa del comedor en un semicírculo de estatuas de sal. Todos tenían las caras pálidas, como si hubieran visto un cadáver en medio de la sala.
—¿Qué pasó? —preguntó Guerrico. Su voz, siempre autoritaria, sonó extrañamente hueca al notar la rigidez de su equipo.
Ramiro, Bermúdez y Sosa lo miraron con una mezcla de lástima y miedo. Nadie se atrevía a sostenerle la vista por más de un segundo. El silencio se prolongó hasta volverse violento.
—¿Qué carajo pasa? —volvió a preguntar Octavio, esta vez con un tono exasperado, la paciencia rompiéndosele en mil pedazos.
—Mandaron un archivo —habló Ramiro finalmente, sin apartar los dedos del teclado, como si le quemaran—. Es un resultado de laboratorio. Una prueba de ADN.
Eleonor se adelantó, apartando a Sosa con un movimiento mecánico. Sus ojos recorrieron la pantalla de la computadora, procesando los marcadores genéticos antes que los nombres. Pero cuando llegó a la conclusión del informe, sintió un frío polar instalándose en su columna vertebral.
—¿Esto es…? —comenzó ella, pero la pregunta murió en su garganta. No era una suposición; era una sentencia.
Octavio se abrió paso a empujones, furioso porque nadie le decía nada, y clavó la vista en el monitor. El resplandor azul de la pantalla iluminó sus ojos verdes, que se dilataron hasta volverse oscuros.
Allí, en negrita y con el sello del Registro Nacional, los datos gritaban una verdad que Octavio desconocía.
PROBABILIDAD DE PATERNIDAD: 99.99%
PADRE: Ignacio Valenzuela.
HIJO: Octavio Guerrico.
El papel que lo acreditaba como el "Comisario Mayor hecho desde abajo" acababa de prenderse fuego. El asesino no solo les había enviado un archivo; les había enviado la prueba de que el jefe del operativo era el hijo del verdugo.
Octavio retrocedió un paso, como si la pantalla de la computadora le hubiera dado un golpe físico en el pecho. Sus manos, que nunca temblaban ni siquiera bajo fuego cruzado, empezaron a agitarse violentamente a los costados de su cuerpo.
—No... —su voz salió como un soplido, despojada de toda autoridad—. Mi padre murió cuando yo era chico. Mi madre... ella siempre me dijo que él era un suboficial que cayó en cumplimiento del deber.
Miró a sus compañeros, buscando una negación, pero el silencio de Ramiro y la mirada de piedra de Sosa eran la confirmación de su ruina. La prueba de ADN no solo lo vinculaba al Ministro Ignacio Valenzuela; lo despojaba del recuerdo del hombre que él creía su padre.
—Te usó, Octavio —dijo Eleonor. Su voz era suave, pero cada palabra caía como una sentencia—. Valenzuela no te dio su apellido para que pudieras subir en la fuerza sin levantar sospechas. Te dejó ser un Guerrico para tener a su mejor peón en el lugar exacto donde te necesitaba. Sos su hijo secreto... y su mejor arma de encubrimiento.
Octavio golpeó la mesa del comedor con una furia desesperada, volcando las tazas y haciendo que la computadora de Ramiro estuviera a punto de caer al suelo.
—¡Es una mentira de ese asesino! —rugió, pero sus ojos verdes estaban inyectados en sangre y cargados de una humillación insoportable—. ¡Ese psicópata quiere que nos matemos entre nosotros! ¡Quiere que dude de mi propia sangre!
—La sangre no miente, Octavio —intervino Bermúdez, que hasta ahora se había mantenido en la sombra, con la mano peligrosamente cerca de su arma—. Y los registros del laboratorio central tampoco. Sos un Valenzuela. Todo este tiempo estuvimos investigando al Ministro bajo las órdenes del hijo del Ministro.
El aire en el penthouse se volvió gélido. La lealtad del equipo, que tanto le había costado construir a Octavio, se evaporó en un segundo. Ya no lo veían como el Comisario Mayor que se rompió el alma para llegar ahí; lo veían como el heredero, el hijo del verdugo.
Octavio miró a Eleonor, buscando un rastro de la complicidad que habían tenido en Barracas, pero ella solo lo observaba con esa curiosidad analítica que tanto le dolía.
—Él lo sabía —susurró Octavio, refiriéndose al Ministro - Por eso me dejó vivir en la Casa Rosada. No soy su enemigo... soy su trofeo.
Se dio la vuelta y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda a todos. Afuera, las luces de la ciudad empezaban a encenderse, pero para Octavio, el mundo se había quedado a oscuras.
"Me quitó mi nombre", pensó, apretando la frente contra el vidrio frío. "Y ahora me va a quitar la vida".
Octavio subió las escaleras con un paso pesado, el eco de sus botas golpeando el mármol como un metrónomo fúnebre. Nadie intentó detenerlo. El equipo se quedó en el comedor, rodeando la mesa donde el nombre de Ignacio Valenzuela seguía brillando en la pantalla como una advertencia.
Los cuatro lo acompañaron con la mirada hasta que desapareció en el piso superior. El silencio que quedó era el de un naufragio.
—Necesito estar solo, si necesitan saber algo investíguenlo por su cuenta —había dicho Octavio, y esas palabras sonaban a rendición.
Sosa fue el primero en romper el trance, frotándose la cara con frustración.
—Si esto sale a la calle, estamos muertos. El Ministro nos va a mandar a limpiar a todos para que no quede rastro de su "heredero" fallido.
—Es más peligroso de lo que pensaba —habló Eleonor, atrayendo la atención de todos. Su voz era un bisturí: precisa y fría—. Tengo información nueva.
Sosa la alentó a que siguiera hablando, mientras Ramiro preparaba una nueva terminal para registrar lo que ella dijera. Bermúdez, en cambio, la miraba con sospecha, preguntándose cuánto más sabía esa mujer que no les estaba diciendo.
—Encontramos a un sobreviviente en las ruinas de Barracas —continuó Eleonor, apoyando las manos sobre la mesa—. Alguien que el fuego no pudo terminar de consumir. Nos habló sobre un proyecto llamado Crisálida.