Cazandote

Capitulo 6

Esa mañana el sol entró por el ventanal del penthouse con una agresividad que presagiaba el caos. Octavio todavía dormía, con el rostro hundido en la almohada, viéndose extrañamente joven y vulnerable sin su uniforme de Comisario Mayor. Eleonor, en cambio, ya estaba despierta, observando cómo el polvo bailaba en los rayos de luz, cuando el timbre del intercomunicador privado sonó con una insistencia violenta.

No era Sosa. No era Ramiro.

Eleonor se puso la bata de seda y bajó las escaleras descalza, con el corazón martilleando contra sus costillas. Al llegar al living, vio la silueta a través del vidrio de la puerta principal. Un hombre de hombros rectos, traje gris impecable y una presencia que parecía succionar el oxígeno de la habitación.

Ignacio Valenzuela. El Ministro de Seguridad. El verdugo.

Ella bajó justo cuando él salía del ascensor, entró al penthouse con la autoridad de quien es dueño de cada ladrillo del edificio. Se quitó los guantes de cuero y recorrió el lugar con una mirada de asco aristocrático, deteniéndose finalmente en Eleonor.

— Tenés buena vista, Eleonor. Fuiste la única que encontró al sobreviviente en Barracas. Lástima que tu vista se nuble tanto cuando se trata de la cama de mi hijo.

Eleonor no retrocedió. Mantuvo la barbilla en alto, aunque sentía el peso del poder de ese hombre aplastándola.

—Octavio no sabía nada, Ministro. Usted lo usó.

Valenzuela soltó una risa seca, casi cordial, y se acercó a ella hasta quedar a un paso de distancia. Sacó un sobre de su saco y lo dejó sobre la mesa ratona con un golpe seco.

—Octavio es un activo, no una persona. Y ahora es un activo dañado por esa estúpida prueba de ADN —sentenció el Ministro, clavando sus ojos oscuros en los de ella—. Sé que pasaste la noche con él. Sé que él confía en vos más que en su propia sombra. Por eso, te voy a dar una oportunidad única.

Él señaló el sobre.

—Ahí hay una cifra que te permitiría desaparecer de Argentina hoy mismo. Comprar una clínica, una identidad nueva, lo que quieras. A cambio, solo tenés que hacer una cosa: convencer a Octavio de que el ADN fue una manipulación del asesino. Decile que vos lo analizaste y que es falso. Borrá esa duda de su cabeza.

Eleonor miró el sobre y luego volvió a mirar al monstruo.

—¿Tanto miedo le tiene a su propio hijo?

—Le tengo miedo a lo que mi hijo puede hacer si cree que tiene un motivo para traicionarme —corrigió Valenzuela, acercándose más, bajando la voz a un susurro letal—. Si aceptás, sos rica. Si te negás... bueno, el Proyecto Crisálida todavía tiene cunas vacías para gente que sabe demasiado.

En ese momento, se escuchó un paso firme en la escalera. Octavio estaba ahí, a mitad de camino, con los pantalones del uniforme puestos pero el torso aún desnudo, mirando la escena con una furia silenciosa que hizo que el aire vibrara.

—Salí de mi casa, Ignacio —dijo Octavio. No le dijo "Ministro", ni "Padre". Le dijo su nombre como si fuera un insulto.

Ignacio Valenzuela no se inmutó. Giró la cabeza con una lentitud aristocrática, recorriendo el cuerpo de su hijo y luego el de Eleonor con una mueca de asco profundo, como si estuviera observando algo que él mismo había diseñado y que ahora le resultaba defectuoso.

Caminó hacia el ascensor privado con una parsimonia aterradora. Antes de que las puertas de acero se deslizaran para cerrarse, clavó la mirada en ambos y soltó una frase cargada de un veneno gélido:

—No se sientan tan seguros en su torre de cristal —dijo el Ministro, y su sonrisa apenas se ensanchó—. Afuera, en algún rincón que no ven, siempre hay un punto rojo bailando sobre sus frentes. Tengan cuidado... el amor es un blanco demasiado fácil de abatir cuando uno se olvida de quién tiene el dedo en el gatillo.

Las puertas se cerraron con un siseo metálico, dejando un silencio pesado y asfixiante en el penthouse.

Octavio se quedó estático en el último escalón, con los puños cerrados y el pecho subiendo y bajando por la furia contenida. Miró hacia el ventanal, hacia esa ciudad que ahora parecía una jaula gigante controlada por su padre. No era una amenaza de muerte inmediata, era una promesa de vigilancia eterna.

—Es un cínico —susurró Octavio, volviéndose hacia Eleonor. Se acercó a ella y la tomó de los hombros, revisándola como si buscara una herida invisible—. No le creas, Eleonor. No va a apretar el gatillo todavía, nos quiere paranoicos. Nos quiere con miedo para que cometamos un error.

Eleonor sintió el calor de las manos de Octavio, pero sus ojos seguían fijos en la puerta del ascensor. El sobre con el dinero seguía sobre la mesa, como una mancha de suciedad en medio del lujo.

—Él no necesita francotiradores reales para matarnos, Octavio —respondió ella, y su voz sonó extrañamente tranquila en medio del caos—. Él ya nos disparó en el momento en que entró acá y nos recordó que, para él, no somos personas. Somos cabos sueltos.

Octavio la atrajo hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo protector, mientras su mirada se endurecía. El miedo se estaba transformando en algo mucho más peligroso: una sed de venganza que ya no tenía vuelta atrás.

Eleonor se separó suavemente del abrazo de Octavio, pero no para retroceder, sino para dirigirse a la mesa ratona. Sus ojos, ahora fríos y calculadores, se clavaron en el sobre que el Ministro había dejado como una granada sin explotar.

—Octavio, no te acerques al ventanal por impulso, pero tampoco te escondas —dijo ella, su voz recuperando esa cadencia analítica que la hacía una criminóloga brillante—. Tu padre no vino acá a matarnos. Vino a marcarnos. El punto rojo es una metáfora de su vigilancia, pero también es una distracción.

Eleonor tomó el sobre, pero no lo abrió. En lugar de eso, sacó su teléfono y activó una aplicación de escaneo de frecuencias que guardaba en una carpeta oculta. Pasó el dispositivo por el papel del sobre y, en segundos, la pantalla mostró una oscilación rítmica.




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