Cazandote

Capitulo 7

Horas más tarde, el paisaje cambió. Las llanuras se convirtieron en arbustos bajos y el aire se volvió seco y frío. A lo lejos, las luces del Arco Desaguadero, el límite entre San Luis y Mendoza, brillaban como una advertencia.

Octavio desaceleró. Lo que vio le heló la sangre: no era un control de rutina. Había al menos cuatro patrullas de la Policía de Mendoza y dos camionetas de Gendarmería Nacional. Estaban revisando cada vehículo, pidiendo documentos y alumbrando los interiores con linternas potentes.

—Tienen mi foto en todos lados —masculló Octavio, bajándose el parasol para cubrirse un poco—. Y vos... vos sos la persona que "secuestré" según el informe que seguramente ya redactó mi padre.

—No podemos dar la vuelta, nos van a perseguir —dijo Eleonor, mirando hacia los costados. A la derecha, un camino de tierra se perdía entre los viñedos secos y los campos de jarilla—. Octavio, allá. Es una huella de camiones de carga de uva.

—Es puro barro y piedra, el sedán de Sosa no va a aguantar —respondió él, pero sus ojos ya estaban midiendo la distancia.

—Es eso o entregarnos. Y si nos entregamos, el folio de Potrerillos desaparece para siempre.

Octavio apretó los dientes, puso la marcha atrás unos metros y, antes de que los oficiales del control notaran la maniobra, pegó un volantazo hacia la derecha. El auto saltó al entrar en la huella de tierra, golpeando el chasis contra el suelo pedregoso.

— ¡Agarrate! —gritó Octavio mientras el auto derrapaba en la arena suelta.

Apagó las luces delanteras y se guió solo por la luz de la luna llena que iluminaba los picos nevados de fondo. Pasaron a menos de quinientos metros del control policial, viendo cómo las linternas buscaban en la oscuridad, ajenos a que la presa estaba cruzando la frontera por un camino de cabras.

Eleonor lo miró, aferrada a la manija de la puerta mientras el auto saltaba violentamente. En medio del peligro, vio la mandíbula tensa de Octavio y sintió una admiración profunda. Él estaba rompiendo todas sus reglas por ella.

—Bienvenido a casa, Comisario —susurró ella cuando finalmente retomaron una ruta secundaria, ya en suelo mendocino.

El ascenso por los caracoles de la Ruta 7 hacia Potrerillos fue un viaje al corazón de la montaña. El aire se volvió gélido y el motor del auto de Sosa empezó a sufrir por la altura, pero Octavio no aflojó. A su lado, Eleonor mantenía la vista fija en la oscuridad, con el trozo de papel de su madre apretado entre los dedos como si fuera un mapa al tesoro... o a una tumba.

Finalmente, tras bordear el perilago cuyas aguas plateadas devolvían el reflejo de una luna espectral, divisaron la cabaña. Era una construcción de piedra y madera, oculta tras una cortina de pinos que crujían con el viento cordillerano.

Octavio detuvo el auto a unos metros, apagando el motor. El silencio que los rodeó era absoluto, solo roto por el clic-clic del metal caliente enfriándose.

—No hay luces —susurró Octavio, alcanzando su arma reglamentaria—. Pero el portón de entrada no tiene candado. Alguien lo cortó.

Eleonor se ajustó el buzo y la campera de cuero. La adrenalina la hacía ignorar el frío que le subía por las piernas. Bajaron del auto con movimientos felinos. Octavio iba adelante, cubriéndola, sintiendo que cada sombra entre los árboles podía ser un cañón apuntándoles.

Al llegar a la puerta de madera pesada, notaron que estaba entornada. Un hilo de calor escapaba desde el interior. Octavio empujó la puerta con el pie, apuntando al centro de la estancia principal.

No hubo disparos. Solo el crepitar de la leña.

En el hogar de piedra, un fuego joven bailaba con fuerza, iluminando los muebles cubiertos con sábanas blancas que parecían fantasmas en la penumbra. Y ahí, sentado en un sillón de cuero frente a las llamas, estaba él.

El asesino no llevaba la capucha puesta. Su perfil, recortado por el fuego, era de una belleza trágica y dura. Tenía una botella de vino mendocino abierta sobre la mesa y dos copas servidas. El rifle de precisión descansaba contra la pared, como un invitado más.

—Llegan tarde —dijo él, sin darse vuelta. Su voz, profunda y calmada, llenó la cabaña—. El camino por el campo les tomó más tiempo del que calculé.

Octavio no bajó el arma. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la empuñadura.

—¿Cómo entraste acá? Este lugar no figura en ningún registro oficial.

El asesino soltó una risa amarga y finalmente giró la cabeza para mirarlos. Sus ojos evitaron a Octavio y se clavaron en Eleonor, recorriendo la camisa blanca que asomaba bajo el buzo y su cabello desordenado por la huida. Una chispa de posesividad cruzó su mirada antes de volver a la frialdad habitual.

—Este lugar era el refugio de una mujer que amaba a un hombre equivocado —respondió el asesino, señalando las copas—. Yo no necesito registros, Comisario. Yo tengo memoria. Y en este salón, bajo estos mismos pinos, se planeó el primer "experimento" de su padre.

Eleonor dio un paso al frente, saliendo de detrás de Octavio.

—¿Qué hay acá? —preguntó ella, con la voz firme—. Si nos esperaste, es porque necesitás que yo vea algo que vos no podés explicar.

El asesino se levantó con una lentitud elegante. Caminó hacia una de las paredes de madera y, con un golpe seco, activó un resorte oculto. Una parte del revestimiento se deslizó, revelando una escalera de caracol que descendía hacia las entrañas de la montaña.

—Abajo no hay archivos quemados, Eleonor —dijo él, extendiendo una mano hacia ella, ignorando por completo el arma de Octavio—. Abajo está el laboratorio donde nos "crearon". Donde tu curiosidad de criminóloga se va a encontrar con el horror de verdad.

Octavio dio un paso adelante, interponiéndose entre la mano del asesino y Eleonor.

—Ella no va a ningún lado con vos solo.

El asesino sonrió con malicia, mirando a Octavio con un desprecio casi fraternal.




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