El silencio en la cabaña era tan pesado que el crujido de la leña sonaba como una acusación. Octavio, vencido por el cansancio físico de días sin dormir y la paliza emocional de descubrir quién es su padre, terminó desplomándose en la silla. Su respiración se volvió pesada, pero su mano seguía aferrada a la culata de la pistola, como un acto reflejo de protección hacia Eleonor.
Eleonor se quedó inmóvil, observándolo. El contraste entre la dureza del Comisario y la vulnerabilidad del hombre que dormía frente a ella le apretaba el pecho. Se ajustó el buzo, sintiendo la caricia de la camisa de Octavio debajo, ese pedazo de tela que era su único refugio de normalidad.
—Está soñando con el depósito —susurró el asesino desde las sombras, sin moverse de su lugar—. Puedo oler su miedo desde acá. Es un buen policía, Eleonor. Lástima que sea un Valenzuela.
Ella lo ignoró se levantó y se sentó a los pies de Octavio apoyando la cabeza en sus piernas y desde esa posición midió al asesino con la mirada. Este le devolvió la mirada y se puso de pie.
Octavio se sobresaltó, abriendo los ojos de golpe. Su mano buscó desesperadamente la de Eleonor, apretándola con una fuerza que delataba el rastro de la pesadilla que acababa de dejar atrás.
—¿Eleonor? —murmuró con la voz ronca, tratando de enfocar la vista en la penumbra del amanecer—. ¿Estás acá? Tuve un sueño... era el agua, no podía alcanzarte.
Eleonor no se movió de su posición a los pies de Octavio. Mantuvo la espalda recta, funcionando como un ancla física para el Comisario. Sus ojos no se desviaron de la silueta del asesino, que regresaba de la cocina con un vaso de agua en la mano, moviéndose con la parsimonia de quien se sabe dueño de las sombras.
—Estoy acá, Octavio. No me fui a ningún lado —respondió ella, suavizando el tono solo lo suficiente para calmarlo, pero sin dejar de vigilar al hombre de la capucha.
El asesino se detuvo a unos metros, apoyado contra el marco de madera que dividía el living de la cocina. Bebió un sorbo de agua con una lentitud exasperante, observando la escena con una indiferencia gélida. Para él, Octavio y Eleonor parecían dos náufragos aferrados a una tabla en medio de un océano de secretos.
Octavio se incorporó, frotándose la cara con la mano libre, pero sin soltar su arma. La luz azulada del alba empezaba a revelar el desorden de la cabaña: los muebles cubiertos con sábanas, el polvo flotando en el aire y la figura amenazante del criminal que seguía ahí, invicto.
—¿Pasó algo mientras dormía? —preguntó Octavio, barriendo la habitación con la mirada, deteniéndose en el asesino con un desprecio evidente.
—Nada —mintió Eleonor con una frialdad profesional—. Se levantó a buscar agua. No intentó nada estúpido.
El asesino dejó el vaso sobre una mesa lateral y regresó a su sillón, fundiéndose de nuevo con la oscuridad del rincón. No dijo una palabra, ni siquiera emitió un sonido. Era una presencia muda, un enigma que Eleonor estudiaba con la distancia de quien analiza un espécimen peligroso en un laboratorio.
—Mejor así —masculló Octavio, poniéndose de pie y estirando los músculos entumecidos—. En cuanto haya luz suficiente para ver el camino, vamos a sacar esos archivos de acá. No pienso pasar ni un minuto más bajo el mismo techo que este tipo.
Eleonor se levantó también, ajustándose el buzo. Se acercó al ventanal y corrió apenas un centímetro la cortina. Afuera, el perilago de Potrerillos brillaba como una lámina de acero bajo el primer sol.
—Octavio —llamó ella, con la voz cargada de una nueva urgencia—. Olvidate del camino.
Él se acercó rápido, poniéndose a su lado. A lo lejos, sobre la ruta que serpenteaba la montaña, una fila de luces blancas avanzaba con precisión militar. No eran turistas. Eran camionetas negras, moviéndose en formación, cortando el aire helado de la cordillera.
El Ministerio acababa de llegar a Potrerillos.
El sol terminó de romper sobre el cordón del Plata, iluminando el avance de las camionetas negras que serpenteaban la montaña como una columna de hormigas venenosas. El tiempo de las miradas se había terminado.
Eleonor se arrodilló en el suelo del living, abriendo su computadora portátil sobre una caja de madera. Sus dedos volaban sobre el teclado con una precisión mecánica, mientras Octavio vigilaba el ventanal con el arma en alto y el asesino permanecía en su rincón, una sombra inmóvil que parecía fundirse con la pared.
—¡Necesito dos minutos más, Octavio! —exclamó Eleonor. La barra de carga en la pantalla subía con una lentitud agónica. Estaba enviando el "Protocolo Crisálida" completo a través del servidor espejo de Ramiro—. Si esto no sale ahora, el Ministro va a borrar hasta el rastro de nuestra existencia.
Octavio no quitó la vista de la ruta.
—Ramiro tiene que estar listo. Le mandamos la señal de alerta hace una hora.
En la oficina de la central en Buenos Aires, a mil kilómetros de distancia, Ramiro recibió la notificación en su pantalla de juegos. Sus ojos se abrieron de par en par al ver el volumen de datos. Sin dudarlo, ejecutó el comando que Eleonor le había enseñado: "Difusión Masiva: Servidores de Prensa y Judiciales".
—Cargando... 80%... 95%... —susurró Eleonor, con el sudor frío corriéndole por la nuca—. ¡Listo! Ramiro lo tiene. Ya está en la red.
En ese instante, el estruendo de los motores de las camionetas llegó al patio de la cabaña. Los neumáticos derraparon sobre la piedra y el hielo. Se escucharon gritos de comando y el metálico sonido de los fusiles siendo cargados.
—¡Salgan con las manos en alto! —retumbó una voz por un megáfono. Era la voz del jefe de escoltas del Ministro—. ¡Entreguen los archivos y la mujer no sufrirá daños!
Octavio apretó los dientes, mirando al asesino, quien finalmente se puso de pie y cargó su rifle con un movimiento fluido.
—No hay trato —masculló Octavio hacia la puerta—. ¡Ya es tarde, Ignacio! ¡Todo el país está viendo quién sos!