Seis meses después.
Eleonor regresó a su oficina de criminología, pero esta vez con un prestigio renovado; sus clases en la universidad estaban llenas de estudiantes que querían aprender de la mujer que había derrotado a un imperio con una laptop y pura inteligencia.
Octavio, por su parte, fue ratificado en su cargo, aunque con una sombra que no lograba sacudirse. Estaba en la cocina del departamento de Eleonor, mirando por el ventanal hacia las luces de la ciudad, mientras ella corregía unos informes en la mesa.
—Todavía pensás en él, ¿no? —preguntó Eleonor sin levantar la vista, conociendo perfectamente el silencio de su pareja.
Octavio suspiró y dejó la taza de café sobre la mesada. Se acercó a ella y le puso las manos en los hombros, sintiendo la suavidad de su suéter de lana.
—Se me escapó entre los dedos, Eleonor. No puedo evitar sentir que el trabajo está incompleto —admitió Octavio con la mandíbula tensa—. Sé que nos ayudó, sé que los que mató eran monstruos... pero sigue siendo un asesino. Y mientras esté suelto, mi instinto de policía me dice que la balanza no está equilibrada.
Eleonor cerró su carpeta y se giró para mirarlo. Se puso de pie y lo rodeó con los brazos, apoyando la cabeza en su pecho. Durante estos seis meses, habían construido un refugio de paz, pero ambos sabían que el fantasma de la montaña seguía ahí fuera.
—Hiciste lo que nadie más pudo, Octavio. Metiste preso al hombre más poderoso del país —le recordó ella con suavidad—. El resto... el resto es cuestión de tiempo. Algún día, los caminos se van a volver a cruzar.
Octavio la abrazó fuerte, aspirando el aroma de su pelo. Por un momento, el peso de la placa y la frustración por el prófugo se disiparon. Estaban vivos, estaban juntos y el apellido Valenzuela ya no significaba miedo, sino justicia.
—Tenés razón —susurró él, dándole un beso en la frente—. Por ahora, solo quiero que seamos nosotros dos. Sin expedientes, sin secretos y sin sombras.
Esa misma noche, después de que Octavio se quedara dormido, Eleonor fue a buscar un libro a su biblioteca personal. Al abrir un tomo de poesía que no tocaba desde hacía meses, cayó un pequeño papel doblado. No tenía remitente, solo una coordenada geográfica de un punto perdido en el sur y una palabra escrita con una caligrafía afilada:
"Vigilando."
Eleonor guardó el papel en el fondo de un cajón bajo llave. Volvió a la cama, se acurrucó al lado de Octavio y cerró los ojos, sabiendo que el equilibrio entre la luz y la sombra era mucho más delicado de lo que el Comisario quería creer.
El viaje a Mendoza fue distinto esta vez. No hubo persecuciones ni luces apagadas; solo el sonido de la música en el auto y la mano de Octavio entrelazada con la de Eleonor mientras cruzaban el Arco Desaguadero.
Llegaron a la casa familiar de Eleonor un atardecer de diciembre, cuando el sol mendocino tiñe todo de un naranja fuego. La casa, rodeada de verde y con ese aroma a jazmines que inunda el aire, los esperaba con las puertas abiertas.
Cuando bajaron del auto, la familia de Eleonor salió a recibirlos. Octavio, impecable con una camisa de lino entreabierta y anteojos de sol, bajó las valijas con una caballerosidad que dejó a las tías de Eleonor mudas.
—Papá, mamá... él es Octavio —dijo Eleonor, con un brillo en los ojos que no tenía seis meses atrás.
El padre de Eleonor, un hombre de campo, rudo y de pocas palabras, midió a Octavio de arriba abajo. Octavio no se achicó; le dio un apretón de manos firme y le sostuvo la mirada con respeto.
—Es un honor conocer a los padres de la mujer que me salvó la vida —dijo Octavio con esa voz profunda que hacía que hasta los pinos vibraran.
La noche de Navidad fue mágica. Octavio se ganó a todos. Ayudó al padre de Eleonor con el fuego, demostrando que detrás del uniforme de ciudad había un hombre que sabía ensuciarse las manos. Las primas de Eleonor no paraban de cuchichear sobre "el Comisario": alto, protector, y con esa mirada que solo se suavizaba cuando buscaba a Eleonor en la mesa.
—¿Y este es el famoso Emanuel? —preguntó Octavio con una sonrisa ladeada cuando se acercó el amigo y primo favorito de Eleonor.
Emanuel lo miró desafiante, como buen "hermano" protector, pero Octavio simplemente le palmeó el hombro.
—Gracias por cuidarla todos estos años mientras yo no estaba —le dijo, y Emanuel no tuvo más remedio que aceptar que su prima había encontrado a un hombre de verdad.
Para el 31, la fiesta fue en el jardín. Eleonor se puso un vestido de seda color terracota que resaltaba su paleta de otoño, y Octavio no podía quitarle los ojos de encima.
A medianoche, mientras los fuegos artificiales iluminaban la silueta de la cordillera a lo lejos, Octavio la llevó apartada, cerca de los viñedos. La tomó por la cintura, pegándola a su cuerpo, y le susurró al oído:
—Hace un año no sabía si iba a llegar vivo a este día. Hoy, solo quiero que todos mis años nuevos empiecen con vos.
Le dio un beso lento, profundo, de esos que hacen que el mundo alrededor desaparezca. Eliana se sintió, por primera vez, completamente en paz. Habían dejado atrás el horror de la clínica y el peso del apellido Valenzuela.
El viaje de vuelta a Buenos Aires no fue en soledad. Lautaro, el primo de Eleonor, se sumó a la travesía, ansioso por conocer las luces de la capital. Octavio, aunque prefería su intimidad con Eleonor, aceptó con la caballerosidad que lo caracterizaba, instalando al joven en el departamento por unas semanas.
Pero la paz era un espejismo.
Una noche de humedad asfixiante, Octavio recibió un mensaje anónimo: una dirección en un edificio en construcción en Puerto Madero. Su instinto de policía se encendió. Sin decirle nada a Eleonor, salió de casa con el arma al cinto. Lo que no sabía era que Lautaro, sospechando de sus salidas nocturnas y temiendo que le fuera infiel a su prima, lo siguió de cerca entre las sombras de la ciudad.