Lo entendí antes de buscarle explicación. Bastó quedarme mirándolo unos minutos para notar cómo todo alrededor perdía importancia. Ese lugar tenía algo distinto, como si el tiempo ahí se plantara y obligara a ver lo que normalmente ignoramos.
Frente a mí estaba un ser viejo, un guardián que había visto más días y noches de los que cualquiera podría contar. Había soportado soles implacables, noches interminables, tormentas que quisieron partirlo en dos. Nada lo había movido. Nada lo había derrotado. entero.
No estaba frente a un árbol.
Estaba frente a una historia. Una que no me iba a dejar irme sin escucharla.