Ceferino y el Sabio

EL GUARDIÁN

Durante más de un siglo él permaneció allí, firme como un guardián silencioso. Desde su lugar estratégico veía al sol despedirse cada tarde y a la luna ascender para reclamar su reino nocturno. Percibía la brisa suave, el viento feroz y cada tormenta que estallaba sin aviso. Conocía de memoria el calor abrasador del verano, la humedad pegajosa de los días densos, el frío que quebraba la noche y la lluvia que parecía no tener fin.Había atravesado todas las inclemencias del tiempo… y todas las emociones del barrio.

Era tan esencial que parecía que el aire mismo naciera de él. Mientras muchos de sus compañeros habían caído con los años, él seguía en pie, como el último veterano de una generación perdida. Cada marca en su cuerpo era un registro de sabiduría acumulada: cicatrices del clima, grietas del tiempo, huellas de historias que nadie más recordaba.

A veces ofrecía frutos; otras veces, sombra, perfume o silencio. Pero siempre daba algo. Los pájaros encontraban en él un paraíso: un refugio, un hogar, un escenario donde cantar, discutir o enamorarse. El viento, cuando pasaba, se enredaba en sus ramas y lo invitaba a una danza lenta que llenaba el aire de un sonido armonioso.

Su postura rígida e imponente nunca pasaba desapercibida. Bajo su sombra se cobijaban obreros, vecinos, caminantes distraídos y personajes típicos del barrio que encontraban en él una pausa necesaria.

Los días, los meses y los años seguían desfilando sin pedir permiso. Y él, siempre presente, era testigo silencioso de ese paso incansable del tiempo.

Aunque, últimamente, algo en ese desfile había empezado a cambiar… algo que solo él parecía notar.




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